Inicia Beethoven gira teatral en Saltillo

“El Fantasma de Beethoven” es la nueva pieza teatral que el escritor, historiador y dramaturgo regiomontano Mario Clío presentará en el Teatro de Cámara, “Jesús Valdés”, ubicado en el sótano del teatro de la Ciudad “Fernando Soler”, con cuatro únicas funciones, este viernes 7 y sábado 8 de septiembre.

Esta obra teatral repasa la vida completa del compositor alemán narrada por su propio fantasma, quien salta de su cama en donde agonizaba y deambula en la alcoba que representó su última morada.

Este espectáculo escénico tiene la peculiaridad de presentar las piezas musicales más célebres de Beethoven que con la ayuda de varios instrumentos musicales son ejecutadas en vivo por el propio autor de la obra, quien es también el actor que personifica a Ludwing Van Beethoven.

La historia está ambientada en el año 1827 y en ella se echó mano de un vestuario del periodo napoelónico diseñado por Clarisse Monde, conocida diseñadora de teatro de la Ciudad de México especialista en la confección de trajes de época.

La obra teatral fue dirigida por el maestro Ángel Hinojosa quien cuenta con 30 años en escena en direcciones teatrales.

El Fantasma de Beethoven exige un desempeño escénico intenso al ejecutarse en un solo acto, el piano, el violín, la flauta la guitarra, e incluso, Ludwing Van Beethoven canta en alemán un fragmento de la ópera Fidelio en una tesitura de tenor dramático.

Esta obra teatral fue presentada en el reciente Festival de Teatro de Nuevo León, recibiendo ovaciones de pié y elogios de los asistentes quienes la consideraron el mejor trabajo escénico presentado durante los últimos años.

Las funciones en el Teatro de Cámara “Jesús Valdés” serán a las 6:00 y 8:00 p.m. del viernes 7 y del sábado 8 de septiembre, y para cuyo acceso en apoyo a la cultura se solicita una cooperación de $100 por persona.

Regresa Beethoven tras 200 años de su muerte

El Fantasma de Beethoven es la nueva pieza teatral que el escritor, historiador y dramaturgo Mario Clío presenta en el Foro Arcadia y tendrá sus últimas presentaciones el sábado 25 de Agosto.

Esta obra teatral en formato largo, toca la vida completa del compositor alemán narrada por su propio fantasma, quien deambula en la alcoba que representó su última morada. 

Este monólogo tiene la peculiaridad de presentar las piezas musicales más célebres de Beethoven interpretadas en vivo con la ayuda de varios instrumentos musicales, ejecutados por el propio autor de la obra quien a la vez es el actor interpretando a Ludwing Van Beethoven. Esta historia está ambientada en el año 1827 y para representarla se echó mano de un vestuario del periodo napoelónico diseñado por Clarisse Monde, conocida diseñadora de escena de la Ciudad de México quien es especialista en la confección de trajes de época. 

La obra teatral fue dirigida por el maestro Ángel Hinojosa quien cuenta con 30 años en escena en direcciones teatrales. 

El Fantasma de Beethoven exige un desempeño en escena intenso ya que en un solo acto, se ejecuta el piano, el violín, la flauta la guitarra e incluso Beethoven canta en una tesitura de tenor un aria en alemán de la ópera Fidelio.

Esta obra teatral fue presentada en el reciente Festival de teatro, recibiendo elogios por los asistentes considerándola el mejor monólogo presentado durante los últimos años.   Últimas funciones Sábados 7:00 y 9:00 p.m
 
Mayor información 8182539853 (Mario Clío)

Estrenan obra teatral sobre padecimiento psicológico

El novelista regiomontano e historiador Mario Clío presentará esta semana su nuevo trabajo de dramaturgia en el que abordará el tema del Síndrome de Estocolmo.

El trabajo teatral está inspirado en diversos casos documentados en diferentes partes del mundo en donde las víctimas al estar sometidas a un secuestro llegan a empatizar con sus mismos captores e incluso, en casos extremos, a enamorarse de ellos.

Este trastorno psicológico fue bautizado como Síndrome de Estocolmo, desde los años setentas, cuando una banda de jóvenes asaltantes en su intento por robar una bóveda bancaria, en la capital de Suecia, y verse acorralados se apertrechó con un grupo de rehenes, entre los que se encontraba, Kristin Enmark una joven que tras varios días de cautiverio con ellos, terminó enamorándose de uno de sus secuestradores, llegando al extremo de temer más a los cuerpos policiacos que a sus captores.

Para realizar el libreto de esta puesta en escena, el historiador regiomontano se documentó con los más sonados casos de este tipo de trastornos psicológicos, como el de Patricia Hearst, nieta del multimillonario empresario estadounidense William Randol Hearst, quien tras su rapto, y posterior pago de rescate, no sólo desapareció con la banda plagiaria, sino que se adhirió a su causa, al nivel que se le vio robando un banco portando un fusil de asalto ella misma.

Esta obra teatral inédita expone los alcances de un padecimiento patológico que pudiera resultar muy frecuente en una sociedad como la nuestra.

“Estocolmo con Amor”, es una pieza teatral en formato íntimo, en donde participan el Maestro Ángel Hinojosa en la dirección escénica y las actuaciones corren a cargo de Bárbara Arriaga y Jorge Iván Jaramillo.

El novelista y dramaturgo regiomontano destaca que a lo largo de la historia fílmica y teatral, varias películas y piezas escénicas han abordado este tipo de sometimiento psicológico, sin necesariamente llamarlo por su nombre. “La bella y la bestia”, “El Fantasma de la Ópera”, “Tarde de perros”, El cuarto poder”, por mencionar  algunos ejemplos.

“Estocolmo con amor” se presenta en Mi Teatro Mty, con una breve temporada, en la calle Juventino Rosas, casi esquina con Bravo, con seis funciones diarias Durante los fines de semana. El estreno es este viernes 18 de mayo. Boletos en taquilla.

Mayor información o entrevistas con Mario Clío al 8182539853mario_clio@hotmail.com .

“Inmoral”, Novela de suspenso de Mario Clío “Thriller Psicológico 2015” (R)

“Inmoral”, Novela de suspenso de Mario Clío “Thriller Psicológico 2015” (R)

“Inmoral”

Novela de suspenso “Thriller” de Mario Clío

Para cualquier escritor, iniciar la redacción de un nuevo libro siempre ha resultado difícil, al menos eso lo han asegurado en todos los talleres literarios y cursos que he ido. No obstante, yo nunca lo consideré así. Comenzar con el “Capítulo 1″ de un nuevo proyecto literario en mi caso, ha sido relativamente sencillo, y lo digo sin ánimo de ser soberbio. Lo difícil en realidad para mí ha sido parar, más que arrancar. Mis dedos de periodista se desinhiben cuando los ubico sobre el teclado, al conectarse a la misma velocidad que mis pensamientos lúcidos. Esa ventaja de escribir boletines de prensa todos los días me desempolva la pluma y abofetea mis estructuras mentales, para ayudarme en el armado cotidiano de andamios imaginarios y dar la nota de “do”, con la precisión de un tenor. Mis compañeros escritores, al leer mis manuscritos en los ejercicios tallereados, sorprendidos de la ráfaga, aseguran que soy una ametralladora de las letras. Que mi pluma de carreras escribe a la velocidad de la luz, aunque eso no representa un elogio para mí, porque cuando las letras quedan impresas, así es como permanecen para siempre, y el lector inteligente agradece más la belleza que la rapidez. Otra de las ventajas que me ayudan a escribir con cierta facilidad, es que todo ya lo tengo en la mente. Jamás me siento frente al ordenador mientras no haya piscado del árbol todos sus frutos y los tenga resguardados en una canasta junto a mí, para procesarlos uno a uno conforme van avanzando las páginas de cada nueva historia. No soy de esos escritores que escriben “Capítulo 1″ sin saber siquiera cómo se llaman sus personajes, o cómo son, cómo piensan, qué harán, o cuántos capítulos tendrá su nueva aventura. Sé que quienes lo hacen, logran trabajos notables, pero ese estilo de escribir no me va. En la vida ordinaria tampoco soy así. Nunca he tomado una nueva autopista sin haber estudiado antes el mapa y sus atajos. Sé que no lo hago por ser precavido, creo más bien que es por cobarde. Yo salí con los genes de mi padre. Batallé para aprender a nadar porque nunca había adivinado que la soltura del cuerpo era la clave para flotar y avanzar en una alberca de cualquier tamaño, o incluso en el mismo mar. Pues este libro que ahora comienzo sí representa una dificultad muy seria para mí, y estoy sorprendido de ello. No es sencillo tejer en letras escritas todo lo que está pasando por mi mente y que desmorona mi corazón. Es tan denso que dudo seriamente si lo publicaré. Más allá aún, dudo si yo mismo lo leeré cuando se haya convertido en mi primer borrador. Los escritores de novela siempre han contado con el maravilloso recurso de argumentar que sus historias pudieran estar soportadas enteramente en la imaginación, y que nada de lo escrito es real, y mi posibilidad de afirmar esto, arropa mis miserias en cierta manera, pero sé que mis ojos me desmentirán ante el primer saludo de cualquiera. Este libro no lo podría leer mi esposa, mis hijas o cualquier familiar o amigo. Es un libro tan sucio como la miseria humana, pero al mismo tiempo tan puro y sublime, como el amor. Ambos accesorios son prohibidos y vedados en nuestra sociedad. De difundir sus páginas, el prestigio de mi firma e incluso mi rostro retratado en cualquier portada, caería al nivel de los puercos, pero más que ello, recibiría el aborrecimiento de mi familia, y este sería sin duda justificado. Este manuscrito me desnuda, y no sólo hablo del cuerpo, sino el alma, y explicaría de una vez por todas a mi esposa algunas rarezas detectadas en mi comportamiento. Muchos años de silencio enlatados dando vueltas en mi mente como enjambre de abejas los abriría sin compasión, liberándome del peso de una culpa, pero al mismo tiempo, destapando una cloaca maloliente.

No me atrevo ni a escribir “Capítulo 1″, y creo que no lo haré en este caso, después de todo, existen muchos libros que no contabilizan sus pasajes por capítulos. Pero yo realmente no lo haría porque mi vivencia no fue escalada por capítulos, ni siquiera por días. Fue más bien una secuencia de sentimientos que fueron remontando de manera imperceptible, y que llegaron a diferentes clímax en momentos insospechados. No me gustó ser un escritor atrapado en mi propia novela, en la que no sabía ni como acabaría. No estoy acostumbrado a eso. Fue terrible saber que ni yo mismo sospechaba de los acantilados en que se acercaba mi frágil barca. Escribir que soy homosexual, es aceptar algo menor. Digamos que es una característica implícita que existe en el personaje central de esta novela, mi novela. Un elemento relevante para que la trama se desarrollara en un contexto en el que los lectores pudieran entender y dilucidar de acuerdo a sus propios paradigmas, y con ello seguir al autor en el planteamiento de la trama. Decir que me atraen los hombres y también ser casado es algo más grave aún. Esto ya conlleva la posibilidad de una infidelidad, y no hablo de la lealtad conyugal solamente, sino en la del género. La de mi propio género. Los gay solteros, o totalmente entregados a sus preferencias homosexuales, son más honestos que yo. Ellos se abrazan a sus convicciones sin medias tintas. No andan perdiendo el tiempo mirando a doncellas fingiendo que les gustan. Sin embargo la maldita bisexualidad es la peor de las lacras, porque nos mantiene encerrados en un cuerpo dual, que al mismo tiempo arropa la esperanza de cortejar a una chica, como también fantasea con poseer a un caballero de una manera similar. Un bisexual es una invitación constante a ser infiel a todo el género humano, tanto a una mujer, con otro hombre, como a un hombre, con otra mujer. El bisexual es pecador nato. Y yo soy ese tipo de monstruosidades. Un engendro que jamás gozará de paz. Pero la peor bestialidad fue intentar atentar contra la inocencia de un ángel que llega a mi vida sin avisar y que estruja mis sentimientos en marejadas de contradicciones. No es fácil comenzar este relato porque cuando una historia está tan envuelta en mi vida y se mete a mi piel con la contundencia de cien clavos ardientes, la más razonable manera de salir sin raspones es no escribir nada, pero eso no es mi deseo si quiero ser honesto con mi espíritu maltratado ya por los mordiscos de un sentimiento que hace que la sangre me hierva. Cierro los ojos y me asalta el rostro angelical todavía de niño que con una piel blanca e inmaculada sonríe ante la cámara mostrando unos ojos color acero, brillantes e inocentes, con la transparencia cambiante a un color marrón que concede el brillo del sol, o una luminosidad similar. Mi imaginación me traiciona de nuevo haciendo sucumbir en la infidelidad de la mente que es la más ruin, por ser libre y más frecuente, al no conocer fronteras ni limitaciones. Esa traición que se logra con sólo cerrar los ojos empuja a la imaginación me transporte a él sin el menor esfuerzo, dibujando su cabello castaño claro y abundante, su nariz perfecta y mentón delineado por la mano inspirada de los dioses del Olimpo. Sacudo mis pensamientos sin lograr espantar su sonrisa abrazada por “brackets” encantadores que le dieron el carácter adolescente. Todos los adjetivos más nefastos me etiquetan y juzgan, y lo hacen con la precisión de un resultado clínico escrito por la misma mano de Sigmon Freud. Soy un asqueroso homosexual, infiel por prescripción divina y además pederasta, y todo junto y por separado me quema la piel, como lo hacen las dosis de ácido sulfúrico en una aplicación intravenosa. No tengo perdón, ni aspiro tenerlo. Lo único que me duele en verdad es afectar a los míos, a quienes basados en una falsa creencia, me hicieron inmerecidamente un espacio en un rincón de sus corazones. No sabría cómo afrontar a mis vecinos, amigos y compadres con quienes en familia convivíamos puntuales cada viernes por la noche en donde el menú de la cena era lo último que nos importaba, cuando el motivo principal ha sido convivir para desestresarnos de las

tensiones de la semana laboral que ese día terminaba. Ellos con quienes reí tantas veces haciendo mil bromas de tonos subidos ahora escucharían de primera mano la versión que les caería como una tina de agua con hielitos en la espalda. Se preguntarían desde cuándo fingía con ellos. Se lamentarán por no haber detectado ni los más minúsculos indicios de delicadeza en este varonil y dicharachero anfitrión en las reuniones. Se alejarán de mí con la repulsión reservada a los delincuentes. Mirarán con compasión doble la deshonra de mi esposa. Deshonra por una infidelidad planeada y simple, adicionada esta, a la artera búsqueda de un placer mundano en una persona del mismo sexo, traicionando además a mi propio genero. Estaría retando a su misma imaginación por no contar sus mentes con una capacidad suficiente de neuronas para dibujar una escena tan grotesca en mi intimidad con otro hombre. Estaría salpicando a la memoria de mis padres quienes montados en una nube, como si fuera el estrado de los jueces celestiales, mirarían con desaprobación, y más que ello, con decepción que sus deseos de hacerme un hombre de bien, hayan fracasado. Abrir mis miserias colgándolas en el tendedero de un libro publicado lograría el aborrecimiento de mi esposa quien exigiría la separación inmediata, y estoy seguro que motivada esta, más que por el dolor de saberse una mujer engañada, por mi exhibición,, que gritaría su fracaso como mujer. Porque mi apertura ante una sociedad recatada y escandalizante daría a conocer morbosamente mi inconformidad y rebelión a las leyes biológicas y reproductivas. Sería juzgado y sentenciado por mi simple gusto por escribir sobre renglones torcidos y profanos. Por pretender caminar en veredas vedadas y sinuosas. Me cuesta tanto trabajo escribir, aquí y ahora, “Capítulo 1″ porque al abrir mis hijas estas páginas leerían con asqueroso detalle las cosas que han pasado por la mente y letras del hombre que tanto han admirado. No entenderán nada, sólo verán la alta traición que hice a su madre, y no en una ocasión, ni diez, sino más de cien y mil maneras con la mente. Serán testigos en un detalle tan minucioso, como lo lograran mis descripciones en primera persona y en singular. No me atrevo a pensar en las repercusiones. Ganaría un aborrecimiento rotundo de por vida. El peor divorcio no es el que un marido firma con su esposa, aunque los problemas pudieran ser situaciones eminentemente conyugales, sino el divorcio con su familia entera, con los amigos y con la sociedad. Es el distanciamiento total y abandono de por vida. Sin embargo, lo quiero hacer. Lo quiero escribir. Lo necesito gritar. No deseo dejar nada sin transcribir en esto renglones tan solos y sombríos como mi espíritu. Mi necesidad de hacerlo es más grande que cualquier sanción. No puedo seguir siendo el cobarde en el que me he revestido, porque a mi inmoralidad de acciones pensadas, y realizadas con mis letras, con el cálculo de un samurai, les sumaría ahora la de la hipocresía, y esta carga me seguiría soportando hasta el último día de mi vida. La ancianidad me alcanzará y extinguirá mis pasiones del cuerpo, primero aplazándolas y después erosionándolas hasta llegar a los despojos damnificados, evitando pecar más con la mente, pero la hipocresía será una lápida eterna y callada que no estoy dispuesto a cargar sobre mis espaldas en mis últimos días, los más débiles y melancólicos de mi existencia. Mil veces he intentado entenderme a mí mismo, y comprender el origen de mis pasiones, o de mi enfermedad, si pudiera llamarlo así. Nunca entendí por qué me atraen los hombres tanto o más que como lo hacen las mujeres, ni desde cuándo fue este magnetismo tan seductor como el veneno disfrazado de jarabe. Supongo que desde la más primitiva de mis infancias en que mi cabeza ni siquiera discernía en la diferencia de géneros, viendo al ser humano como una sola madeja, una sociedad que vibraba afuera de mi casa, como las abejas en una colmena. No sabía cuáles eran las abejas reina, de las obreras. En mi escenario primitivo eran mamá, papá, mis hermanos y lo demás era una masa multiforme que orbitaba allá afuera. Era una clasificación simple: Nosotros, y ellos; y en el nosotros, lo único con lo que contaba era con un grupo de niños, hombres todos, que teníamos un catálogo de edades. “Una escalerita”, como decía mi madre orgullosa cuando le

preguntaban por la colección de hijos varones que tenía, y luego remataba con la clásica frase: “Puros hombres”. La exclamación era la secuela obligada de la persona con quien conversaba, en donde la afirmación de ella era contundente: “Sí, puros hombrecitos”. Yo me sentía hombre por definición aunque no entendía aún la diferencia entre un no hombre o una mujer. Por lo pronto estaba rodeado de ellos. Hasta nos bañábamos juntos en una regadera enorme que generaba ecos sordos, como las cavernas de una gruta, en donde la diversión fue el agua caliente, el vapor que envolvía los cuerpecitos desnudos y mi primera chupada de pene, pequeño e inocente. No recuerdo con qué hermano fue, quizás por haber sido en mi más remota infancia. De pronto, “sigues tú, y luego sigo yo”, fue lo que seguramente nos dijimos en el juego de contactos orales, pero creo que ni placer sexual tuve, sólo la satisfacción de hacer algo novedoso. Debió haber sido lindo de habernos visto alguien, supongo, porque no existía la malicia. Lo único que guardo como un recuerdo vago es que estaba rodeado por vapor y enjabonado hasta el copete. Eso no era juego sexual, porque no hubo excitación. Realmente ningún juego sexual debe ser visto con profanación, y a esa edad menos, pero para estas sociedades tan recatadas, sí, porque etiquetan las cosas y acciones de acuerdo a sus preceptos y conveniencias, para procurar mediante el veto del moralismo, controlar y frenar lo que consideran denigrante. Estas muestras de rechazo prescrito han convertido a los humanos en estatuas de sal sobre mitológicos escenarios como las ciudades de Sodoma y Gomorra. Nuestros juegos eran infantiles más que sexuales, eran tan orales como chuparse el pulgar, comerse la tierra del jardín o engullirse los mocos. La malicia aún no prevalecía en nuestras mentes, porque lo hicimos sin el temor de que alguien abriera la puerta del baño y nos pillara. Fue un juego tan infantil que así como llegó se fue, sin mayor secuela, al menos es lo que recuerdo. El morbo lo conocí cuando nació mi hermano menor y sorprendí a mi madre enfundándose debajo de los cobertores con la vergüenza del pecado, para sacarse un seno y darle pecho. Mis hermanos mayores eran los que se sonrojaban y pasaban sin motivo aparente frente a la cama en donde ella se había recluido en su convalecencia, tras el parto del último de los “hombrecitos”. La actitud de ella, y de ellos, pre adolescentes, me hicieron ver rastrero algo tan natural y simple como alimentar a un pequeño. Fue desde ese el día en que a las mujeres les comencé a ver pechos. A todas les surgían un par de senos que además de dar leche, podían servir para otra cosa, no sabía con claridad aún para qué, sin embargo lograban sonrojar los rostros de los varones mayores a mí. Por primera vez establecí en mi imaginación un elemento que me ayudaba a diferenciar a un hombre con una mujer, porque estas diferencias no me fueron planteadas nunca por nadie. Ni por mis padres, que no sabrían explicar los temas de reproducción sin pasar por el erotismo, y con ello, la moralidad; ni por mis hermanos mayores que estaban tan ávidos de conocer, como yo, sólo que ellos con mayores años de dudas cargadas a cuestas. Me exploré estas diferencias a base de contemplaciones, conjeturas e hipótesis calladas y sin comprobar, porque sencillamente no podía tocar, ni menos ver. Lo único que sabía era que ya comenzaba caminar por la edad del pudor. Hasta mis abuelitas tenían chiches, abundantes y colgadas como las peras de boxear de los gimnasios las películas mexicanas que pasaban los sábados por la tarde. Aprendí a calcular la edad de una quinceañera por sus incipientes pechos y a definir la obesidad de un hombre que en ocasiones lucía mayor volumen que una mujer en período de lactancia. La diferencia de géneros saltaba a la vista, y en verano la moda de los bikinis en las albercas lo hacía más evidente ante mis ojos. Miraba en las jóvenes veraniegas un catálogo de pechos que saltaban a la vista con la ayuda de los colores psicodélicos de los años setenta. Aunque pañoletas sobre la frente, anteojos obscuros, sombreros de sol y sandalias, complementaban el ajuar, los pechos cubiertos con sostenes celosamente ajustados eran lo que coronaba la belleza de las mujeres. En mi segunda infancia, la de las preguntas con respuestas difíciles, tomé un curso de natación. Mis padres, veían la necesidad de que yo aprendiera a salir a flote de las aguas, más que

en mi necesidad de salir a flote con mis dudas acerca de la sexualidad. Me dejaban durante toda la tarde para las clases, y de paso para hacer mi tarea escolar en una mesa de jardín junto a la piscina del instituto. Al final, debía darme una ducha y sacudirme el olor a cloro y a químicos de piscina. Fue ahí en donde tuve una experiencia que no olvidaré por el resto de mi vida, esta por grotesca. Las regaderas alineadas como si fueran los bebederos escolares me cohibían, y obligaban a que tomara la decisión de ducharme en los horarios menos congestionados por niños y adolescentes de la natación. Si las regaderas estaban en uso, prefería regresar a mi mochila de los deberes escolares para ser el último en meterme a la ducha. Ya no sabía qué hacer para matar el tiempo. Estoy seguro que en esas largas tardes de verano fue en donde adquirí mis habilidades para dibujar a lápiz. Eso de bañarme con gente alrededor era una práctica que no hacía desde niño cuando mis hermanitos parecían focas albinas, pero entrar ahora a un sitio público mostrando mi pequeño penecito que aprendía a amanecer erecto en aquella temporada, era una situación que no quería experimentar. Me parecía bochornosa. Las primeras ocasiones que me duché habían sido con el traje de baño de bajo puesto, cubriéndome la deshonra y la posibilidad de que quisiera despertar caprichosamente ante la mirada atónita de los indeseables testigos. No me resultó muy efectivo ponerme mi ropa seca sobre el traje de baño escurriendo porque llegaba a mojar mi trusa, mis pantalones, y el asiento del coche en que me recogían al anochecer. Una vez en que el sitio estaba vacío y la alberca tenía más de media hora en que Don Juan le estaba dando limpieza,, decidí a entrar a la regadera y bañarme completamente desnudo. Era la oportunidad de desinhibirme, sacudirme el cloro y el pudor al mismo tiempo. Lo haría rápidamente y me cubriría con una toalla para evitar miradas invasoras. Apenas me bajé el calzoncillo bañador y abrí el grifo de la regadera. No podía entrar porque el agua caliente tardaba en salir. Miré frente al espejo que aún no comenzaba a empañarse y descubrí que tenía las nalguitas más blancas que las mejillas de una geisha. El agua comenzó a salir caliente, pero antes de entrar de lleno al chorro decidí dar media vuelta para mirarme frente al espejo. Quería ver cómo lucía este niño tan encantador. Mi pene minúsculo, dormido como un caballito de mar parecía una mueca,, más que una expresión. Al sitio entró un hombre al que había visto varias veces en el Club. El tipo entraba de improvisto totalmente desnudo, y aunque no llevaba la raqueta de tenis que acostumbraba cargar cada vez que llegaba al Club, lo reconocí por la calva y la tremenda panza que le colgaba como si fuera uno de los senos de Candelaria, la sirvienta de mi casa que de un rancho del sur del país se trajeron para controlar a mis hermanos y a mí a base de guarachazos certeros y justicieros. Esa sirvienta podía asfixiarnos con el colapso de un seno. Fue grotesco ver a un hombre desnudo aquella tarde. Bajé la mirada con tal rapidez que sentí el sonido imaginario que se produce, cuando un zapapico se clava sobre el pavimento. Fue el sonido imaginario que hice al quebrar los azulejos del piso . Un islote de cabellos en su pecho se extendían al abdomen hasta rematar en la entrepierna que parecía la espalda de un oso gris. El hombre no tenía el menor recato por estar frente a otra persona, mucho menos de que se tratara de un menor tan menor, y tan impactado por el espectáculo del que estaba siendo testigo. Como la trompa de un elefante, su pene era enorme y grotesco. No me imaginaba el tamaño, pero seguramente era más grande que mi rostro. No lo quería comprobar, sólo miraba de reojo. No deseaba una mala interpretación. El tipo se enjabonó sin dejar ni un sitio sin visitar. No sabía cómo se bañaban los adultos, porque yo sólo me metía a la regadera, me remojaba por media hora hasta que el agua caliente se iba acabando, y luego como una carrera a contra reloj, me enjabonaba la cabeza y con lo que de la espuma bajaba por mi cuerpo, estaba conforme, sin embargo el tipo hacía un inventario de cada testículo, y hasta de las partes más ocultas de su humanidad. Mis manos estaban sobre a mis genitales con la vergüenza de mostrarlos. No quería que me viera ni él, ni yo mismo, al compararlos frente a mi reflejo borroso del espejo que me reprochaba por mis años que me faltaban para llegar a ser un hombre de verdad. Uno con

pelos en todas partes. Imposible bañarme sin utilizar mis manos, así que decidí agacharme de una vez por todas por el jabón y comenzar con el más penoso de los rituales. Aquella experiencia en la que el tipo, quizá ni se haya acordado al salir, a mí me marcó profundamente, al nivel que no lo olvidaré jamás. Esos pelos en los genitales que los hacen verse cavernícolas, producen el mismo efecto en el cuerpo de un varón, que la barba o el bigote en un rostro. Imponen, imprimen carácter, maxifican, y más a un niño con cuerpo de fideo y piel de papel. El tipo cerró su ducha y prosiguió con su ritual de secarse, para mi desdicha, en el mismo sitio, utilizando dos toallas grandes, mientras yo decidí continuar en la regadera acobardado. Aunque me sentía un poco más vestido con la sola capa de agua y vapor que me envolvía, mi ausencia de ropa me hacía vulnerable. Mientras me tallaba con el jabón produciendo un poco más de la espuma que la que mi cuerpo necesitaba, al hombre le campaneaba la panza y el pene con la sincronía danzante de dos peleadores del sumo que cuyos encuentros se transmitían en la televisión. El tipo terminó y se desplazó a los casilleros en donde se vestiría, mientras yo miraba en mis dedos arrugados la hora de salir de mi enclaustramiento hidráulico. Aquel episodio terminó y mi temor a las exhibiciones creo que también, porque realmente no recuerdo nada después. A distancia del tiempo, recapitulo si en los recuerdos no hay nada antes, ni nada después, asumo que aquello fue lo más simbólico en el tema de bañarse en un sentido comunitario. Hoy que lo asocio, caigo en cuenta que llas primeras imágenes que marcaron mi espíritu fueron sin duda algunas relacionadas con el agua, las albercas o los ríos. Nunca olvidaré el día en que a una entrenadora de natación que gozaba de un cuerpo esbelto y tostado a base de sesiones cotidianas bajo el sol, y torneado por el ejercicio completo que exige el nado, lucía un esplendoroso bikini multicolores me mostró un hallazgo que no podía creer. Por un descuido en su cotidiana manera de ponerse el bañador me mostró su secreto. De la ingle izquierda le salió una sección de bello púbico que ella no advirtió y yo, por mi baja estatura y curiosidad de Benjamín, que me daban mis siete años de edad, no podía pasar desapercibido. Lo descubrí con la más absoluta de las claridades. El día era soleado y los pelitos le crecían de la entrepierna como virutas de madera del cepillo del carpintero. No eran cabellos extraviados de alguna axila o cabellera, sino de ahí, de lo que después supe que se llamaba monte de Venus. Nacían, crecían y morían ahí mismo. Era tan evidentes como verle las cejas a alguien, o las raíces capilares a una patilla. “Las mujeres tienen pelos también”, pensaba engolocinado con el hallazgo. Era el más grande descubrimiento desde que supe que las chicas no tenían pene. Este segundo descubrimiento lo había hecho semanas antes gracias a un libro de láminas con dibujos a blanco y negro que mostraron las notables diferencias entre los niños y niñas. Este libro lo había encontrado en el cajón de los secretos de mi madre una tarde que lo husmeaba con morbo, y que por su puesto que no imaginaba por qué razón lo conservaba para ella. Ese era material didáctico infantil y debió haber sido realmente para nosotros. Ella por su condición de madre, estaba claro que ya había visto las materias de anatomía y sus secretos,, graduándose con todos los honores. Las mujeres tienen tuerca y los varones tornillo, decía el estúpido encabezado del libro que llegaba tarde a mis manos. Pero aquel hallazgo académico se había visto ensombrecido por esa mata de seis cabellitos diminutos que salían para enroscarse en caireles, como lengua de mariposa. Divinos me abofeteaban el pensamiento y me hicieron entender el mundo de la pubertad. Para mí la palabrita esa, era una asociación directa con pelos en la entrepierna. Era muy claro para mí comprender las diferencias anatómicas de la humanidad: Las mujeres tienen senos jugosos llenos de membranas fabricantes de leche, bajo el ombligo una tuerca para embonar con el tornillo masculino y algo de pelos rizados en la entrepierna, contra los varones, que tienen en el pecho una mata de pelo parecido a una jungla que entremezcla sus rizos hasta las vergas colgantes como trompas de elefantes. Las diferencias en los diseños humanos comenzaban a verse claras para mí, pero el morbo

sexual me llegó hasta después, cuando descubría en mi pene, el inexplicable acto de magia que representaba el poder multiplicar su tamaño. Era más asombroso para mí que la multiplicación de los panes relatados en la Biblia. Más asombrosa y beneficiosa era mi multiplicación, pensaba. Me comparaba con mis hermanos y descubrí que el invento no era mío. Los mayores ya tenían la experiencia en el proceso del despertar a sus dragones dándoles unas palmadas leves y haciéndolos retozar con movimientos rítmicos, como los de una iguana. Los menores, con sus clavos del tamaño de un corcho, no alcanzaban a despuntar del todo, sólo engrandecían el hongo ligeramente, representando una aceptable promesa, pero nada más. Pasó el tiempo y los pelos me afloraron finalmente rodeando el pene. Primero eran más raquíticos que el trapeador de doña Hortencia, la mujer de la tienda de enfrente. Salieron unos cuantos desorientados, decepcionándome por la odiosa comparación mental con el hombre sin raqueta. La imagen de generosidad que me había dejado aquel panzón era avasalladora. Lo mío era apenas un sugerido triángulo de las Bermudas, dibujado más con imaginación que con la mirada. Luego se tupió más y más, y tal y como sucedió con Sanzón, el cabello le dio poder a la bestia. Mi metabolismo cambiaba también. Mis piernas se estiraban y los cabellos púbicos lucían abundantes y sanos, brillando como la crin de un corcel. El pene comenzó a traicionarme. Se arrastraba en su reposo, y en momentos de turbulencia me indicaba hacia dónde se encontraba el techo. Las venas comenzaron a envolverlo como las de las piernas de mi abuela, que controlaba su dolor con los vendajes de las várices. Mi mente no imaginaba que todo esto se trataba de una preparación para una nueva dimensión en diversiones terrenales. El placer me llegó por primera vez estando sólo entre la blancura de mis sábanas, fue en donde me exploré más de la cuenta. Pasé de simples rascadas en los testículos a caricias en el palo, que fueron remontando hasta utilizar ambas manos. Como un médico ausculta a su paciente, yo sacaba un mapa imaginario de venas y pliegues que delineaba con mis manos y al mismo tiempo dibujaba con la mirada en alto, observando en el techo de mi imaginación. Encontraba y memorizaba los puntos de mayor placer, resultando la punta, y la parte intermedia entre esta y los testículos la que me hacía sonreír más. El hallazgo fue cuando junté ambas manos, como cuando se reza frente al Santísimo, dejando la verga al centro del Universo haciendo movimientos similares a los que mi madre hacía al preparar chocolate de molinillo. El movimiento fue divino para los sentidos. Ya tenía las palmas mojadas con un misterioso líquido viscoso y transparente que olí con curiosidad y que no me causó ni repulsión, aunque tampoco antojo. Era viscoso como el néctar de una flor. Continué con mi trabajo emulando a un antropopitecus en su proceso de sacar fuego con una vara de madera tallándola sobre un tronco. Luego como erupción volcánica me llegó el fuego a mí también, pero convertido en una oleada de placer que aunque no podía entender, no me importaba. Sólo quería abrazarla con la devoción de un religioso del Tibet. Mi cuerpo se arqueó haciendo que sólo mis talones y la nuca tocaran las sábanas. Casi sentía que levitaba. Mi respiración de niño excitado rebotaba en las paredes y el techo. Chorros de placer brotaron inundándome ambas manos, ahora sí abundantemente. Los testículos se apeñuscaron como dos nueces y mi delirio se vio ensombrecido por un repentino cargo de conciencia. La inapetencia me llegó tan rápidamente como saltaron los borbotones de líquido transparente. Tenía apenas unos doce años de edad y fue hasta después que descubrí que no producía espermatozoides aún, por lo que aquella tarde eyaculaba sólo un fluido transparente y no el blanco y denso, color perla nacarada, cargado de semen e invadido por millones de minúsculos espermatozoides. Mi primer relación sexual fue esa, una masturbación hecha a dos manos, como cuando se toca el piano con dedicación. Una palma confrontada con la otra dando calor, y la vibración suficiente para ordeñar a esta bestia. El placer me llegó por el placer mismo, no pensaba en mujeres, y menos en hombres, sino en mí. Yo era mi único instrumento para lograr el placer. No necesitaba inspiración. No pensaba en nadie, sólo en lo que sentía. Para mí seguían sin

existir los hombres y las mujeres como objeto sexual. Sabía, por teoría, que el objetivo como convivencia social era un hombre con una mujer, pero a esas alturas no veía más que eso, convivencia. Para las cosas dell placer sexual, me bastaba yo mismo con mis manos expertas frotadoras, porque primero fue con ambas manos, luego aprendí a hacerlo con una sola. Bueno, realmente no lo aprendí sólo, eso me lo enseñó un hermano mío quien me inició en el mundo del erotismo homosexual. Las tardes de trabajo de mi padre, salidas recreativas de mi madre, y entrenamientos deportivos de mis hermanos mayores, dejaban la casa prácticamente sola y me permitieron escurrirme a sus habitaciones. Cuando ellos salían, las aseguraban con llave, pero no sabían que ese celo me invitaba una tarde a irrumpirlas con la ayuda de la mica de una tarjeta, tal y como los vi hacerlo una vez en que habían dejado las llaves adentro. En aquella ocasión entré a un cuarto cerrado a piedra y lodo, obscuro y con olor a sudor. Mi alcoba aún olía a pañales y talco, y aunque era más agradable, el ambiente profano que se respiraba en la recámara de mis hermanos era excitante. Inspeccioné los cajones con cuidado de no revolotear nada. En ellos no había nada más que accesorios para jóvenes que yo no aspiraba tener, desodorantes, lociones y fotografías de amigas de sus secundaria. Nada interesante, miré alrededor y descubrí que una sábana se veía mordida por un colchón mal acomodado. Decidí levantarlo y fue donde descubrí algo que me estrujó el pensamiento. Fue otro de los hallazgos que marcó mi vida en materia sexual y lo descubría bajo el colchón, que levantaba con tal ambición, como si se tratara un cofre del tesoro. El rostro se me iluminó al ver una razonable cantidad de revistas pornográficas. Unas en vivos colores, y otras en blanco y negro pero igual de gráficas. Unas deshilachadas por el constante uso, otras impecables y resguardadas en sus bolsas de polietileno, como se exhibían en las revisterías. Todas ametrallaban la blancura de mi alma. Todas me gritaban, y mi pene, como si estuviera atado a un hilo imaginario, se elevaba endureciéndose como los que alcanzaba a ver en las fotografías. Saqué dos, las más superficiales, para poder soltar el colchón. Me senté sobre la cama para contemplarlas adustamente. Estaba tan embelesado como un arqueólogo frente a una nueva momia descubierta. Mujeres con pechos de todos tamaños y formas. Un carnaval de pezones y nalgas desfilaban frente a mis sonrojadas mejillas. Los penes varicosos y traviesos hacían las delicias de las mujeres alcanzadas por su metralla, y hacían también mis delicias, al contemplarlos morbosamente e imaginar que uno de esos, tan impetuosos aparatos, lo usaría yo algún día de esa forma, cuando me graduase en las materias del sexo. Después de hojear una por una todas las páginas, hasta las de los crucigramas picantes, regresé el catálogo desde el principio, pero ahora en plan de búsqueda, para apostarme en la más avasalladora de las orgías. Era en las páginas centrales en donde con una sola ojeada podría apreciar un panorama con un variado buffette de posiciones en donde una mujer podía atender, no a uno, sino a varios de los mancebos que con sus greñas a la afro dejaban que el fotógrafo realizara sin cortapisas su trabajo de gran angular. Varones con una musculatura envidiable, solamente superada por sus propios falos que impetuosos recibían el calor viscoso de los cuerpos sudados. Bocas, lenguas, rasguños y fluidos emergían del papel satinado para inyectarme en la mente el afrodisiaco veneno del placer. Mis ojos escudriñaban con la curiosidad de la contemplación hacia la Guernica de Picasso. Me desabotoné el pantalón, que desde que me atravesé el pene con la cremallera hacía pocos meses, utilizaba ropa sólo de botones. Bajé mi trusa y dispuse con mis manos ungidas y mágicas, a realizar el primer coito acompañado por alguien, no terrenal, pero sí tan motivante como una luna de miel. Estaba acompañado por mis primeras imágenes de carne y papel. Así como las esporas de jersey sudado que invadían la recámara,, entraban a mi nariz, las fotografías candentes y descarnadas, entraban por mis ojos directamente al cerebro, sintiéndome invitado a esa sopa de seres humanos. Las palmas hacían su trabajo y el arco de mi espalda y cuerpo entero llegó puntual, sumiendo mis nalgas incipientes,

como tratando de empujar hacia adelante una eyaculación de agua aceitosa. El placer llegó en el más pleno de los orgasmos, uno inolvidable, pero el cargo de conciencia me invadió con remache doble, ahora era por haber infringido una ley mínima que era la privacidad del cuarto ajeno. En esta ocasión no guardé el respeto por los mayores, por mis hermanos y sus cosas personales, qué digo personales, íntimas. Nunca es bueno tomar objetos ajenos, incluidas las revistas pornográficas, pero, la más grave de las faltas, fue por jugar con mi propio cuerpo de una manera tan, tan, deliciosa. “Eso no se toca” fue una frase que me comenzaba a sacudir en esa edad. Y más porque realmente estaba demasiado joven. Ni semen blanco me salía aún. Viéndolo con retrospectiva, creo que en aquel tiempo forcé la maquinaria, adelantándome a lo que el cuerpo humano me podía ofrecer, o mejor dicho, a lo que al mismo cuerpo le podía yo exigir. Tener una revista pornográfica no sólo calienta la cabeza, sino que perturba, acelera e inflama los pensamientos. Es como el efecto del almidón sobre la masa del pan. Lo reviste de vida. Hace que la multiplicación del tamaño del pene sea bíblica. Descubría que mi minúsculo trozo de gis se rebautizaba ahora a “pene”, un nombre de categoría, aunque era un instrumento que antes de pretender dar placer a alguien, me lo daba a mí, nada más a mí. Ese pene carente de venas y con la boca de su prepucio aún cerrada, se convertía en la promesa para mi erotismo. Después de limpiarme las manos con toallas faciales, seguía el delicado proceso de colocar los cuerpos del delito nuevamente en su lugar. Llegué a acomodar la sábana exactamente igual a como la encontré, con el riesgo de que hacerlo mejor, mismo pudiera delatarme. Salí pisando mis propias huellas y tras remachar de nuevo la puerta me fui a mi recámara a recapitular lo que mis ojos habían visto y que mi mente rumeó durante el resto de la semana. Mis duchas fueron ahora más placenteras. Me purificaban el cuerpo, arqueado por cálidas masturbaciones que me vaciaban los testículos, que terminaban como dos limones exprimidos. Mis manos y piel, limpia y fragante la secaba con una toalla afelpada que daba fin a mi momento de intimidad, antes de enfundarme la ropa, todavía infantil. Las tardes de visita a la recámara de mis hermanos siguieron cuando el último rescoldo de imágenes mentales almacenadas desde mi primer encuentro, ya no me provocaron erecciones. Era momento de actualizar el acerbo. Al entrar, volvía a cerrar con llave para evitar que mis hermanos menores interrumpieran. El veto al cuarto les impedía intentar tomar el cerrojo. Mis momentos eran realmente íntimos, porque el tiempo estaba calculado y realmente sobrado. Saqué del colchón otro par de revistas que me di el lujo de leer, no sólo de ver. Ya no me conformaba con admirar las imágenes manoseadas y salpicadas de semen seco de mis antecesores en estos placeres, sino leer encabezados de las páginas. Frases como “A los Trece años esta niña comienza con la culeada” o “Una auténtica verga de burro le entra a esta mujer”,, me apeñuscaba los testículos. Me preguntaba en dónde se tomarían esas fotografías tan atrevidas. El proceso de lectura me invitó de nuevo a sacar provecho con mi animalito que ya había despertado y estaba intentando salir del pantalón atravesando su botonadura. La verga seguía pareciéndome un novel aprendiz de hechicero comparándola con los brujos consagrados de estas páginas. Esa temporada de mi vida la pasé visitando por las tardes la alcoba de mis suspiros y comprobé que los ejemplares cambiaban, desapareciendo unos y apareciendo otros. Los amigos de mis hermanos seguramente se habían convertido en una especie de club, en el que se compartían los ejemplares manoseados para que al más puro estilo de la red de redes, se multiplicaran las aportaciones con generosas opciones. Desde entonces, no pude dejar de imaginar, cuando los veía llegar a casa en reuniones de fin de semana, que sus manos las tenían encalladas de tanto frotarse y ordeñarse al son de las nuevas páginas. Las revistas iban y venían, siendo yo un beneficiario mudo de esta abundante suscripción. Mi palo crecía a cada semana y mi punto de medición eran mis manos. Antes con medio palmo se cubría, luego con las palmas completas, y más tarde las manos quedaron chicas. No había duda que me convertía en un modelo porno en potencia. Los recuerdos de cada postura y persona

retratada, los revivía en mi imaginación durante las noches de verano en que me trepaba a la parte alta de mi litera para procurar dormir. Mis hermanos menores quedaban dormidos con la inocencia de sus travesuras, y yo esperaba que sus ángeles de la guarda salieran por la ventana abierta para dejar entrar el demonio en mi cuerpo y que me ayudara a bajar mi pijama. Las arqueadas de mi cuerpo me llegaban como posesión satánica, y la obscuridad me impedía ver el color de mi erupción volcánica que olía a arrepentimiento. Una tarde quise retar a mis hermanos, sin saber nunca si detectaran el reto. Entré a su cuarto con la credencial de mi club de natación que ya lucía mis dientes deformes en la fotografía de tanto machacar la mica, y saqué un par de revistas para llevármelas a mi recámara. Ahora quería una suscripción exclusiva, y más que eso, el placer de contar con amores exclusivos. Sabía que quizás no lo detectaran por el constante cambio de inventario de ejemplares, y si lo notaran, podían asumir que fue mi madre la que les confiscó el material, o ellos mismos. Eran tres los que dormían en el mismo cuarto, y los tres en edad de eyacular sin tocarse, aunque yo realmente nunca supe quién de los tres era el dueño de ese tesoro del saber, si el mayor, el de en medio o el menor que era el más cabrón, porque hasta se hizo ambidiestro después de haber nacido zurdo. Pudieran sospechar de sí mismos o hasta de mi padre quien a esas alturas tenía treinta y cinco erectos años. El beneficio de mi posesión de todas esas revistas era desabrochar las hojas de sus grapas y desparramar las fotografías más reveladoras sobre mi cama,, para convertirla en un manjar infinito de imágenes que mis ojos devoraban, al tiempo en que mi dragón escupía fuego tras sendas presiones de mis palmas en tiempos más rítmicos que la vieja lavadora de mi madre. Encontrarme en este paisaje de pasión, exclusivo en la privacidad de mi alcoba me regalaba el privilegio de desnudarme completamente. Ahora las caricias no eran sólo a mis testículos, sino a toda mi carne blanca. El festín visual me incluía a mí, quien, aunque era el más joven de los invitados, era finalmente el que tenía vida y movimiento. Fueron días de dos o tres eyaculaciones por orgía en donde permitía que mis escupitajos de placer alcanzaran las nalgas blancas de las mujeres que miraban a la cámara y a mis ojos con mirada de lujuria y boca de pasión. Eran ahora mis revistas porque mi semen las tocaba, haciendo una alianza más mística que un matrimonio. Mi esperma se tornaba blanco y nacarado, como el que las mujeres enguían de sus apuestos galanes. Ya estaba descubriendo mi capacidad para procrear y multiplicarme, con esos millones de espermatozoides que comenzaban a gestarse en mis entrañas y salían con placer, aunque estos intentos de dinastía no eran más que balas perdidas que no llegaban a ninguna parte trascendente. Millones de hijos perdidos, no logrados, ni siquiera intentados, sólo esperma blancoso que servía para indicarme que la diversión había llegado a su fin. Tener revistas mías me envestían de cierto poder que me permitían avanzar más y más en juegos sexuales. Primero, estar desnudo y acariciarme toda la piel, antes de tocarme el pene para comprobarme que los sentidos estaban todos interconectados, luego masturbarme en la posición más incómoda, ya no arqueado, sino acercando mi rostro al papel,, y extender mi lengua en forma de punta al vértice de un culo que mostraba sus encantos al fotógrafo en una pose de “playmate”. El olor a papel me excitaba, pero más al sentir que estaba cerca de una doncella tan blanca y puta. Las revistas cuando marchitaban su poder seductor, iban siendo incineradas, una a una en el patio, al tiempo en que me hacía de nuevos ejemplares meticulosamente seleccionados. Cuidaba mucho que las cenizas que depositaba en el contenedor de basura perdieran su forma y que las otrora fotografías hayan sido craqueladas en minúsculos fragmentos, que no me tiznaran la reputación de niño bueno. Mis hermanos mayores no sospechaban que su hermano, el mayor de los menores, era el ratón que hacía desaparecer sus ejemplares. Sus comportamientos hacia mí no cambiaron ni un centímetro. Me robaba las revistas que ahora leía en mi cuarto con la soltura, como si tuviera en mis manos el New York Times. Devoraba las críticas de la cinematografía erótica que mostraban las primeras fotografías de

Calígula, el controvertido film de Petter O`Toole, me reía de las viñetas con chistes relacionados con el sexo, y me estudiaba las cartas dirigidas a la Doctora Corazón quien daba respuesta una a una, sin el menor recato, llamándole verga a la verga, y vagina a la vagina. Las tardes de lectura de revistas, combinada con placeres manuales me hacían pensar que ahora mi mente despertaba a los razonamientos humanos, no sólo al instinto del roce físico. Quería conocer más. Me excitaba ahora leer, y aprender, casi de la misma manera que ver y acariciarme. Estaba experimentando una emigración de los sentidos. Mi pene mostraba sus primeras venas, y bello más copioso. Su manera de estirar el cuello era notable, haciendo tensar al máximo la pielecita que rodeaba la punta y que no alcanzaba a abrir. Era como el parto de un huevo queriendo brotar desde el capullo de un tulipán. Una tarde tuve una modalidad para deshacerme de unos ejemplares en blanco y negro. Me metí con ellos a la regadera y me bañé pegando una a una todas las hojas en los azulejos de la pared, utilizando como adhesivo a la misma agua que me martillaba la espalda, logrando aquella tarde una exhibición digna de un museo porno . El cocktel visual ahora con una perspectiva vertical y yo, de pié en lugar de recostado, frente a esta variedad de posiciones que me hizo ser un innovador en los juegos eróticos y eso me motivaba más. Las hojas debilitadas y con la transparencia que le daba el agua caliente, fueron desalojadas y arrojadas al retrete, en sesiones pacientes de descarga, dejando la pared tan limpia como la conciencia de un asesino que se ha confesado con un sacerdote. Mis fantasías de hacer cosas prohibidas iban en ascenso, y su escalamiento era tan sutil que no notaba mucho los límites del pecado. Así como las paredes tapizadas de azulejo de la regadera se regeneraban con la pureza de mi dedicada limpieza, así mi espíritu y cuerpo salían de la ducha renovados y envueltos en una toalla. El cuerpo del delito desaparecía por el retrete y mi alma emergía de las cenizas como el Ave Fénix,, tarde tras tarde. Un día de domingo, cuando todos estábamos en casa, apostados frente al televisor y prestos para ver el juego de futbol del mediodía, uno de mis hermanos le preguntó a mi madre al salir del baño por el destapador. Se me quizo salir el corazón pensar que se había atragantado la tubería de drenaje. Algo había tapado el sanitario, dijo. Mi angustia ahogó a mi garganta más que el retrete, y me llevó a acercarme con dos saltos para tratar de asomarme y descubrir si el “cadaver” finalmente saldría de las catacumbas de donde lo había recluido. Al primer intento con el destapador, saltó un borbotón de agua revuelta. Miles de partículas de papel con color a nalgas salieron desordenadas y se revolvían con polvo de caca fresca que hacían muy fácil cualquier análisis forense. Mi hermano quiso hacer un segundo intento antes de jalar la cadena. Quería debilitar el masacote. Yo miraba escandalizado, aunque mi postura podía pasar como repulsión por el espectáculo. Mi hermano pareció adivinar todo en una sola hojeada. Partículas intrusas, un preadolescente atento y revistas desaparecidas misteriosamente de debajo del colchón. Manipuló el agua de nuevo como si quisiera asfixiar al mismo Monstruo del Lago Ness a base de harponazos, pero lo que en realidad buscaba era sobreactuar, alargando mi agonía y al mismo tiempo el momento para estudiar mis reacciones que no perdían detalle en el interior de la porcelana. Mi descaro fue sonreír, cuando al jalar la cadena observaba un remolino final que daba por finalizada la odisea de ballenero. Fue en donde me delaté, cuando respiré con profundo alivio. Consideraba que era mi final en ese trance, y al mismo tiempo la despedida en mi rudimentaria metodología de desechar revistas por la vía del drenaje. Y aunque pensaba aquel domingo familiar que era el final de un capítulo de mi vida erótica, realmente se trataba del principio de otro. Lo que pensaba en ese momento, que colgaba los tenis en mi técnica de masturbación asistida, realmente era un error, porque a partir de eso comenzaría apenas en otra modalidad. Después de aquel tropiezo, la mirada de mi hermano comenzaba a ser más densa hacia mí. Trataba de seguirme con los ojos, y se notaba más, porque contrastaba con la indiferencia de mis demás hermanos. Por primera vez sentí intromisión en mi propia casa y hasta en mis

propios pantalones que todavía eran cortos. Candelaria ya no vivía con nosotros desde hacía unos meses. Fue remitida a su rancho del sur del Estado para jamás volver. En una ocasión escuché a mi madre comentar a unas vecinas que no quería gatas porque sus hijos ya comenzaban a contemplar chiches y pensar een caderas. Mi hermano, me miraba con la misma atención con la que yo lo observaba a él, sólo que mi atención era encartada con miedo. No necesitaba usar pantalones largos para sentir que atravesaba la tela con su mirada. Sorprendí la invasión varias veces en pleno vuelo en donde observaba con mirada aparentemente pensativa pero siempre a mi entrepierna. Quizá la dotación de revistas no le parecían ya suficientes para exprimir sus pasiones. Cande hacía falta en la casa para desinflar ímpetus adolescentes. A mí, me gustaban mucho las revistas y las seguía viendo en mis tardes de mis coladas furtivas, siempre después de haber terminado mis tareas. Me masturbaba en la soledad de mis pensamientos que cada vez eran más generosos e ilimitados. Ahora miraba con el mismo placer tanto las nalgas de mujer como a las de hombre. Cada quien tenía lo suyo. Unas eran abundantes, generosas y blancas, y las otras torneadas de músculos, sudorosas y varoniles. Ambas eran inspiración para un hermoso relieve romano digno de cualquier retablo. Mis fantasías retomaban otros horizontes, y de pretender introducirme en los placeres con féminas, soñaba ahora con posarme en la intermediación entre los dos bandos. Quería nadar en un concierto a cuatro manos. No dudaba de mi sexualidad, porque ni siquiera la tenía. Lo mío no era sexo, sino la automotivación. Los secretos de lo que pensaba eran sólo míos y no trascendían más allá de mi ment. Entendía que mis momentos de excitación eran diferentes a mis momentos lúcidos. Lo mío era simplemente placer por lo que en ese momento veía y mi mente fantaseaba. Y este placer se ejercía sólo con mis manos nóveles que eran mis únicas cómplices. Una temporada de vacaciones en que mis hermanos menores se habían quedado a dormir en casa de mis abuelos que vivían en un rancho al norte del Estado, dormía yo a mis anchas en lo alto de la litera logrando un cuarto para mí solo. Finalmente y a mis anchas lograba los más grandes orgasmos dándome el lujo de rebotar las nalgas al colchón y arquear el cuerpo como poseso en su trance, para finalmente abrazarme al más relajado de los sueños. Caía profundamente hasta que una de esas noches algo me desesperó. Estando profundamente, unas manos se habían introducido a mis sábanas y me desabotonaron el pantalón de la pijama. No atinaba a identificar qué era, quién, qué quería, y cuál era la intención. La cabeza de mi hermano se sumergió bajo las sábanas para buscar con su boca mi verga infantil dormida y cansada por mi orgasmo tempranero. Me molestó tanto que me arrebatara el sueño sin alcanzar a cavilar aún, qué pretendía, y como campanazo, el demonio de enojo que despertaba en mí, se fue convirtiendo en una creatura dócil. Recuerdo que primero golpeé su cabeza con las palmas de la mano sin tratar de hacer daño, claro. Sentí sus rizos castaños, ennegrecidos por la penumbra entre mis dedos y conforme mi grado de excitación crecía, los golpes se convirtieron en caricias. Hacía lo que las malas mujeres de las fotos mostraban cada tarde de mis encuentros. Acariciaba la cabeza seductora. Nunca imaginé el grado de placer que representaba esa práctica. Fue meteórico mi cambio de carácter, saltando del infierno a la gloria, o mejor dicho, de la agonía al éxtasis. Mis palmas revoloteaban sus caireles adolescentes haciendo que mi pelvis convulsionara involuntariamente. No decía nada, y yo ya tampoco, mis labios callaron sus reclamos para emitir leves gemidos que por primera vez eran escuchados por alguien. Sus manos y boca hacía un trabajo triple, engullendo la punta de mi pene, sosteniendo con una mano el palo que se crecía ante la prueba y con la otra comenzaba un masaje delicado a mis testículos que por primera vez probaban un roce simultáneo de manos ajenas. Se sentía como estar en un circo de tres pistas. No quería que me explicara nada, ni lo ví necesario, ni trascendente, y mucho menos oportuno. No perder impulso era lo básico en estos momentos. Era tan grande la intensidad que no me escandalizaba por definiciones ni etiquetas sociales. La palabra homosexual no la conocía, ni sus alcances, sólo entendía lo

que lo que experimentaba en ese momento era placer puro, el placer de sentir y de actuar. El placer de dar permisos. Su empuñadura me envolvía el falo y martillaba como no lo había hecho nadie, ni yo mismo. Mi masturbación había sido siempre algo parecido a un ritual similar de calentarse ambas palmas ante el frío, pero esa manera de bajar y subir el puño utilizando toda la saliva de su boca, me hacía ver ver las estrellas sin necesidad de demoler el techo que estaba a menos de un metro de mis narices. Al bajar su puño más de la cuenta me generaba cierto dolor, porque mi membrana virgen no daba la suficiente flexibilidad para que abriera mi obturación y aflorara la cabeza. El orgasmo llegó haciendo retorcer mi cuerpo al sentir unas tremendas cosquillas caprichosas de su lengua recolectando cada gota de mi semen desperdigado sobre mi abdomen. Las devoraba como un gatito bebiendo leche de su plato. El remordimiento llegó como yunque asaltando mi conciencia. Mi hermano sólo sonreía mirando a mis ojos turbados, con una expresión de complicidad y de inmediato, como cocodrilo desapareció debajo de las aguas del pantano en el que me dejaba flotando. La mañana era plomiza con una atmósfera turbia, justo como sentía a mi conciencia. Desperté con el falo erecto e insensible a mi duelo moral. Mis ojeras reflejaban turbación por una noche de pataleos y de desvelo prolongado. Me bajé de la litera de un salto y corrí al baño para ver en el espejo el rostro de un pecador. Me lo lavé esperando redención en el agua helada. Me resultó eterno aguardar el momento en que mis hermanos despertaran porque no demoraría en carearme con el visitante clandestino. Uno a uno sacaban su modorra de ultratumba. Al verlo, bajé la mirada. Su actitud fue más normal que de costumbre, más desentendida que la última ráfaga de miradas codiciosas a mi entrepierna. No mostraba interés en nada que no fuera bajar a la cocina a prepararse un cereal. Lo observaba con cautela, las posibles revelaciones que él pudiera soltar en esa mañana decisiva me pondrían en evidencia clara de un pecado que no cometí, al menos no del todo. Mi única falta, fue sucumbir, dejarme llevar y sobre todo, disfrutar, por lo que yo por primera vez no hacía, al menos con mis manos. Su indiferencia me demostraba que no temía a que yo lo delatara. No sé si me leía la mente, o el cuerpo, pero yo no quería hacerlo en realidad. Quizá lo proyectaba con alguna de mis muecas que no sabía disimular. No quería hacerlo porque realmente no sentí que me hubiese hecho algo malo, ni sentí que me dañara, al contrario. Además no me revestía con el suficiente valor como para aceptar a detallar lo que viví y sentí anoche. El interrogatorio al que me vería expuesto me obligaría sin duda abrirme ante la posibilidad de revelar todo, y lo peor, confrontar mis argumentos contra los de él en su defensa, que seguramente incluirían un capítulo siniestro con un tapón en el drenaje sanitario integrado por minúsculas fracciones de revistas consumidas por mi mirada hambrienta de sexo. Revelarlo no estaba en mis planes, además, inocente o culpable, al final del juicio, aa mí me sacaría a los ojos de mis padres violentamente del mundo de los menores, para ubicarme de un plomazo al mundo de los adultos, aunque sean precoces. El día se fue debilitando y no cruzamos más palabras que las cotidianas. No hubo indicio de nada que despertara sospechas a nadie, sólo mis pensamientos que afortunadamente no salían de mis mejillas sonrojadas. La tarde llegó y la casa se volvió a vaciar pero esa tarde no quise entrar a la recámara de mis pecados manuales. El vacío de un hogar sin gente me envolvió. El agobio ocupaba gran parte de mis pensamientos. Mi madre finalmente llegó con mis hermanos menores vestidos de karatecas y sudados hasta el copete, y tras de ella mis hermanos mayores que venían de sus actividades deportivas y olían a león con tenis. La regadera se la turnaban de acuerdo al grado de astucia de cada uno. La barra vespertina de la televisión nos iba entreteniendo escasamente, los chistes desgastados del payaso Cepillín eran los mismos y se escuchaban más sangrones que nunca, o será que yo ya estaba creciendo. Encontraba mayor entretenimiento en meterme a la ducha y explorarme con mis manos justicieras. Esa tarde esperaba pacientemente al ritual de la cena que desde hacía varios años no reunía a toda la familia junta, salvo que

hubiera festejos especiales como las reuniones de Navidad o cumpleaños. Desde entonces sabía que una familia numerosa no lograba necesariamente una convivencia garantizada, sino por el contrario, lograba siempre enormes ausencias. El mayor de los tres mayores, estaba impedido de cenar en horarios tradicionales, por su incipiente oficio de reportero de noticias policiacas, que corriendo tras la prisa de las rotativas que debían escupir el periódico al amanecer, le impedía sencillamente cenar en donde fuere. El menor de los mayores casi nunca cenaba con nosotros. Prefería pasarla un rato más con sus amigos del fútbol quienes presumían de ser unos craks del balompié al son de una cerveza helada. El hermano del centro de los mayores, el de la visita furtiva de anoche, llegaba puntual a su cita en donde los tres menores comenzábamos a pelearnos por las tortillas que mi madre ponía al centro de la mesa para acompañar las papitas fritas con huevo. No podía evitar sentirme tenso ante su presencia, y con la mirada más baja que pude, observaba de vez en cuando su boca. Observaba la manera en meterse un machito con sal y disfrutarlo, y por mi parte no podía evitar recordar el transe de anoche. Yo seguía comiendo y tratando de recordar si en alguna otra ocasión había tenido una erección mientras estaba en la mesa como lo estaba experimentando en ese momento. Miré para otras partes tratando de controlar al demonio que me posesionaba. Era peligroso caer en una insinuación, un mal pensamiento, o hasta un rubor. Por fortuna la mesa era mi camuflaje, pero mi madre, como todas las madres del mundo, tenían antenas orientadas y perfectamente calibradas para detectar hasta los cambios en el ritmo de la respiración de uno de sus hijos. Esas antenas fueron las mismas que exterminaron con la mirada a Candelaria, al grado de que la pusieron con todo y sus cadenciosos caminados, finalmente de caderitas a la calle. La cena transcurrió sin sobresaltos, y como script de obra teatral, nos desplazamos empijamados a ver más televisión. Las series de acción me provocaron sueño. Mis hermanos menores ya habían sucumbido en el sofá en donde normalmente dormían hasta el amanecer. Me retiré a la cama en donde de un salto de trapecista llegué a la parte alta. El motor del coche de mi padre se escuchó y con él voces de mis hermanos mayores conversando con él. La convivencia se fue silenciando al tiempo en que mis ojos se cerraban. Mi espíritu se sobresaltó al sentir un movimiento sospechoso en mi litera que se amplificaba por la altura. Sin moverme y mirando al techo ennegrecido trataba de imaginar si era mi padre quien llevaba a los menores a acostarse en la parte de la litera que les tocaba. Amplifiqué mi atención y descubrí que el cuarto estaba totalmente obscuro porque la puerta había sido cerrada lentamente. Trataba de escuchar la televisión y esta ya no se oía. Pensaba que si no eran mis hermanos menores en su colchón de abajo, ¿Quién podría ser? No habían pasado ni dos segundos cuando apareció de un impulso sobre mi colchón mi hermano. Me heló la sangre y me incorporé diciendo, “¿Qué haces aquí?” Cayó mis palabras con un beso en los labios, eso me disgustó. No estaba dispuesto a mariconerías. No había besado nunca a nadie y no estaba dispuesto a estrenar mis labios con un hombre de ninguna especie. Lo empujé con repulsión. Eso ya no me estaba gustando. La litera crugió, aunque era resistente, los que estábamos en la parte más vulnerable éramos dos así que existía el riesgo de rasgar su estructura cayendo al suelo con todo y colchón. Me abrazó para tratar de tranquilizarme, pero al sentirse con los brazos sujetados me desesperté y comencé a levantar la voz, entonces se abalanzó a tratar de hacerme lo mismo que la noche anterior me había hecho, pero no estaba logrando tranquilizarme. Como un cachorrito hambriento buscando la ubre de su madre, él me buscaba el pene que esta vez no estaba erecto, sin embargo sus gemidos sordos y su precisión por degustar cada parte del dragón dormido, hicieron que el duende lleno de vida en reposo comenzara a estremecerse y despertar regocijándose y yo por el contrario a relajarme. No estaba muy de acuerdo a besar a nadie, pero en cambio en el escenario de dejarme amamantar, la dinámica de mi cerebro funcionaba diferente. Después de todo, ¿a quién no le gusta que le mamen la verga? pensé. Sus caricias y manejo con la boca me encrisparon hasta el último

bello. Me volvía a empuñar masajeando de arriba hacia abajo, y le dije que no, que me dolía. Después de examinarme y detectar mi eterno problema de prepucio con orificio pequeño, comenzó a moverlo lentamente utilizando mucha de su saliva como lubricante. Me dolía, y lo demostraba, pero parecía que a él no le importaba mucho, no dejaba de hacerlo, y no tanto por hacerme daño, sino por ayudarme a liberar esa cita con mi virginidad. Bajaba cada vez más el cobijo hasta lograr, como un parto natural, ver una sección de la cabeza que lucía como hongo, un hongo que yo no había visto más que en las majestuosas revistas pornográficas que hojeaba por las tardes. Se enguyó el pene y con movimientos juguetones con la lengua y saliva anestésica me adormeció de placer hasta que finalmente sacó mi nuevo regalo, un pene reluciente como si fuera un ramo de flores, mostrando la redondez de una cabeza bien torneada y lubricada. Sonreí al sentirme como un padre de familia al conocer a su bebé, al ver que me había convertido esta, en una verga lista para coger. El dolor de la piel estirada quedó en el pasado haciendo que sólo pequeñas estrías dejaran aquel recuerdo en mi delgada piel. Siguiendo con el juego erótico, decidió utilizar la lengua para acariciar cada centímetro de mis testículos haciéndolo con un rostro de demonio que me estremecía de placer. Acerqué mis palmas para masturbarme de la forma en que había aprendido desde mis primeros orgasmos. Sorprendido me miraba descubriendo una nueva modalidad de confeccionarse una paja para él. Se rió burlonamente. Me tomó las manos concentrándose en la derecha y me conminó a empuñar mi mástil. Luego me rodeó el puño con ambas manos mostrándome el tradicional camino de una masturbación por medio de una “puñeta”. Es así, con una sola mano, es así subiendo y bajando, es así, como si el puño fuera una vagina, es así apretando la cabeza para ayudar a exprimirla, como se domina la rienda de un corcel. La música celestial llegó a mis oídos. Tenía la mano izquierda libre para hacer otra cosa, hojear revistas o agarrarme los huevos, acariciarme las tetillas. Seguía masturbándome pensando en el nuevo juguete que se convertía mi mano izquierda, cuando emergió mostrándome por primera vez su tremendo palo, erecto, lleno de venas y torneado hacia la izquierda, como una banana con várices. Yo estaba muy lubricado y seguía invadido con la mezcla de sensaciones que me asaltaron al mirarlo en su versión de actor porno. Su tremendo trozo hizo erectarme más. Lo acercaba a mi rostro consciente de que se me querían salir los ojos, pero no me percataba que mi babeante lengua de fuera delataba mi ansiedad. Con poco esfuerzo avanzó de rodillas sobre el colchón hasta que lo puso al alcance de mis labios. Yo tenía la mano izquierda libre, para su fortuna, y mi boca también. No dudé en rematarlo. Mi boca que sintió repulsión por un beso ahora me traicionaba. Sabía a lujuria, y su boca me hacía un favor recíproco, y un puente hacia un equilibrio perfecto. Aunque a mí que no me han gustado nunca las matemáticas ni los números en general, pero a partir de aquella noche el 69 me pareció la más perfecta de las cifras. El juego de dos cuerpos simétricos nadaba en una atmósfera de lujuria inconfesable. Los borbotones fueron la actividad preliminar a nada, a sólo dormir a pierna suelta y a amanecer con nata seca en mi rostro, el cuello y el pecho. Yo al despertar salté de la cama para descubrir que seguía con el pantalón de la pijama arremangado en los talones. Mi hermano, como un angelito sin mancha, yacía abajo de la litera,, proyectando una relajación similar a la de un pugilista tras un encuentro. En cambio a mí, la experiencia me dejó un amargo sabor de boca, pero deseos intensos de repetirla, a pesar del leve dolor en el prepucio por la osadía. Todo lo que había vivido era más intenso y divertido de lo que había imaginado jamás. Un chico de trece años no puede imaginar mucho, aunque haya pasado los últimos meses con copiosa teoría fotográfica. Esto de hombre con hombre, me hacía vislumbrar momentáneamente que no eran necesarias las mujeres en el mundo, más que para procrear, pero por lo demás, una boca masculina podía generar una variedad incalculable de placer en donde esta se montara. Nada relevante pasó durante el día, y si fue así, quizá se vio opacado por el destello nocturnal. Al pardear del tercer día, me metí a la cama antes que de costumbre a ver si así podía cavilar siniestros planes ante la

inminente visita. La noche llegó finalmente bajo mis sábanas en donde aguardaba más entusiasmado que un león adolescente. La sábana me delataba como una carpa de circo en el horizonte reinero, pero la obscuridad camuflaba hasta mis pensamientos. La algarabía de la casa se iba extinguiendo por secciones, y yo velaba sereno a distancia el sueño de cada uno. Mis hermanos menores fueron los primeros en sucumbir, quienes repitieron el artilugio de dormir con mis padres, dejándome de nuevo la alcoba para mí y mis diabluras. Luego se retiraban los adolescentes que apagaban la televisión para dejar en claro mediante un portazo que ya estaban fuera de combate. El rechinido audaz proveniente de la recámara de mis padres me dibujaba en la mente sus escaramuzas candentes en afán de solventar a los dos invasores de su cama con sueño pesado. Finalmente entró a mi recáámara el hermano furtivo, pero se desparramó en el colchón de abajo. El movimiento de la litera lo sentí hasta el último milímetro de mis testículos. Se sintió como hacha en la base de un ciprés, y así como cayó, permaneció. No hubo más movimientos. Mis testículos se congelaron y pensaba en mil cosas, menos que él no acudiría a su cita no programada. Decidí esperar cada vez otro momento más hasta que la desesperación se apoderó de mí. Me asomé para comprobar que realmente estaba como me lo imaginaba, dormido y boca abajo. No podía explicarle a mi pene del desaire, realmente no tenía una razón convincente. ¿A qué habrá venido a mi recámara, si tenía lecho con los hermanos mayores? Tras mil preguntas sin responder, salté de la cama y me aposté junto a él. El corazón me quería estallar y con él, todo lo que tenía debajo de los calzoncillos. Me incliné para que mi mano no batallara en palpar. No sabía si se molestaría, y apenas me buscaba responder esa interrogante cuando se incorporó con una sonrisa de demonio, mostrando un estado de sobriedad que le daba la malicia, diciéndome en voz muy baja. “Te habías tardado, cabrón”. Los abrazos y besos en los labios siguieron sin reparar en sorprenderme. No hubo repulsión, anoche había probado el néctar del precum, así que hoy no había razón para despreciar ahora la miel de unos labios. Mi excitación entró como marejada de agradecimientos copiosos por reinstalarme en dos segundos en la ruta del placer. Esta noche fue diferente a la segunda, que fue diferente a la primera. De los juegos manuales, brincamos a los linguales, y de estos emigramos a otros planos a los que nunca pensaba realizar, al menos con un hombre. Me recostó boca arriba dejándome inerte como una tabla y se ubicó en cuclillas sobre mí, haciendo lo necesario para que no bajara mi grado de excitación. Echaba mano de recursos como acariciarme el pecho, los hombros y labios. Con la nula experiencia de nuestros cuerpos nóveles, pero con el entusiasmo que nos inspiraba la misma novatez, nuestras caderas comenzaron a convulsionar en una mágica danza con matices africanizados. Mi cadera trepidaba hacia el frente y las suya hacia abajo. El juego de pistones y cigüeñales aprendía a cada momento a lograr la armonía serena, la de una maquinaria perfecta, un juego de relojería convertido en cuerpo humano. Conforme avanzaba, milímetro a milímetro, su cuerpo sudaba, el mío tremaba tratando de mitigar el dolor de la exploración. Mi pene instaurado para las penetraciones, esta noche se graduaba con un orificio masculino que consideraba quee era más meritorio que una vagina, por su estrechez. La sensación envolvente de esta modalidad de masturbación me hizo gemir. Sus manos me cubrieron la boca, no quería que mis bramidos se mezclaran con los imaginarios de mi madre y mi padre en la alcoba continua. La explosión tardó en llegar, pero no nos importó, porque el preludio del gran finale fue más placentero que el orgasmo mismo. Acariciar su dorso esbelto y más maduro que el mío, me remitió a sentir que tocaba a los mismos dioses que posaban en las revistas multi acariciadas y que me sirvieron de inspiración a tantas sesiones de sexo manual. El cuerpo fue incresciendo en experiencias y cuando el orgasmo se avecinaba, no sabía si gritar, llorar o bramar. Tanta experiencia nueva en tan pocos lapsos, a mí me mantenía inquieto y expectante. Cuando uno está excitado al extremo, los procesos pensantes pasan a segundo plano, y eso lo comprendí desde la primer noche con él, mi mentor. Sentí el calor viscoso sobre mi pecho y casi

simultáneamente estallé en placer adentro de él, extendiendo lo más que pude mi pelvis y arqueando mi cuerpo diminuto como lo había aprendido en cada paja vespertina. Dormimos abrazados sin el menor recato de que la luz del sol nos asaltara. Pasó la noche serena. Ahora él le ganó al despertador y a mí, y se levantó de la cama para meterse a la pijama e irse a su recámara dejándome, con más modorra y con menos pecado en los hombros. “No fornicarás”, y “no desearás a la mujer de tu prójimo” era lo que nos enseñaron en la doctrina, pero nunca nos advirtieron que fuese malo, “no fornicarás a tu prójimo”, mucho menos cuando este fornicado es tu hermano, y aun menos cuando todos fuéramos menores de edad. Los pecados son una invención del clero para tenernos sometidos, decía mi hermano, y Satanás es otra invención de la mercadotecnia Vaticana. “¿Tú crees que si fuera tan malo, Dios que todo lo puede, lo estuviera permitiendo?” Cuando le cuestionaba si estábamos haciendo bien, él me salía con la misma respuesta y para refrendarla me advertía: “Si no usas el palo, se te va a secar como una ramita, por falta de uso, por eso lo debes mantener en actividad, cada noche.” Se aprovechó porque era mi edad en la que me creía todo, hasta que Santa Clós y el ratón de los dientes llegaba a casa. Una temporada de vacaciones de verano en que habían escaseado sus visitas nocturnas y que mis hermanos menores fueron exiliados a casa de mis abuelos para que acompañaran a los viejitos con sus calzones cagados, quedé dormido en la litera de abajo. Siempre que tenía la oportunidad, lo hacía en afán de facilitar las visitas nocturnas. Una madrugada profunda en donde el radio había extinguido su música de la modalidad de “sleep”, sentí que mi cuerpo levitaba, cuando un leve crujido me despertó. Miré la silueta que intentaba encaramarse al colchón superior. Me incorporé para jalar el jirón de su pijama y dije en voz muy baja, estoy aquí abajo. El cuerpo sorprendido reviró y se abalanzó hacia mí, bajándose simultáneamente la pijama y trusa para mostrarme el dragón dormido que buscaba frenéticamente el calor carevrnoso de una boca adolescente. Mis labios y lengua se sorprendieron por aquel animal. Más robusto y esponjado mostraba una notable mejoría en su fisionomía. Sorprendido de escudriñar venas que desconocía y que había aprendido a dibujar en mi mente me retiré un poco para mirar hacia arriba. El rostro sonriente del mayor de mis hermanos me indicaba que estaba con la persona equivocada, pero en el lugar correcto. Su cara de satisfacción me turbó, me sentí profundamente engañado, no por él, sino por mi propio acelere, provocado por un candor desbordado. Así es como mueren los pescados, corriendo detrás de una presa sin saber que detrás de esa carnada el anzuelo los espera para el cadastro. Sus manos gruesas y rígidas, como las que aspiran ser de adulto me guiaban a la velocidad que él quería. Una masturbación bucal. Finalmente ya no me importaba quién fuera, él sabía lo que estaba haciendo, y yo también, y no teníamos el pretexto de estar sonámbulos. Nuestra complicidad compartida nos acogía y abrazaba en un sólo embrujo. Lo único que deseaba era que no llegara mi otro hermano porque no sabría que podría a pasar. El otro sospechoso de ser el dueño de las revistas pornográficas me hacia trepidar acariciándome la cabeza, desde la nuca hasta la frente. Sus gemidos me adelantaban la erupción y me permitieron esquivar la vorágine que resultó más abultada que dos eyaculaciones juntas. Los chorros saltaron sobre mi hombro precipitándose sobre la espalda dejándome una sensación similar a miles de vidas diminutas que avanzaban como nómadas hacia las sábanas manchadas por el pecado de las mil y una noches. Mi masturbación posterior no tuvo testigos, se marchó con la ingratitud de un marinero. Me reventé en placeres solitarios emulando mi segundo pacto con la vida real, y paladeando el sabor de un sudor distinto. A mis trece años ya había experimentado todo tipo de relaciones homosexuales y no me disgustaba ninguna de sus facetas. No hubo despedidas con el paso de las estaciones, pero era obvio que estas llegarían al irse compenetrando ambos con noviecillas que le daban a sus cuerpos otras caricias. Mis experiencias asistidas se fueron replegando para concentrarme en mis propios recursos, y lo malo es que con el

crecimiento de mi bello púbico me sobrevino al mismo tiempo una necesidad extrema de apagar el fuego con las caderas de alguien, o con otros colores de la creatividad. Una hoja de papel y lápiz fue la primer ventanita a mi pornografía gay. Si no había revistas de hombres con hombres en ese tiempo, al menos las imágenes las recrearía yo con el uso de mi imaginación, mi experiencia que era basta y las notables facilidades con el manejo de sombras y contornos que había adquirido en las clases de dibujo en mi escuela secundaria. Fue cuando cada una de las poses que había practicado con mis hermanos emergieron del papel sepia. Junto con la primera obra de arte gay surgió mi primer refugio en donde esconder mis valiosas piezas. Debajo del último cajón de la cajonera del closet, ahí en donde para buscar algo había que sacarlo completo, ese fue el mismo lugar que me permitía guardar mis tesoros con los que me masturbaba con mayor énfasis. La escultura fue otro de los artes que practiqué, y fue con plastilina, que me ayudó a confeccionar pacientemente la delicada y aerodinámica forma de un pene. Los hacía de todas las formas, con la piel arrugada tras el glande, así como penes circunsusos. La plastilina era maravillosa para hacer dormir a los demonios y para despertarlos y que surquen el vuelo. Sus sabores y olores eran lo único que me disgustaba de mis fantasías escultóricas. Mis dientes quedaban ennegrecidos pero a la postre con sonrisa amplia por la satisfacción. Una boca experta se profesionalizaba aún más con piezas inertes y multicolores. Una vez, mis amigos de la juventud se colaron a mi habitación y descubrieron el acerbo artístico. La cara me ruborizó cuando descubrieron que era arte gay. Me dijeron, “Epa, son puros maricones”, yo traté de controlar asegurando que era arte, como la del David o el Discóbolo, o el Pensador. Ametrallaron con una aseveración: “Sí, pero ellos no están cogiendo”, me reí con una mueca cargada de nervios y le dije. El pensador no está cogiendo, porque precisamente está pensando cómo hacerlo. La gracia de la ocurrencia hizo olvidar el desliz, al menos momentáneamente. Nadie me volvió a tocar el tema de preferencias sexuales, sobre todo porque yo era más varonil que ellos mismos. Y así iba creciendo, sintiendo pelos ahora hasta en la parte más cercana al culo, partes que ignoraba porque sencillamente no eran ilustradas en las revistas pornográficas de mis recuerdos. Sensaciones volátiles me invadían en la vigilia con sueños eróticos que me inundaban las sábanas de secreciones involuntarias. Eyacular sin manos, y más aún, sin pensamientos dirigidos, era una nueva gracia para mi juguete que comenzaba a despertar en una caja de sorpresas. Ahora, con el sólo roce de la trusa me metía en problemas. No podía recargarme a nada porque la bestia despertaba y quería continuar la fiesta con un frote. Era una especie de lámpara de Aladín que con un pequeño tallón, saldría el genio de su interior. Las pajas no sólo eran diarias, sino replicables como los sagrados alimentos. Tres o hasta cuatro veces al día. Tenía más temor a unas ampollas en las manos que a desgaste o deshidratación. Recuerdo que no quise ir al funeral de mi abuela, y aunque atravesé el pretexto de no querer verla recostada bajo el cristal de su féretro y tenerla en mente mejor, tal y como era viva, la verdad es que esa tarde me desfogué con una secuencia de puñetas que me embriagaron por su secuencia loca, y que me hacían pensar que más me valía que el espíritu fantasmal de mi santa abuela no se le fuera a ocurrir venir a despedirse justo en este momento. Pecaba, sin sentir que pecaba, por la simple razón de que nadie me veía, y que a nadie le estaba haciendo daño. El pecado lo podía definir como la reprobación o daño a terceros. No ofendía a mis padres, ni a nadie, y yo no tenía vergüenza de que me atrajeran los hombres, porque no me atraían, esa era una palabra muy poética, me los estaba cogiendo, me los estaba merendando, en sentido estricto, en su carne y en su jugo, y en sentido figurado también, con las mamadas que les daba a mis plastilinas y lamidas a mis cartulinas que me dejaban la punta de la lengua tiznada. Las ganas de estar con una mujer me llegaron cuando Olga Brinskeen bailaba en los programas dominicales de variedades. Era una veddette de otro planeta que además de contornearse con diminutos bikinies de dos piezas estampados de lentejuelas, plumajes

exuberantes, senos presuntuosos como tanques de guerra, era una mujer hermosa y además tocaba el violín, valor que en los televisores de el auditorio mexicano no le aplaudían por muy virtuosa que fuera. Mi padre fumaba con voracidad canina, mi madre con ojos de reprobación y yo detrás del sofá, miraba planeando mi siguiente paja soñando prenderme en actitud lactante aa ella y alcanzando su virtud con mi experimentado sable. Soñaba durante las noches de lujuria en revolcarme con todo y su dotación de maquillaje setentero y deseaba que me dejara mi almohada impregnada de Channel número 5, que anunciaba en los comerciales, y dejar las sábanas con chaquira esparcida en cada centímetro. Y mi boca con uno o dos de sus cabellos a la afro que esta trigueña con música de bongós ocultaba en su diminuto vestuario de lentejuelas. La palabra Olga, sonaba a pecado en la mente de mi madre, pero para a mi sonaba al complemento perfecto entre una sociedad atada entre un hombre y una mujer, o mejor dicho, la trilogía que conforman dos hombres y una mujer. Mi condición de bisexual me orilla a ser infiel por definición. Si el placer me asalta con un hombre, será a la mujer y a sus encantos, a los que deberé de traicionar, lo mismo sucedía en sentido inverso. Es por eso que el mejor matrimonio de un bisexual es con dos. Un tío espléndido con una mujer heterosexual, y un hombre absolutamente gay o bisexual también. De esta manera, los tres nos complementaríamos de manera notable. La otra figura triple en una relación estable es un tío con una mujer bisexual, un hombre heterosexual y una tercer mujer lesbiana, o bisexual también. Pero esos matrimonios entre tres no existen. Son inmorales como mis pensamientos torcidos. Loo más que se ha logrado es un contrato matrimonial entre hombre y hombre o uno entre mujer y mujer, pero sólo en algunos estados de la República, ni siquiera en todos. Y de eso a aceptar a tres en una sociedad, hay mucha distancia. Es por eso que los bisexuales somos infieles por diseño de cuerpo humano, por anatomía de nuestras mentes en donde aprendimos a cohibirnos y a ocultarnos. Ha ser simplemente heterosexuales ante la sociedad y los gay debajo de los entretelones de una comunidad que todo lo reprueba. Yo me quedaría con Olga Breenskeen en mi almohada izquierda y a David Casidy de la Familia Partridge en mi almohada derecha. Las ganas de tener sexo manual a sexo completo con una mujer, me vinieron junto con las tortas de espinillas que me asaltaron al rostro. Fue un cojín alargado y rígido el que me enseñó a penetrar un orificio parecido a una vagina. El viejo estudio coutch tenía cojines rectangulares de hule espuma que fungían como respaldo y que sólo salían con la ayuda de un zipper oculto. Al mirar su piel clara y afelpada por primera vez me invadió la idea de crear mi propia vagina, una para uso exclusivo y en los momentos que yo quisiera. Una vagina de cabecera, como la tendría cualquier mortal casado. Esta vagina no era portadora de enfermedades, ni de compromisos matrimoniales, y mucho menos pensar en que ella me ametralle la felicidad con la llegada de hijos indeseables y con olor a caca. Esa linda vagina que luego de varias sesiones de noches húmedas se llenó de una personalidad definida, tal y como son las de la vida real. Esta olía a pecado enlatado y a lujuria chorreada con algunos cabellos rozados y brillantes. Mis eyaculaciones estampadas y empalmadas, como besos de labios carmesí sobre una fotografía vieja me excitaban tanto que ya no podía vivir sin mi cojín que pretextaba en casa que era mi almohada favorita. Ese cojín que me ayudaba a dar buenos cojines me pareció adictivo. Mis pompeos y movimientos ondulatorios de mis caderas que inicialmente eran erráticos, y torpes se fueron puliendo poco a poco, a tal nivel que me convertí en un experto para meter y sacar la verga con la precisión musical con la que un violinista manipula el arco, para lograr las notas más sublimes. Las notas del orgasmo en fa. Mi cojín un mal día desapareció. Regresaba de mi prepa para hacer deberes en mi recámara, pero al mirar el montón de almohadas sobre mi cama noté la ausencia de mi doncella. Salté a escarbar entre las cosas y nada, sólo un aroma a suavizante de ropa entre la ropa de cama. Corrí a las demás recámaras y mi

decepción fue descubrir que estaban más ordenadas las piezas que la mía, y no estaba mi consorte. Salté a la cocina en donde estaba la lavadora, y sólo había ahí vestigios de que se había utilizado durante todo el día. En el tendedero del patio, unas siete sábanas resplandecían y levitaban al paso del aire de verano. El corazón se me quería salir. No imaginaba qué pudiera explicarle a mi madre de haber descubierto mi orificio predilecto, mi refugio de las mil fantasías. Me asomé al patio para tratar de rescatar del bote de la basura el cadáver inerte si es que ahí estuviera aún. No había cadáver, ni bote. Un pensamiento me asaltó al recordar que entre semana pasaba el camión recolector, y salí a la calle tratando de que mis piernas me hicieran volar. No recordaba si al llegar a la casa había visto el bote en la banqueta. Sí, ahí estaba el bote vacío todavía mostrando una aureola de moscas desconcertadas de que el camión se haya llevado su manjar. Me sentí tan desolado como las mismas moscas. Triste por la ruptura y por la vergüenza. No podría ver de nuevo a mi madre a los ojos, quien fue seguramente la responsable de poner a su nuera de patitas en la calle. Estaba desolado, y al correr de los días y no recibir ni su reclamo, ni su regaño, ni expresión alguna, asumí que ella no lo había advertido. Así como no adivinó del daño que hacía en mí, y en mi religiosa cita. Mis caderas lloraban al ver a distancia el chorreado camión alejarse. Si mi madre se hubiese dado cuenta que esa ranura inocente era mi gloria y despertar a la sexualidad, asumo que lo único que hubiera pensado es, que su hijo el adolescente estaba descubriendo su sexualidad por sí mismo, y que al menos era bueno que lo hiciera con una almohada vieja y no con una prostituta llena de infecciones y con posibilidades de emparentarse con un hijo perdido. Con la pérdida de mi cojín me sobrevino un sentimiento extraño, me sentí viudo múltiple, porque esa mujer sin rostro cambiaba a cada noche, en ocasiones morena, en ocasiones trigueño, en ocasiones rubia, en ocasiones pelirrojo, en ocasiones joven, en otras viejo y experimentado, como soy ahora yo. Porque si cuando tenía catorce años era un chico bastante experimentado en las lides del sexo, ahora, con 39 años a cuestas soy un poemario de vivencias. Antes de casarme por las tres leyes con mi esposa, no tuve sexo con otra mujer. Fue la primera, y digamos técnicamente, con la que perdí la virginidad, si es que virginidad se define como la primera entrega de un hombre con una mujer, no con un hermano varón, con cojines de hule espuma, o no con manos en cualquiera de sus presentaciones. Sexo hombre mujer de acuerdo al diseño divino sólo con ella por lo que envestirme de blanco en el templo en donde nos juramos amor y fidelidad, era de alguna manera cumplir correctamente con el requisito mínimo. Aunque ese tema de la virginidad para mi no ha sido más que un producto de la mercadotecnia vaticana. Bueno, eso me lo inculcó mi hermano. Coger o no coger es casi lo mismo que cagar o no cagar. Es una necesidad tan fisiológica como mear o excretar cualquier otra sustancia del cuerpo. Además, todos, sin excepción, todos los que se consagran a un sacramento, no sólo el matrimonio, han probado las delicias de un sexo asistido, ya sea con su propia mano, con objetos, con los dedos o con lo que sirva para esa terapia de relajación. No creo que una mujer se quiera casar sin haber experimentado antes una masturbación y haber tenido una fantasía con un hombre, y generalmente no con el que se están casando. Un hombre que no se la ha jalado, no tendría razón para casarse, creo yo. La motivación no estaría fundada sólo en besar un par de labios, tomar una mano linda o esperar a los hijos “que Dios les de”. El primer sexo de todos los sacramentos es el auto realizado, y añado el mismo sacramento de la orden sacerdotal, porque los curas no lo serían jamás si no acuden a esa válvula de escape que representa una paja. Todos somos culpables de tener sexo, al menos así nos programaron las corrientes moralistas encabezadas por la iglesia, pero el sexo no es culpabilidad, cuando no lastimas ni ofendes a nadie, y yo añadiría, cuando no contagias a nadie. El sexo es como ir a cualquier mingitorio del baño de algún restaurante, sacarse el chorizo y ejecutar una necesidad fisiológica. Es bello hacerlo con amor, pero es placentero hacerlo por prohibición. Hasta perturba cuando n lo haces, y lo dibujas en la mente. Así funciona la mente, se exita con lo prohibido, y lo

mundano pasa a formar parte del aburrido paisaje. Aunque nunca tuve sexo con una mujer antes de mi boda, fueron sólo mis dos hermanos los encargados de que mi piel se rosara con otra piel. Antes pensaba que el matrimonio me estabilizaría los pensamientos y que la bisexualidad quedaría en el pasado, pero no es así. Se controla uno, pero no se olvida, y mucho menos cuando la mitad del mundo lo conforman hombres con un chile colgando.

Transcurrió mi vida entre risas y sollozos. Desfilaron cientos de chicas por mis ojos, y otros cientos de chicos sólo por mis pensamientos. Mis ojos no se atrevían a contemplarlos detalladamente, sin el temor de ser pillado. Controlaba mis impulsos, y eso era notable, pero lo malo era que se trataba de “control mental”, no de una acción natural. Mi mente debía de operar un engranaje interno que me tenía inmerso en la constante balanza, haciendo que la vida me fuera más difícil, sin embargo nunca sucumbí. Vino un lindo noviazgo, y tras cinco años de largas, llegó la boda. Una ceremonia que daba cerrojazo a mi vida de libertades. El amor de mi esposa me ayudó a sobrellevar mis instintos. La Infidelidad no se daba aunque el riesgo era latente. Pensaba que si podía tener control para no volver a ninguna otra mujer, también lo lograría al evitar a otro hombre, si después de todo la renuncia a lo demás era en ambos géneros. El que se casa renuncia como parte de una muestra de amor, al menos así me lo inculcaron mis padres y lo veía con buenos resultados en los padres de mis amigos y vecinos.

Al matrimonio llegaron dos estrellas, mis hijas a quienes adoro y que complementan mi sentido de responsabilidad. He sido un hombre trabajador y dedicado, sin embargo, la espina siempre estuvo presente. La rutina es enemiga del matrimonio y es un aspecto del que nadie me explicó previamente. El trabajo me daba los suficientes matices para mantener la motivación en él, por su parte las niñas hacían lo propio, pero el matrimonio comenzó a tener microfisuras, nada de lo que no vivan los matrimonios de hoy en día, que como decía Facundo Cabral, “No están deprimidos, sino distraídos”. El problema me surge ahora en mi adultez, en un momento de flaqueza, y fue cuando ya una vida me ha transcurrido. Curioseando por la red encontré un sitio en internet para encuentros personales, gay. Después de todo, este tipo de herramientas no existía en mi juventud. Me di de alta en este llamado Grindr, en donde no aceptan a menores de edad ni mujeres. Un lugar que te permite abrir una cuenta en donde debes colocar cualquier fotografía que nos describa, el llenado de un perfil y la ubicación georeferenciada se da sola, por el uso de las Tablets. Era interesante descubrir que la ciudad está plagada de gente que podríamos denominar como “de ambiente alterno”. Las fotos truqueadas, acercamientos a sonrisas, y ningunerías aparecían en cada uno de los perfiles. Yo coloqué una fotografía de una luna llena. Jamás exhibiría mi rostro, pero sí le colgué la leyenda, Casado. Por lo visto esa frase era de mayor valor para los solteros. Tener el privilegio de hacerse acompañar por un hombre con mujer les era más atractivo, quizá sea un premio de sus encantos sobre las féminas. No lo sé, pero los mensajes en el chat comenzaron a desfilar de inmediato. Saludos simples, como “Hola”, me topaba en mi primer encuentro. Otros más buscaban algún tipo de acercamiento un tanto más físico y no virtual a través de una conversación escrita. “En dónde te ubicas”. Unos más iban directo al grano “¡Cógeme!”.

En el sitio me encontré a un chico encantador que me comenta que tiene 18 años, cosa que dudaba, a decir de la fotografía puesta en su carátula. Entendiendo que a pesar de que las restricciones de la edad en este sitio virtual están claramente especificadas, la verdad es que no existe un filtro auténtico que pueda exigir que lo que se diga sea lo real, ni en edad, ni estado civil, ni en características físicas, mucho menos en certificar que el dueño del rostro de la foto sea el mismo que esté escribiendo del otro lado. Todo era un carnaval de

antifaces que en donde exhiben sólo textos auténticos en estos sitios que son un catálogo de encuentros.

Tras los “holas” de rigor, el chico que me dijo que se llamaba Kevin me dijo que vivía en España y que estaba de vacaciones navideñas con su padre, en Monterrey. Aseguró que quería tener un encuentro real conmigo. La idea me alborotó mis pensamientos, y aunque a la postre nunca tuve un encuentro ni con él ni con nadie, pues no los buscaba en realidad, la sola idea de fantasear a través de cartas y mensajes me motivaba, para liberar cada una de las locuras que mi mente marchita tenía atesoradas desde hacía décadas. Me dijo que su tablet estaba descompuesta y que poco entraría a esta aplicación que ahora los tecnólogos le llaman APP, por lo que se aventuró a darme una cuenta de correo electrónico personal para entablar una comunicación más directa conmigo. Me encantó la idea de conversar con un chico exactamente de la misma edad que la mía cuando interrumpí mis actividades homosexuales. Aunque a la vista desde el exterior pareciera grotesco pretender conversar con mis 39 años a cuestas con un chico sensiblemente menor, en la mente juguetona que me asaltaba, tejía la idea de estábamos en la misma edad, yo mi época detenida y estancada de la plenitud, con un retraso de varios años. Desde ese día comencé con el juego del envío de correos directos, ya que nunca más volví a verlo activo en el Grindr. Quizá su cuenta haya sido temporal y no algo más definitivo, pensé. El juego de mensajes me entusiasmaba, debo de aceptarlo, porque sabía de que mientas no me contactara con nadie de manera física, no habría riesgos para nadie, pero cometí un error, el de confiarle mi verdadero nombre: Gonzalo García. Los días invernales transcurrían y los correos fluían, y aunque mandaba uno diario, sus respuestas iban siendo más bien telegráficas y retardadas, ya que argumentaba que su computadora estaba averiada también. Le prometí escribir de diario, era mi juego cotidiano y secreto, y aunque entendía que el personaje pudiera no ser real a como me lo imaginé, y fuera quizás una persona que estuviera también morboseando conmigo tratando de oxigenar sus pensamientos. Le inventaba cuanta fantasía corría por mi mente desde hacía años y aprovechaba la oportunidad para presumirlas a alguien, aunque fuera con un desconocido. Durante las mañanas, mientras conducía mi coche, o me duchaba, o mientras caminaba por el parque, inventaba las historias que le hilvanaría a mi confidente con el más fino detalle. Le inventaba romances con chicos de su edad, para darle confianza, y que había tenido una larga experiencia en las lides del amor. Uno llamado Javier, otro llamado Blas, otro Diego, le hacía creer que yo era un hombre simpático y bien correspondido. A cada correo le ponía un título, como los títulos que acostumbro en los capítulos de mis novelas, y en ellos trataba describir lo que en el contenido me esmeraba por detallar.

Los textos los escribía con pulcritud, con una mayor dedicación que como escribo mis libros. Realizaba las correcciones de texto, y la lectura en voz alta para que el correo se fuera sin pecas. Me salían unas verdaderas piezas para integrar capítulos de libros eróticos que ahora están tan de moda en el jet set literario. ()

(Textos de correos) Saludo Hola ¿cómo estás? Esta mañana entré al Grindir esperando verte conectado, y no 😦 Supuse que quizás tengas la aplicación solamente en la tablet y por eso sea limitada tu conexión, por eso preferí escribirte un correo breve. Ahorita va llegar Javier para irnos a comer. De hecho este momento lo estoy esperando a unas cuantas cuadras de su escuela en donde él está ahorita recogiendo las calificaciones del fin del semestre. Como ya estoy en la camioneta esperando sin hacer nada, me metí a Grindr para ver si te encontraba, sin embargo lo que me encontré fueron puras propuestas indecorosas. Jijiji Creo que le voy a

platicar a Javier que conocí a un chico que tiene la misma edad que él y muchas interrogantes y dudas con respecto la sexualidad. He aprendido a platicarle todo, y él también, y eso me gusta tener un amigo con el cual platicarle las mismas cosas que estoy pensando sin ningún tipo de restricciones. Es raro pero padre. Jeje Bueno, te dejo y que disfrutes de este jueves lluvioso y hermoso, justo como me gustan los días. Con algo de neblina y bastante fresco. A veces me pregunto si me gustan así los días, sea porque quizás yo nací en diciembre, una mañana invernal y brumosa cómo ésta. Jejeje. Supongo que tú también Sagitario, jejeje Saludos y escríbeme por favor aunque no me veas conectado en el Grindr. Cuídate! 🙂

Este es mi correo. Hola Kevin, buen día, ojalá que pronto te conectes en el Grindr o en el correo, por lo pronto, como quiera te escribo, al cabo que tengo tiempo. Ayer vi a Javier, lo esperaba en mi coche a que saliera de la Universidad, la buena noticia que me dio es que pasó todas sus materias y me dio mucho gusto, me alegró el día. Le dije que como oficialmente ya pasó, ahora podrá tener unas lindas vacaciones y gozar de una feliz navidad. Me dice que no le gustan las navidades, ni santa clós ni nada de eso, es medio Grinch como yo, que lo que no me gusta es el mercantilismo de las fechas navideñas. Llegó vestido con una linda sudadera negra en donde se le dibujaba un esqueleto de impresionantes huesos blancos y relucientes. Le gustan mucho las cosas de calaveras y de Halloween y ayer se veía muy guapo con su atuendo de esqueleto. Me decía que le llamaba la atención a todo mundo por donde pasaba. Nos fuimos a comer, pero por seguridad y discreción non nos bajamos a una mesa de un restaurante, me esperó en el coche en el estacionamiento de unos tacos y bajé por el pedido. Platicamos de sus próximas vacaciones con su familia, del novio de su hermana que se coló para irse con ellos a Puebla, y de su odio por que le celebren sus cumpleaños. Comimos y al final se recostó un momento en mi regazo mientras le acariciaba el cabello y lo iba a dejar a su casa. Me encanta que haga eso porque siento que lo arropo, que lo protejo. Nos fuimos por una avenida lluviosa y brumosa, como me gustan, y me pidió que lo dejara en el centro comercial, que quería comprarse ahí un lindo sueter que había visto hace días. No me gusta cuando se tiene que bajar del vehículo, las despedidas no me laten, pero él tenía que regresar a su casa y lo haría a pie y yo a la oficina. Le di un beso breve en la mejilla y se bajó así muy tímido. No sé si lo vea antes de Navidad porque como ya no va a la escuela y pues, ya no tiene muchos pretextos de salir. Será difícil, pero intentaremos vernos un día de la próxima semana. La ventaja es que vivimos cerca y yo estaré disponible, si se llega a escapar a pasear en bicicleta me podrá avisar y vernos en alguna banca de un parque. No le platicaré de tí porque realmente no tenía mucho que platicarle, quisiera haber tenido más elementos tuyos jejeje, Nosotros como quiera platicamos de mil cosas pues no se nos acaban los temas. Es lindo tener un amigo así, al que le puedas confiar todo. Bueno Kevin, te mando un saludo esperando conversar pronto on line, por teléfono o en persona. Nos veremos pronto. Te mando un cordial abrazo.

Re: Hola. Buen día como estas. Qué bien, que viste a Javier. Disculpa por no poderme conectar en el Grindr. Sucede que tengo problemas con la tablet, y no había entrado a mi cuenta de correos. Te quiero decir que estaba un poco triste por que apenas vamos llegando y mis padres discutieron. No se llevan bien, ni siquiera unos días de Navidad. Salí a caminar. Ayer solo quería alejarme de esos problemas. Pero, en fin. No creo poder verte, pero espero que la próxima semana sí se me abra una oportunidad. Me dio gusto saber de tí. Estamos en contacto, que tengas un buen día.

Tristeza

😦 Me da tristeza leer que tus padres son incompatibles entre ellos y con esto te arrastren a ti entre sus broncas. Gracias por la confianza de compartirlas conmigo. No te desanimes, tu papá no dejará de serlo jamás, igual con tu mami, y si la bronca existe entre ellos dos, no debes dejarte influir, ni en pensar en quien tiene la razón, porque cada quien tiene sus broncas muy arraigadas y realmente no conoces sus presiones internas ni motivaciones, igual y los dos tienen algo de razón en parte. Ojalá que eso no te arruine tus vacaciones aunque veo que eso es difícil. Me dio mucho gusto que me escribas, me has iluminado el día, jeje ya estaba algo preocupado por que no hayas entrado al Grindr, hasta pensé que te habían cachado 😦 hasta te daba consejos jeje. Ojalá pronto nos conozcamos, si no este fin de semana, entre semana, tú me escribes y yo me aplico, recuerda que para que estés más tranquilo y evitar temor, que sea en un sitio público. Te mando un saludo y si quieres que te llame antes sólo dilo, ¿si? Te mando un abrazo fraterno y no desfallezcas con las broncas de tus papás. Hubiera deseado estar contigo en ese sitio a donde fuiste a caminar para conversar un rato. Jeje Escribe pronto. Kevin

Hola Kevin, no me lo vas a creer pero he estado pensando mucho en ti últimamente, y eso me parece extraño, pero bueno, jeje. Ha de ser que me gusta pensar en gente linda. Hoy es domingo al mediodía y sabía que el fin de semana estarías complicado por visitas que realizarías a los familiares, cosas de paseos y cosas de esas, que te impedirían hasta checar correos, por eso supongo que no me has respondido, y sin embargo, tengo deseos de escribirte de nuevo y por eso lo hago, ojalá no te moleste. =) Lo que sucede es que soy boletinista y escritor en mis ratos libres. Supongo que durante la semana que comienza mañana estarías más libre, así me lo comentaste, y eso me dará gusto porque yo tengo verdaderos deseos de conocerte más. Me recuerdas tanto a mí mismo cuando tenía tu edad y me asaltaba un enjambre de preguntas y dudas que entraban a mi cabeza acerca de mi sexualidad. Mañana lunes y el resto de la semana estaré disponible y ten la seguridad de que estaré revisando mi correo a cada hora por si me escribes y pudieras armar un plan para conversar, ya sea en el chat, en el correo mismo, o si se pudiera por teléfono o en persona. Estuve mirando tu rostro en la fotografía que me enviaste por el Grindr, y noto una mirada perdida, pensativa algo melancólica. Fíjate bien y verás que tienes unos ojos tiernos, además de hermosos claro, pero la manera en que miran hacia lo lejos hace que tengas un rostro evocativo, una cara divina que está contemplando al horizonte. Como que estás recolectando recuerdos en tu mente para disfrutarlos en tu soledad. Es un rostro que me expresó mucho de tu personalidad y tus pensamientos. Un chico que ha sufrido por los conflictos de tus padres, que es dueño de un carácter hermético que te ha hecho ser recio, al ser un nómada del mundo, en donde Italia, España y México pueden ser tus naciones maternas o cualquier otra parte del globo. Un chico que ha corrido riesgos por la búsqueda inocente y curiosa de respuestas en las cuales no tiene la culpa sentir. Un jovencito que no se atreve a preguntar abiertamente a sus amigos o familiares sobre sus dudas, debido el veto moral que nos acosa y nos taladra el alma a los que tenemos gusto sexual por las personas del mismo género. Me encantó ver tu rostro y compensar con ello la falta de conversación, entendiendo que esta pudiera llegar después y en abundancia. Pensé en el breve periodo de tu estancia a México en estas fechas navideñas, y admito que desde antes de conocerte bien, me dio cierta tristeza anticipada al pensar en tu partida a España para continuar con tu último periodo escolar. Hago votos porque no dejemos de ser amigos a pesar de ello, ya que la distancia física se puede mitigar con el uso de estos

maravillosos recursos tecnológicos de la internet. Una buena amistad a pesar de la distancia, de la diferencia de edades, y de muchas cosas que no son limitaciones entre dos personas que se entienden bien. Parece que estoy un poco loco, porque se supone que físicamente no pudiera extrañar a alguien que no conozco aún, y menos a alguien que todavía no se ha marchado, jeje, pero mi mente es caprichosa y no tiene las limitaciones de un tiempo plano y lineal, se salta de épocas y regresa a su lugar imaginando cien mil escenarios, y contigo me está pasando eso, Kevin. Sé que tú me entiendes, aunque tampoco me conoces y quizás, por ello mismo, creo que me comprendes en algo, porque me identifico en ti, y quiero pensar que tú también en cierta manera te identificas conmigo, aunque sea poquito. Bueno, como hoy es domingo de descanso, desperté más tarde de lo habitual, apenas voy a la ducha y luego al Centro Comercial a comprar unos regalos para mi familia. Te mando un saludo, aunque este ya se va a empalmar con el saludo anterior, no me importa, jejeje. Que pases unas hermosas fechas prenavideñas en compañía de tu familia, y que tus papis mejoren sus relaciones interpersonales, al menos en estas fechas que deben ser más para reflexionar y abrazarse, que en estar viendo y agrandando sus diferencias. Si puedes hablar con ellos, de manera aislada diles lo siguiente; “Papá, no discutas con mamá, denme al menos ese regalo de Navidad.” Te quiero Kevin. (No sé por qué te dije que te quiero. Bueno realmente sí lo sé… Porque eso mismo comienzo a sentir por ti.)

Hola buen día. Ya sabía que te dedicabas a algo relacionado con la de escritura por la forma en la que te expresas. Es muy bonita, me encanta. De hecho, me hipnotizas je. Ando muy triste, pues ha fallecido mi abuela materna, por lo que regresaré a Europa 😦 Le pregunto a mi mamá si regresaremos pero no lo sabe aún. Me llena de tristeza, ya que había hecho ya arreglos para poder conocerte, poder salirme. Me hiciste sentir mucha confianza y esperaba que calmaras todas mis dudas y me ayudaras en todo esto que siento. 😦 Va parecer tonto por que aún sin conocerte me gustabas. Espero regresar pronto. No sabes cómo me gustaría tener alguien con quien expresarme libremente o hacerle saber cómo me siento, por lo de mi abuelita y por todo lo que pasó y me siento demasiado triste. A veces quisiera solo correr y no regresar. Te envío muchos saludos y espero poder seguir hablando contigo.

Pésame Qué terrible noticia me has dado Kevin, te doy mis condolencias y un abrazo fuerte, fuerte. Tengo deseos enormes de abrazarte en persona para acompañarte en este momento de profunda tristeza. Dale por favor un abrazo fuerte a tu mami y dile que la quieres mucho y que tu abuelita está indudablemente en un lugar mejor. 😦 Desafortunadamente es una triste ley física en que estamos inmersos todos los seres vivos, las plantitas crecen y aunque se rieguen diariamente, estas terminan por marchitarse, así nosotros los humanos también. Es una ley impostergable, pero es muchísimo más triste que esto de tu abuelita, haya sido en estas épocas de Navidad. Tu abuelita seguirá viviendo en el corazón de cada uno de ustedes, en los recuerdos que abriguen en sus sentimientos. Ella seguramente quiso mucho a sus hijos y sobre todo a sus nietos, así que hay que elevar una plegaria para que el eterno descanso de ella no encuentre sombras y se ubique en las alturas en un lugar hermoso. Las abuelitas son asombrosas y representan a una fábrica de dar amor, muy a su forma y estilo, pero indudablemente que es amor. Ella seguramente fue inspiradora y estoy seguro que la vas a extrañar. Abraza mucho a tu mamá. 😦 Que tristeza me da esta noticia y me angustia mucho que estés triste. Llora, Kevin, para que saques todo tu desahogo del corazón, que aunque se nos dijo siempre que los chicos no lloran, creo que esa es una estúpida creencia. Cuando se llora se limpia el alma y es lo que a veces

necesitamos, y las almas no conocen de géneros, así como los sentimientos. Es triste pensar en la posibilidad de que no nos veamos, yo también ya me había hecho ilusiones de conocerte, pero hay cosas más relevantes que nos definen el rumbo, y esas hay que acatarlas. Tengo toda la intensión de ser tu amigo para siempre, no sólo un cuate que conociste (que ni eso) en tu período de vacaciones invernales, sino para siempre Kevin. ¿Comprendes esa frase? Te prometo que te escribiré cada día, aunque a veces no tenga nada que escribir. Es un juramento que me gustaría que recibieras como tributo a nuestra amistad. Lo juro. Y será cotidiana mi escritura aunque no tenga respuesta tuya, no me importará. Te pareces mucho a mí, que en ocasiones cuando me siento solo y ahogado, prefiero salir a caminar para que la madre naturaleza me arrope, para que los árboles que me escoltan me abracen con su sombra y compañía, para llenar mis pulmones con aire y se limpie mi conciencia. Para que la música de los pájaros me acaricie el rostro. Creo que tendremos muchas cosas que conversar Kevin, y espero, que terminando tu preparatoria vengas a Monterrey de nuevo para proseguir con nuestra amistad. Me siento muy triste por lo de tu abuelita, tanto que cruzaré en un momento la calle de mi oficina para entrar a la iglesia de enfrente y rezar por ella y su eterno descanso. Nunca pienses que lo que me digas parezca tonto, me parece bello lo que me dices. Tú también me gustas mucho y quiero protegerte, proteger tus pensamientos, y tus sentimientos, que nada ni nadie te haga daño, aunque estas tristezas tan tremendas como la muerte de tu abuela son cosas que no podría evitar nadie. De ahora en adelante tendré un nuevo empleo, este será tratar de hacerte feliz, de hacerte sentir confortado, y que cualquier cuestionamiento o duda que tengas sea resuelta de la mejor manera. Si por alguna razón no vas al funeral de tu abuelita, házmelo saber que ahora con esto, me urge más que nunca, verte para abrazarte y arroparte con mi cariño Kevin. No pienses en correr y no regresar porque entonces, ¿Dónde te alcanzo?, jejeje. Piensa que hay alguien que te quiere, que te escucha y que te comprende, que yo también me siento motivado al sentir que cuento contigo para que escuches también mi pesar y mis buenas cosas. Esta es una promesa que no quebrantaré jamás. Te quiero Kevin.

Visité el templo por tu güelis Snif, snif. Acabo de llegar de la iglesia Kevin. Es católica y estaba vacía a esta hora de la mañana. Realmente no sé si tu abuelita era católica, cristiana o atea, pero como quiera recé por ella, por tu mami y por tí. Me entistece lo que estás viviendo y lo que está viviendo tu mami. El sitio es imponente y me obligó a la reflexión. Se siente uno chiquito en un lugar de este tipo, pero tuve una leve sensación de que caminabas conmigo en su interior. Imaginé que mientras avanzabas por los pasillos, tus ojos veían lo mismo que los míos y que te maravillabas con la majestuosidad de este templo vacío igual que lo hacía yo. Como en el fondo no era posible esto, lo que se me ocurrió fue retratar este momento y enviártelo, para que me acompañes de alguna manera. Hay un nacimiento navideño con un pesebre en uno de los altares laterales y sobre él la imagen de la Vírgen en una estatua cargando a un niño. No sé por qué imaginé que era la imagen de tu abuelita de joven y cargándote a tí de pequeño, como seguramente lo hizo muchas veces cuando eras un bebé recién nacido. Lamento mucho que tu Güelis (como le decimos nosotros de cariño a las abuelitas) nos haya dejado y sin haber tenido oportunidad de despedirse de ella, pero así es la vida. Uno nunca sabe ni decide cuándo morirse. En mis plegarias sentí paz y al mismo tiempo angustia. Paz porque sé que ella está en un sitio místico, eso te lo aseguro, y angustia porque ustedes, los familiares que se quedan en esta tierra, no encuentran fácilmente en

dónde meter tanto dolor por su ausencia. Sé que la extrañarás porque tienes un corazón grande.

Otro abrazo, no estás solo Kevin, te envío una foto mía que me tomé ayer por la tarde. Me estoy dejando crecer la barba. Me gusta hacerlo en invierno, aunque a mi esposa no le agrade, porque dice que al salirme canosa y me hace ver viejo. El tema de mi edad no me importa mucho, así como tampoco la edad de los demás. 🙂 Yo creo que con barba luzco más escritor. Sé que quizá no sea el momento de conversar de ello, Kevin, pero te envío la foto sólo para que visualices el rostro de la persona con quien estás conversando. Te mando otro abrazo.

Feliz Navidad Buenos días Kevin, hoy es finalmente 24 de diciembre. Un día en que se supone que debería ser de dicha y de felicidad, y ya ves que no es así. Quizá pensemos siempre esto, más bien por ser un producto de la mercadotecnia que una realidad. Las navidades no necesariamente son felices, y esa es una verdad avasalladora. Estos días han sido muy densos para tí y tu familia. Propiamente por el deceso de tu abuelita, y por lo decepcionante y fatigador que representó un mal logrado viaje a Monterrey, en el que tu salida de aquí fue tan violenta e intempestiva como lo había sido tu llegada. No hay duda que representó toda una odisea planear con meses de anticipación un viaje para pasarla con tus dos padres en Monterrey en esta Navidad, para que a la postre lo que primero que suceda fuera que discutieran sin control y demuestren una vez más que son incompatibles entre sí, y luego esto de tu abuelita que fue terrible. Es algo desolador y créeme, imagino muy bien cómo te sientes. Has de sentirte el ser más solitario e incomprendido de este planeta. No desfallezcas, aunque tengas ganas de apartarte del mundo, recuerda que Dios aprieta, pero no ahorca, y no olvides que aquí estoy yo, aunque lejos, pero aquí, muy estrechamente a tí y a tus pensamientos. Estaré pendiente de ti a cada día, en cada momento. Piensa que no estás solo y que existe en este mundo, alguien a quien le interesas y que está constantemente pensando en ti. ¿Vale Chaval? …cómo dicen en España. Esta Navidad brinda gran apoyo a tu mamacita y piensa que Dios te puso en estas circunstancias no para hacerte sufrir a ti, sino para que seas tú el ángel apoyador que brindará soporte a tu mami en este trance tan amargo. Usté aguante que es fuerte, jeje. Y como yo les digo a quienes tienen que entrar al quite en momentos difíciles: “Métale pecho a las balas”. Ayer entré al Facebook esperando que hayas recuperado tu cuenta pero sigue apareciendo sólo el mismo tipo de la otra vez con tu mismo nombre, y olvidaba que si no has entrado a revisar correos, quiere decir que no has reactivado tu cuenta, pero sólo entré por atender una remota esperanza de que ya estuvieras. Ojalá un día podamos abrirnos a la amistad del Facebook para conocernos más, para que conozcas más de mí, de mi familia, y yo más de ti. Te llevaré a pasear por estos lugares con fotografías y videos, ya verás. Acabo de comprar una cámara pequeñita que me permitirá llevarte de la mano a diferentes sitios. Soy comunicador así que estas cosas de los videos, fotos y escritura se me da de manera natural, por lo que no te tienes que sentir mal si no lo haces en compensación, y menos a mi velocidad, jejeje. No te sientas así, soy un conversador incorregible y en eso nadie me gana, así que estate tranquilo. De hecho ya has de tener varios correos míos en tu bandeja de entrada almacenándose y no creas que eso me afecta, jeje, así que no te angusties que lo último que quisiera ver en tu rostro es una expresión de preocupación. Ahora, para que no te sientas solo, esta noche en la cena de navidad grabaré en mi camarita unos cachitos de convivencia que me gustaría que vieras y conocieras un poco de mí, y de mi familia. No sabes cómo quisiera salir de tu teclado o del monitor de tu ordenador para darte un

fuerte abrazo y hacerte compañía en estos días en que la mercadotecnia navideña nos dice que son de dicha y felicidad. Tú me das dicha y felicidad con sólo imaginar que estás leyendo estas líneas Kevin, estas frases que escribo para tí con mucho cariño. Que pases una hermosa Navidad hoy 24 de diciembre y dale veinte mil abrazos a tu mami. Te quiero. Snif snif. Post data. Se me ocurre que tu regalo de Navidad sea un envío de uno de mis libros autografiado, pero primero por favor llega a casa a España para que me pases el domicilio y con gusto te lo envío por servicios de mensajería. Atentamente, tu admirador.

¡Muchas gracias! Por todos tus textos. Tus palabras y tu apoyo me hicieron sentir muy bien. Me agradó leer todas tus palabras. Perdón por apenas contestar pero han pasado muchas cosas que tengo mi mente. En otro lado, ando en Turín con esto de mi abuela y he pensado en ti. No sé por qué te metiste mucho a mi mente. Pues la cena fue un poco rara, triste. Espero volver a Monterrey pronto, me gusta más el trato de la gente de México, es más cálido. Me gustaría estudiar allá. Ojala se pueda. Creo que saldré a visitar unos familiares. Espero te la pases muy lindo el día de hoy. Abrazos. Te mando foto para que no me olvides je.

Hoy es 25 de diciembre Wow Kevin, gracias por tu fotografía. No cabe duda que eres hermoso, y no sólo por adentro, que ya te había dicho que eres un chico con una alma limpia y pura, transparente y sensible, sino que también por afuera también. Eres un verdadero galán. Un tipazo con ojos intensos, claros pero expresivos. Mirada tierna y acogedora. Ya te había visto en un par de fotografías, la del perfil del Grindr, con la lengua de fuera jejeje y una que me enviaste por ese mismo medio y que conservo con cariño. En esta tercera fotografía refrendas tu simpatía. Una tía mía, que en paz descanse, siempre se refería a la gente linda con esa palabra: “Es muy simpático el chico”, manejaba esa palabra como sinónimo de belleza, pero yo te digo, “hermoso”. Eres hermoso y me agrada que no sólo seas una careta linda exterior, sino un chico de enorme corazón y encantador también por adentro. Me dio mucho gusto haber recibido tu correo esta mañana, que lo abrí como niño que abre un regalo navideño, pero no quiero que te preocupes si no me escribes todos los días, que lo único que quisiera es que no te estresaras por esa angustia, ni mucho menos. Tú, cuando puedas, aunque yo lo haga cotidianamente o procure hacerlo. De hecho, hoy me retardé mucho en escribirte porque como estamos a día 25 y es de descanso, mi esposa no se me despegó. Comencé a escribirte, pero no terminé porque llegó de nuevo a la cama llevándome una taza de café, así que la redacción la dejé pendiente. Yo por suerte no escribo con el correo abierto, en la cuenta Hotmail, sino que abro un documento en Word para escribirte ahí y ya una vez que lo termino, que puede ser en una o dos sesiones, lo copio y sólo lo pego a un mail de salida. Eso me permite escribir un poco más desestresadamente, jejeje. No empezar ni acabar en segundos, con el afán de enviarlo ya, jejeje. Quiero que mis conversaciones contigo sean secretas, encriptadas y ocultas, porque sólo así podré sentir que converso contigo con profundidad. Creo que nos entendemos. Además mis equipos, ya sea, mi ordenador y mi tablet los tengo asegurados con contraseñas que me garantizan cierta privacidad. Me da tristeza que hayas pasado una noche de cena navideña rara, cargada de nostalgia por el tan reciente deceso de tu abuelita. Ha de haber estado la atmósfera inflamada de sus recuerdos y de su voz. Mucha de su presencia se ha de respirar en el ambiente. Leí esa parte de tu correo y me apachurraste el corazón. 😦 Ánimo Kevin que la vida debe seguir y debemos sobreponernos a los reveses que nos da el destino. Nuestra capacidad de afrontarlo es lo que nos hará

más firmes y versátiles. Qué bueno que has leído mis cartas, que si te das cuenta, son a veces kilométricas. Espero que no te aburran.

Día de los inocentes Hola Kevin, hoy es domingo 28 de Diciembre, el día de los Inocentes. La liturgia católica indica que un día como hoy, hace dos mil años, Herodes mandó matar a todos los pequeños recién nacidos en su afán de asesinar al niñito Jesús. En el suceso murieron muchos inocentes, por eso se llama así, pero en México, la palabra Inocente se le da un sentido diferente, una especie de “estúpido” al que puedas engañar con una serie de bromas. Eliges a tu víctima, le haces una broma de mal gusto, y cuando lo sorprendes, le dices, “Inocente palomita, te dejaste engañar”. Esta me parece una tradición fea, pero en ese ambiente es el que se vive aquí en México. Ya ves como somos los latinos de modificarle el sentido a las cosas. Esta haciendo frío y brumoso, anoche llovió toda la noche en Monterrey. Cuéntame de tí,dime cuándo irás a España, cuándo entrarás a la escuela. Cómo ha estado tu mami y tus familiares de Turín. A mí me gusta platicarte de mí, porque creo que así siento que estás conmigo visualizando cada cosa que me sucede, y así no me siento solo. Hoy domingo estoy solo, mi esposa e hijas llegarán más tarde, y veré alguna película, y comenzaré a leer un libro que compré esta semana. “Bajo la Misma Estrella”, quizá ya lo hayas leído o visto el film. Supe que esta fue también película, pero no la he visto. En invierno se antoja una lectura melancólica, algo tristecillo y como en la sinópsis del libro me generó muchas expectativas, por eso lo compré. Caray, me estoy dando cuenta que te estoy escribiendo otro correo de esos kilométricos, y no sé por qué me pasa que me siento a escribirte y me transcurren los minutos sin darme cuenta. Cuando me escribiste dibujaste una enorme sonrisa en mi boca. Tus líneas me parecieron muy lindas y aunque eran poquitas, porque sé que no puedes dedicarle mucho tiempo a ello, las disfruté demasiado, a tal grado que a veces las vuelvo a leer para sentirte cerca. Ojalá que tú me sientas cerca cuando leas estas líneas, que yo pienso mucho en ti a cada rato. Me pregunto, qué estarás haciendo este día, a esta hora. Cuando me dan las tres o cuatro de la tarde aquí, pienso que quizás a esas horas te estás yendo a la cama a dormir y cuando me voy a la cama yo cerca de medianoche, es quizá la hora en que te estás despertando. Todos esos pensamientos me asaltan a cada rato. Es la primera vez que tengo un amigo tan lejos, tan espiritual, tan incorpóreo, tan místico. Una especie de ángel, una especie de ente entre inexistente, pero por lo mismo, tan presente en mis pensamientos y en mi corazón. Pienso si ya habrás comido, o estarás viendo TV, si le diste a tu mami la ración de besos y abrazos que te recomendé y que necesita. Por esas pequeñeces, o mejor dicho, esas majestuosidades es que te quiero, como una cosa divina, con la devoción de una religión, por eso es que a veces tengo grandes deseos de abrazarte y protegerte, Kevin. Quizás no me entiendas, pero no te preocupes por ello, con que yo me entienda será suficiente. 🙂 Te quiero, y esta no es una broma del día de los “inocentes”, jejeje.

Hola gracias por tus correos. Siempre me da gusta leerlos. Perdón de nuevo si me tardó en escribirte, es que mi lap y mi ipad se descompusieron. Entonces lo hago de la laptop de mi madre y casi siempre la está usando por su trabajo. Hace unas noches la escuché hablando por el móvil de que la iban a mandar quizás de trabajo el otro año a algún lugar de Sudamérica. Solo el pensarlo me entristeció, estoy harto de mudarme, el no poder tener amigos verdaderos. Espero que no pase esto. Anoche salí a la plaza y una persona se me acercó, me sentí un poco incómodo porque me estaba sacando plática y quería invitarme a una fiesta, pero no me dio confianza, así que solo le dije que no podía y me fui. Pienso meterme a clase de natación je. Nunca aprendí a nadar, siempre me dio mucho miedo pero

creo que ya lo superé, a ver qué sucede. Ayer nos visitó un primo y me di cuenta que es gay. Tiene como 25 años pero me prestó su celular par ver videos y vi unos mensajes que le llegaban. No es que quisiera verlos de adrede, pero aparecía el messenger en la pantalla, me dan ganas de decirle de mí pero no me he atrevido. Ahorita ando acostado viendo la TV. Espero estés muy bien, te mando muchos abrazos y gracias por la confianza, besos :*

No estarás solo jamás Hola Kevin, no sabes qué gusto me dio leer tu carta tras varios días. Jeje. Te voy a confesar lo que mis labios dijeron cuando leía cada párrafo. “Mi amor”, “pollito”, “mi pequeño”, jeje. Se me salió de la boca sin control este tipo de frases, jeje y es que fue tanto lo que me emocionó leerte, que decía esto entre dientes, (que pena) Sobre todo de saber que no te fastidio, que te gusta que te escriba. Que preocupado me dejas con esos lobos que te acechan y que de buenas a primeras te invitan a fiestas. Recuerda que te buscan por tu edad y por tu cuerpo, no tanto por amistad, y si de entrada quieren invitarte a cosas que pudieran representar sus territorios, te pones vulnerable. Qué bueno que huiste. Me desespera no estar contigo cerca para conversar, para que puedas externarte libremente sin necesidad de que te arriesgues con desconocidos. Ups, me estoy mordiendo la lengua porque yo también soy un desconocido, aunque, no tanto, creo que ya nos estamos conociendo aunque sea por letras escritas. Aunque sean textos solamente pero tienen mayor contenido de sinceridad, respeto y cariño que cualquier otra manifestación en persona. Tu eres muy pequeño aún y no te desesperes, aunque tu cuerpo está despertando a la sexualidad, tu producción de espermas en el cuerpo exige día a día que dispares la pistola, jeje, pero no te limites, para eso se inventó la masturbación que es, y ha sido nuestra primera manera de tener sexo, sexo manual, este ayuda a liberar las tensiones y a amedrentar los malos pensamientos, y no quiero decir que sean malos los pensamientos, sino que estos nos orillan a tomar decisiones precipitadas, y algunas equivocadas que pudieran dañarnos. Ten paciencia, que recuerda esto y repítelo siempre “NO ESTÁS SOLO”, estoy contigo, y si tuvieras duda aprende esta otra frase que es más impactante “NO ESTARÁS SOLO JAMÁS”. No te dejaré y buscaré la manera de que sientas mi compañía. Comprendes. El tema de tu primo Gay es delicado. Te lo diré, la mayor cantidad de violaciones y de relaciones sexuales dolorosas se llevan a cabo por los propios familiares y en esto, tu al ser menor llevas la de perder. Confesarlo puede ser un arma de dos filos, aunque quisieras decirlo para que de alguna manera tengas alguien de confianza con quien revelar tus sentimientos, esto pudiera servir de pretexto para que sea ahora él el que te arrastre su mundo, sus deseos, sus pasiones, sus fiestas, sus amigos, y lo malo es que no será tu experiencia, sino la suya, o sea, no serán tus amigos, tus deseos, tu gobierno, sino el suyo, al ser mayor, y como tu eres más pequeño, quizá pudiera él llegar hasta el chantaje. Si a mí me preguntaras si le dices de lo que piensa tu corazón, yo diría que nop. Sencillamente porque aunque lo que buscas es una charla amena, una comprensión, en cambio quizá lo que logres es un daño porque creo que te daña menos que estés aún adentro del closet que abrirte y luego estar incómodo en su compañía. Sentirías tensión innecesaria cada vez que lo vieras, o que está él en tu casa o estén solos. Yo tuve experiencias en ese mismo tema y mi relación con ese miembro de la familia cambió. Ya no fue igual. No es lo mismo, cuando lo haces con un extraño que cuando es familiar. Luego te contaré detalles de mi vida. Sobre el tema de una posible mudanza a otro país es triste, una triste noticia, y más al ser sudamericano y no europeo, pero creo que es esto un buen pretexto para decirle a mamá: Quiero estudiar una carrera profesional en Monterrey. Tal vez sea esta la gran oportunidad de plantearlo faltando un semestre. Ojalá no sea verdad esto que escuchaste por el móvil, pero si lo es, no te decepciones. Sé que es triste no tener amigos fijos, porque si te encariñas con algunos, y luego te tengas que

mudar, eso es muy incómodo. No eres de ninguna parte y no haces amigos estables. Ni modo, es parte del trabajo de tu madre, pero pudieras usar esta coyontura para plantearlo y descubrir qué opina. Yo he enseñado a muchos pequeños a nadar en mi quinta, con mi técnica, esto en la alberca del rancho en donde tengo una soga con lo que los enseño a nadar libremente. Muchos pequeños que no saben nadar están tensos cuando entran a lo hondo, y por la misma tensión se engarrotan y no se atreven a bracear, pero cuando les rodeo con una soga el dorso y yo desde afuera de la alberca los sujeto, se sienten con mayor libertad y descubren hasta en ese momento que pueden nadar, es casi milagroso. Si no aprendes en tus cursos, yo te enseñaré con mi técnica patentada. Descansa, no te desveles, que ya es tarde para tí. Voy leyendo el libro “Bajo la Misma Estrella” y lo he devorado, llevo la mitad, es de lectura ligera. Más noche veré una película cuando venga mi familia. Te quiero, me gustó tu abrazo y tu beso. MMMM que rico sentí. Te quiero y recuerda lo que te escribí con mayúscula. APRÉNDETELO Kevin. 🙂 Post data, aunque parezca trillada esta frase, te la diré: “Te buscaré hasta el fin del mundo”, ¿sale? Te lo prometo.

Mi lectura Actual

Hola Kevin. Este libro va rápido en su lectura. Lo empecé ayer mismo y casi lo termino. Es una tierna historia de un par de chicos de 17 años que enfrentan sus propios padecimientos de cáncer y los afrontan con entereza y con la fuerza que se dan mutuamente. 🙂 Voy a querer ver la película algún día.

Hola buenas tardes. Espero estés muy bien. Nunca leí el libro, solo vi la película, lloré jeje. Me da alegría ver cómo puedo contarte todo, y todos los consejos que me das Je, Quisiera tenerte aquí jeje, Eso de la sexualidad es muy raro y si tienes razón, cada vez me siento más mm no sé como explicarlo. Como un deseo de experimentar, tendría que hacerme una paja varias veces al día para calmar los siento je, Anoche me quedé a dormir en casa de un compañero que es vecino de aquí donde vivía mi abue, y que siempre hemos conocido, jugamos video juegos, y solo me platicaba de su novia je Pero al final a la hora de dormir se desnudó para acostarse y no pude resistir verle su pene, sentí unos deseos muy fuerte de tocarle, traté de fingir indiferencia pero inmediatamente me puse colorado y tuve una excitación, y cuando me prestó un short para dormir, antes tuve que irme al baño para calmarme y que no lo notara. Me dio mucha pena, lo bueno es que creo que no lo notó. No sé si te pueda platicar todo esto, pues no tengo a nadie más para platicarlo, y en la noche hahaha, que pena pero tuve un sueño erótico contigo!! Haha tal vez por que te he tenido en la mente y las fotos que me mandaste, pues no sé, pero cuando amanecí, estaba un poco mojado en mis calzoncillos. Qué pena. Me está hablando mi madre al rato te cuento..

Emoción con la imaginación

Que emoción sentí leer este correo Kevin, tuve una erección sólo de imaginarlo. Me sentí alagado por ese sueño húmedo que tuviste y te soy franco, yo también he tenido fantasías eróticas pensando que estoy contigo y que experimentas conmigo el potencial de tu sexualidad divina. Que descubres los alcances del erotismo en una tarde cálida e íntima. He tenido sexo con mi esposa y últimamente he pensado en tí, en que estoy contigo, y eso me perturba como no tienes una idea. Hace que logre erecciones mayúsculas, sólo de imaginarte conmigo. Yo pensaba que era el único que sentía este magnetismo, pero al leer estas líneas descubro que estamos experimentando una estrecha sintonía que a ambos nos

une más y más. Claro que me encanta que me platiques de todo de tus sentimientos y de tus atracciones. Cuando te digo todo, me refiero a sin restricciones de ningún tipo. No hay nada de lo que te puedas sentir apenado. Al mencionarme tus pensamientos cuando estabas con el vecino de tu abue, me recordaste cuando yo estudiaba Karate y en los vestidores siempre me cambiaba con un chico rubio que no tenía pudor en desnudarse frente a mí, mostrándome su enorme pene adormecido y listo para tragarse. Me vestía rápido para que no se me notara la erección y aunque él no lo detectaba, mi mente me daba vueltas el resto de la semana. A ti te pasa lo mismo y es normal. Yo tampoco hice por mostrar mis deseos, hubiese sido un error cuando te expresas con un heterosexual, puede haber hasta golpes, de Karate por ejemplo. Cuéntame todo, sin censura ni limitación. Las masturbaciones son nuestras mejores aliadas, y si lo haces varias veces al día, no creas que se gasta el falo o las ganas de hacerlo, es placentero, y hacerlo pensando en alguien es divino. Esta extracción de semen lo que logra es regular nuestros ímpetus de novillero y nos ayudan a sobrellevar la vida de allá afuera. Te soy franco, me gustaría que tu primera vez en tu despertar sexual lo tuvieras conmigo, así como Javier lo tuvo. No hay cosa que desee más Kevin. Esto de viajar a España a repartir manuscritos y currículas literarias es sólo el pretexto de algo más sublime, y no hablo de sólo tener sexo. Creo que correr más a 10 mil kilómetros de América hacia Europa para tener sólo sexo no se justifica mucho, pero que tú tengas tu primera vez en una atmósfera sublime, de protección, y de serenidad, me motiva increíblemente y hace que mi corazón se vuelque palpitando como tambores africanos. Sé que sientes grandes deseos de experimentar, de sentir que una mano te acaricia, que unos labios te rosan, que una lengua te visita a los sitios más sagrados y ocultos. Sé que quisieras sentir la miel de un hombre en tu boca, y el sabor de la saliva o del sudor masculino. Que quisieras sentir que eyaculas vaciándote en el interior de una garganta que jadea de placer engullendo cada una de tus gotas mágicas. Sé que te encantaría sentir unos brazos que te arropan, y que te gustaría experimentar el dulce placer de un pene lubricado que te visite al sitio más profano, más rosado y más enigmático de tu piel. Yo muero por estar contigo en este momento, y que así como estas letras llegan directamente a tus ojos, que mis manos acaricien las micro zonas de tu piel hasta hacerlas erizar. Quisiera que te sientas bien, reconfortado, y que el estrenar de tu piel sea en una atmósfera de seguridad y confianza en donde no te preocupes por nada, y que después de venirte abundantemente por una paja que te haga yo mismo, no vengan a tu mente más que delicadas caricias de una relación hermosa que te haga reposar y relajarte para agarrar nuevos ímpetus y repetirlo de nuevo. Conversar en una charla de “sobre sexo” (Si existen las charlas de sobremesa, no creo que no deban existir las charlas de “sobre sexo”), contarnos todo, decirte sin límite, desde fantasías hasta consejos y no quedarnos con nada. Que pequemos de palabra y obra. Compartir nuestras locuras mentales y atacar de nuevo a nuestros cuerpos con espíritu renovado y caricias nuevas. Me gusta pensar que estoy contigo, y más, leer que me dices que quisieras que yo estuviera allá en tu presencia. Lloro de veras Kevin por no haberte visto en Monterrey. Ese rostro sonrojado que tuviste al sentirte perturbado por el vecino, me hubiera encantado verlo yo, pero conmigo, para luego aproximarme a tu mejilla de terciopleo y besarla hasta terminar con leves mordidas detrás de la oreja, abrazarte y no dejarte jamás. Quiero protegerte Kevin y que me tengas hasta que llenes. 🙂 Post data, me encanta que me cuentes todo, sin limitaciones ni penas de ningún tipo. No sólo te ayuda, sino que me excita como no tienes una idea. Es maravillosa esta tecnología de comunicación, es una ayuda inmensa. Ojalá no te haya ofendido con lo que te dije arriba pero lo único que quise es ser sincero contigo, mereces la mayor honestidad de mis palabras y mis pensamientos.. Te quiero Kevin, y recuerda que no estás solo.

Lunes londinense Hola Kevin, que gusto me da escribirte en el arranque de esta semana. En Monterrey amanecimos hoy lunes un poco londinenses, la bruma nos envolvió hasta los bigotes. Bueno, en esta época del año me gusta estar sin rasurarme y ya me crecieron las barbas y bigote. A mí me encanta tener tu amistad y me emociona que no te escandalices de mis canas, barbas, bigotes, hoy envueltos en la bruma de esta mañana londinense. Jejeje. Ojalá que vuelvas pronto a Madrid y que ahí prosigas una temporada y no sea Sudamérica tu próxima estancia. Que realmente tu siguiente escala sea Monterrey a mitad del año, para que aterrices aquí con una maleta cargada de sueños y esperanzas. Yo sería capaz de ir al aeropuerto aunque sea para verte de lejos, sólo por la emoción de tener un contacto visual muy leve contigo. Creo que no dormiría en la noche previa de la emoción. Podría ver qué estatura tienes, si te dejaste crecer el cabello, miraría el intenso azul de tus ojos o lo aterciopelado de tus mejillas sonrojadas. Es evidente que este es un escenario que dibujo en mi imaginación, aunque para mí sería un auténtico privilegio llegar yo unos meses antes al Aeropuerto Barajas, para repartir mis nuevos manuscritos a los editores y representantes literarios españoles, los más influyentes de las letras mundiales, pero bajar del avión con la cabeza llena de ilusiones de platicar kilómetros y kilómetros de temas contigo. No sé qué haría yo el día que te viera en persona, si te abrazara, o sólo te mirara en plan de contemplación sagrada, o lloraría con las piernas temblando de la emoción. Estoy seguro que no te llenaría de besos el rostro hermoso, porque eso es socialmente incorrecto, a menos de que sea tu padre o seamos argentinos ambos, de los que dan un beso en cada mejilla. Te juro que mientras escribo esto estoy soltando tremendos suspiros, al grado que empaño las ventanas, que bastante empañadas está por la neblina de allá afuera. Bueno, ya basta de soñar, porque estamos a lunes por la mañana y los sueños son para fumárselos con la almohada por las noches. Es lindo soñar cosas bellas Kevin, tú me ayudas a que mi mente vuele, y es de las mejores cosas que hace la imaginación. Te quiero Kevin. :*

Hola Kevin. Hoy es el día último del año, y creo, en verdad que este año ha valido la pena. 🙂 Te conocí, y es suceso suficiente para no olvidar este año que nos abandona. Bueno, no te conozco en persona, pero en realidad sí te conocí, porque tu persona la he conocido por estos medios digitales y con eso me basta. Faltan pocas horas para que suenen las 12 campanadas, y estoy seguro que cuando eso suceda, levantaré la copa y brindaré mentalmente por ti. Por tu salud, por tu espíritu limpio y por tu familia. Por tu mami que sentirá una sombra de tristeza en su corazón porque este año que se cierra, representó un suceso muy triste en su alma, la pérdida de su madre. Pensaré en mi cachorro de Turín, mitad mexicano, mitad europeo. En sus ojos maravillosos y en su manera de pensar muy clara y definida. Pensaré que iniciará un año lleno de retos y que será un cambio de vida muy aspirador para él y para todos. Pensaré que las cosas cambiantes de la vida se acelerarán durante los próximos doce meses y que en ocasiones nos tomarán desprevenidos pero con desafíos grandiosos. Sentiremos miedos, decepciones, y tristezas, pero también estará lleno de satisfacciones, alegrías y retos cumplidos que nos harán dibujar una sonrisa en nuestros rostros. Tengo muchos deseos de escuchar tu voz para saber cómo es, de ver tus hermosos ojos parpadear y sentir en mi rostro el leve viento que producen tus pestañas. Sentir el cálido candor que proyecta una sonrisa tuya o mejillas sonrojadas. Tus manos de adolescente estrechar a las mías. Quizá sean mucho más frecuentes nuestros contactos previos por estos medios electrónicos, ya cuando tu cuenta de Facebbok esté recuperada, o cuando tu tablet esté reparada y puedas enlazarte con la camarita en el Skype, o cuando mi whatsapp reciba de tu movil el primer saludo diciéndome “Hola Gonzalo. Soy Kevin, :)”. Estas manifestaciones de contacto y cariño, te lo juro Kevin,

que me vuelven loco sólo de imaginármelas y me entusiasman al saber que se concretarán en el año nuevo. Anoche fuimos a cenar a casa de unos amigos y dejé el móvil en mi recámara. Se le acababa la carga de la batería y preferí dejarlo junto a mi cama para conectarlo. Estando lejos de él descubrí que lo necesitaba, reflexioné la cantidad de veces que reviso la bandeja de correo para saber si no ha llegado una carta tuya. Extrañé mi inseparable celular, y no por saber si llegaba una llamada, un mensaje de whatsapp o un inbox del Facebook, sino para ver si en la bandeja de entrada del Hotmail decía, mensaje de Kevin. Ya me habías advertido que no era fácil que respondieras a los correos, lo que me comenzaba a ahogar anoche era que hubiese llegado alguno y yo no lo pudiera responder a la brevedad. Me sentí con necesidad de hacerlo, y por primera vez extrañé mi móvil. Creo que esa necesidad me hace en cierta medida “perocupón” contigo y ese sentimiento lo adopto inconscientemente sólo con las personas a las que quiero, y tú lo has logrado Kevin. Me tienes preso en pensamientos y ya lo había detectado. Son las 10 de la mañana, y allá las 5 de la tarde, por lo que tendrás el año nuevo antes que nosotros. Cuando aquí sean las cinco de la tarde allá estarás surcando el año nuevo. Yo este año tendré dos celebraciones de año nuevo, o noche vieja, una, la que festejemos cuando aquí den las doce campanadas, pero la otra será a antes, a las cinco de la tarde cuando tú estés saltando el umbral de las 12 de la noche. En ese momento estaré festejando pensando en ti, haré una plegaria y desearé, junto a tí, en ese momento justo, que este año 2015 te bañe con la esperanza de un nuevo amanecer. Esta mañana leí en los diarios que en Sidney ya había llegado el año nuevo, y así como una cascada que nos envuelve a todos, a unos antes y a otros después, irá el nuevo día del año nuevo envolviendo a nuestro planeta hasta dejar lejos y en los recuerdos colectivos el pasado año. Feliz Año, te lo deseo de corazón Kevin, te envío un abrazo fraterno envuelto en deseos de que este nuevo año esté lleno de solamente buenas noticias. Te quiero y sé que al leer estas líneas sentirás deseos de expresarme buenos deseos para mí también, con cierta desesperación quizás por no escribirlo con la rapidez debida, pero entiendo esto, y absorbo tus buenos deseos sólo con que emitas una sonrisa en soledad y cierres los ojos durante un segundo. Por favor Kevin no te sientas solo, porque eso me pone triste. No estás solo, porque estás abrigado en mis pensamientos. Gracias a Dios porque te cruzaste en mi camino, y sólo por ello, creo que el año valió la pena. 🙂

Post data: La foto que te anexo fue de un viaje que hice a Milán Italia, a mi espalda el famosísimo teatro “La Sacala de Milán”, cuna de la ópera mundial. : *

Feliz año

Hola feliz año! Gracias, se ve que se la pasaron bien. Yo también con amigos y familia de mi mama, luego salí con unos primos a una fiesta me puse borracho, je . Nunca había tomado tanto, :/, y te comento que pasó un pequeño incidente. Un tipo me besó de la nada pero me agarró así, abruptamente inmovilizado mis brazos, pero un primo iba saliendo del cuarto.. Yo estaba a un lado buscando el baño, y mi primo lo agarró y le metió un puñetazo. Se hizo un lío pero después se calmaron las cosas, pero en general estuvo bien. Conocí gente nueva. Había un chavo con el que platiqué más y se ve buena gente. Me invitaron a otra fiesta el fin de semana pero todavía no sé qué planes haya con mi mamá, :/ No me dice nada y es lo que más miedo me da je. Siento que está evitando hablarme de algo. :/ Ayer hablé con mi papá 🙂 Le platiqué de hacer carrera en Monterrey, dijo que lo platicara con mamá, :). Que bonita familia tienes, y… ¿a ver la foto prohibida que me ibas a mandar? :p jeje Mira en la foto yo y una amiga se llama Paula

Año nuevo Hola Kevin, que linda carta me has escrito. Me has dado un extraordinario recibimiento de año nuevo con esa fotografía que te tomaste con Paula. Tienes un cuerpo hermoso, tu dorso está plano y en crecimiento, digno para darle unas mordidillas discretas y hacerte cosquillitas hasta hacerte estremecer, y que ante el ataque me digas “¡Ya no!”, justo como cuando de niñas yo atacaba con mordiscos a mis hijas. Pero a ti en otro plan, en uno más apasionado. Me has provocado una mini erección sólo de pensar en explorarte las caderas con mordiscos pequeños y la parte que se oculta debajo de ellas, jejeje. La parte que no sale en la fotografía y que es obvio que jaló mi atención con cierto morbo. Me encanta que me envíes fotografías porque así conozco más a Kevin y el contexto en el que vives. Yo procuraré enviarte fotos mías, aunque sean insignificantes. Creo que es lindo contemplarlas y hacer paseos mentales de los sitios en donde nos desenvolvemos tú y yo. Que bueno que la pasaste lindo durante el fin de año con tu familia, pero que mal que el tío ese de la fiesta se quiso propasar contigo. Me molestó mucho. Deberás de saber que cuando uno bebe, que seguramente fue lo que le pasó a este sujeto, se desinhibe la mente y se atreve uno a hacer cosas que están guardadas, y que no se realizarían en su sano juicio. En Monterrey en plan de broma dicen que la estadística de gays es de una de cada diez personas, pero cuando andan tomados, esta estadística sube a cuatro o cinco por cada diez, jejeje. O sea, el alcohol es tan des inhibidor que hace que un hombre se le caiga la hombría por andar de calientes. Por eso es bueno tratar de controlarse siempre al tomar. Tú sentiste que de buenas a primeras se te abalanzó, pero quizás si no hubieses tomado tanto, hubieras detectado previamente sus intenciones, bueno, eso creo. Yo por cierto no bebo, bueno, casi nunca, sólo una copa de vino o dos, y muy de vez en cuando, en momentos especiales y cuando el vino lo amerita. Siempre he pensado que estando uno bueno y sano, o sea sobrio, comete uno cada estupidez, por lo que si uno toma y pierde el control, puede caer en un error tras el otro, o ser víctima fácil de los errores de otro barbaján. Qué bueno que tu primo entró al quite a defenderte, aunque se hayan tensado las cosas por el momento. El tipo te vio indefenso y hermoso. Por eso te aprisionó los brazos y se le hizo fácil atacarte. Tú por ser pequeño todavía, te ven como presa fácil de los lobos que están en la calle disfrazados de corderos. Si vas a la fiesta el fin de semana, a la que te invitaron, sólo te recomiendo que no tomes mucho, que el efecto del alcohol siempre llega como boomerang hasta después, por lo que se envalentona uno y sigue uno bebiendo, acumulando más y más de los efectos que seguramente llegarán con retraso, como el eco de la voz que llega de las paredes de las montañas. Uno da el primer trago, y como el efecto no es inmediato sobre nosotros, dice uno, me siento bien, y sigue el segundo sorbo. Sólo cuidado con eso, para que tengas las antenas bien despiertas y control absoluto de la situación. Que bueno que le comentaste a tu padre que quieres estudiar en Monterrey, creo que has dado el primer paso, y parece que tienes ya su consentimiento. Ese es un aspecto importante porque supongo que él vive con una nueva familia, o no sé si continúe soltero (o mejor dicho divorciado, que es la palabra correcta). Si se volvió a casar quizá esta familia nueva deba dar su aval para que llegues a su hogar como un nuevo integrante. Yo con gusto te doy alojamiento si no quisieran. Pero eso creo que no será necesario, aunque debes saberlo para que lo consideres y que veas en Monterrey como una opción cien por ciento factible. 🙂 Hay que comenzar a comentarlo con tu madre, pero debes tener en mente ya una carrera profesional y decirle que ya estás viendo en internet el plan de estudios que se ofrece en Monterrey, y que por eso has decidido esta ciudad. Habla más con tu mami, para que le digas de tu deseo de estudiar en Monterrey, quizá no te diga nada aún de vuestro destino próximo porque tal vez, ni ella misma lo tenga aún definido con sus jefes y por ello no te lo está abriendo todavía contigo, no tanto por que te lo oculte, sino porque no lo tiene del todo claro. Lo mejor es que vayas hablando con ella para

que considere tu posibilidad de estudiar en Monterrey, y los incorpore adentro de sus planes próximos y sobre todo que vea en tí un interés serio y no un capricho temporal. Un deseo legítimo y muestra de madurez que tienes. Recuerda que los padres siempre veremos a nuestros hijos como bebés indefensos, vale la pena irle cambiando esa imagen. Cuéntame en cuanto tengas alguna información, que lo que te acontece me importa Kevin. Están a punto de terminar las vacaciones de Navidad, por lo que seguramente en fechas próximas tendrás algo de información. Gracias por tu comentario de mi familia, que es en verdad linda. Te seguiré mandando fotos, como te lo comento, aunque sean irrelevantes. Y en otro correo te enviaré una fotografía profana, jejeje ojalá no te escandalice. Es triple XXX pero es mía. Una noche en que estaba solo en casa me tomé una secuencia pero te las enviaré en otro correo pero por favor no la bajes al disco duro, sí consérvalas en tu bandeja del correo si quieres, pero no en disco duro. Te deseo un gran año, y recuerda que te quiero Kevin. :*

¿Cómo estás Kevin? Feliz viernes. Hoy amanecí bastante erecto, jeje. De hecho siempre amanezco con el pene duro, y supongo que a ti también te sucede lo mismo cada mañana, pero hoy particularmente amanecí muy excitado, de más, y fue porque estaba pensando en ti. Ayer durante varios momentos del día se me vino a la mente, de súbito la imagen de la fotografía que me enviaste ayer, en donde posabas estando junto a Paula. Me fascinó ver tu dorso desnudo, porque tienes cuerpo de un chico espléndido. Anoche antes de dormir me dieron deseos fuertes de jalármela pensando en ti, pensando que te acariciaba todo el cuerpo y besaba tu dorso firme y al mismo tiempo esbelto. Me dieron ganas de eyacular mientras imaginaba que besaba el rostro, desde la frente hasta la barbilla, haciendo una parada especial en tus labios jejeje. Ojalá que tu primo, el defensor justiciero, no me quiera dar un puñetazo a mí también por tener ese tipo de fantasías contigo. 🙂 Yo jamás lo haría presionando tus brazos para inmovilizarlos como lo hizo el barbaján de la noche vieja, jeje ni me atrevería a hacerlo con malicia ni mucho menos a la fuerza, sino con una dulzura infinita. Un beso de cariño envuelto en intimidad en donde el erotismo pudiera llegar después, si se otorgan los permisos suficientes. No sé por qué te platico todo esto Kevin, jeje, sólo estoy alborotando mis pensamientos y de paso, los tuyos también. Lo que quise era tratar de comprender por qué amanecí excesivamente engarrotado, y fue eso, nada más. Creo que más erecto que como me viste en la secuencia de fotos que te envié ayer. Ojalá no te haya disgustado, jeje. Ayer pensaba en cuál sería el tema para mi siguiente novela, la que escribiría en el año, porque ¿sabes? Me he propuesto escribir una novela más en este año, fue uno de mis propósitos de año nuevo durante la noche vieja. No tengo el tema muy definido. Puede ser una secuencia de relatos de fantasmas y apariciones, u otra sobre la fundación de una civilización de alta tecnología y desarrollo, que en el siglo XXI se convirtiera en el ejemplo mundial. Hasta pensé que la vida de un afinador de pianos, que puede ser un anciano decrépito en mi novela, pudiera ser el tema central de otro libro en donde su oficio de afinar los pianos de las familias acomodadas de la sociedad, le permita adentrarse a los problemas familiares, sus convivencias, su transparente presencia y discreción, hasta lograr ser testigo de la planeación de un homicidio entre familiares codiciosos que quisieran eliminar a la abuela antes de que intente cambiar el contenido del testamento, y ella busque favorecer con esto a la fundación protectora de animales, jajaja. Qué cosas pienso. Anoche pensaba en Javier, no me ha escrito. Sigue en Puebla, veo las fotos que sube en el Avatar del Whatsapp. Para él el cambio de año o las navidades no significan nada, él dice que eso es sólo tiempo, sin valor. Yo le digo que nuestras vidas, las de todos, están conformadas por tiempo, y cada cambio de año es realmente el cambio de capítulos de un libro que se

llama vida. Yo me pongo melancólico en estos días, y Javier dice que no hay que tomarlo tan así. Él es duro, y le digo que es una careta que se pone quizás por el abandono que ha de haber sufrido por la separación de sus padres. Él me dice que es mentira, que nunca sufrió cuando su papá se fue, al revés. Javier es una revoltura, como una pintura de Pablo Picasso, y por eso creo que es muy seco, eso le dio un carácter enigmático. Pensé también en él, mi mente voló desde Puebla hasta Turín, pasando por Madrid y claro, por historias de ultratumba. Bueno, Kevin, comienza el fin de semana con este día que es viernes, por lo que sé que tendrás noticias sobre tu destino próximo. Platica mucho con tu mamá, y luego me cuentas, que es una de las cosas que me tienen preocupado. Ojalá que no cambien los planes, vivas en Madrid tu último semestre de la preparatoria y que llegues a iniciar tus estudios profesionales en Monterrey. No deseo otra cosa. Recuerda, cuando más solo te encuentres, que tienes aquí a alguien que te quiere, te abraza con la imaginación, te besa el rostro y el cuello y que se erecta al ver tu abdomen hermoso. :* Seguramente te preguntarás si me la jalé anoche. Mmmm, Pues no. Jejeje. Preferí abrazar a mi almohada pensando que eras tú. De quedé dormido antes de que mi esposa llegara a la cama, y al amanecer, las consecuencias ya te las he platicado, jejeje. Te quiero.

Kevin querido. He pensado mucho en tí. 🙂 Y más aún porque al ser ya fin de semana, quizás te encuentres en los preparativos para partir de Turín a España. Incluso, tal vez, mientras te escribo estas líneas, pudiera que ya estés en desplazamiento. No lo sé. Es difícil acertarlo con precisión a tanta distancia y con tan poca información de mi lado. 😦 Eso es lo que me mantiene pensando en ti constantemente. Cenamos pizza, macarroni y ensalada y en la mesa grande jugamos a Dominó Cubano, un juego divertido que luego te enseñaré sus reglas. Es entretenido. A pesar de que la pasaba muy bien con ellos, en ocasiones hacía una pausa en la convivencia para reflexionar. Mi esposa me preguntó varias veces, “¿Estás bien?”, le decía que sí pero pensaba en el cachorrito de Turín. 🙂 Varias veces me pasó en la noche. Me paré, tomé el bastón de extensión para las “selfies” y tomé una fotografía con todos ellos. Te la mandaré. Se fueron hasta tarde, eran como las tres de la mañana y me acosté tirándome a la cama como piedra. Mi esposa me decía desde el baño, ya voy para allá, quizá quería sexo, pero cuando llegó a la recámara se encontró sólo con un bulto que soñaba en idioma Madrileño. Hoy sábado desperté tarde y realizaré una serie de cosas en casa, entre ellas, escribirle a un vecinito una carta, como si yo fuera Santa Clós y dejársela firmada antes de que regrese su familia de su viaje de navidad. Le había pedido a Papá Noel un escrito y me dijo su padre que si se lo hacía yo, lo haría feliz. Siento lo felices que a veces hacen las cartas a la gente. Yo cuando recibo unas líneas tuyas siento, literalmente, que me extiendes una mano y que me das una palmadita. Una mano que me gustaría besar y decirle, aquí está mi mano también, y las dos, para lo que se te ofrezca. Me he sentido algo solo, y no me lo vas a creer, porque estoy rodeado de amigos y familiares todo el tiempo, pero con ellos no platico todo lo que tiene mi cabeza, es por eso que la soledad no tiene nada que ver con la compañía. Son elementos paralelos y diferentes. Se puede estar solo en compañía. Cuando te escribo, me siento muy bien porque siento que alguien de verdad me escucha y me comprende. Ayer cumplimos medio mes de que nos conocimos, o digamos, de que tuvimos el primer contacto. Fue el 17 de diciembre y me motiva mucho que no hayamos perdido la liga. Creo que las amistades sinceras se construyen con pequeños detalles, pero continuos. Es lindo que nos hayamos contactado en ese sitio, Grindr, fue providencial haberte encontrado. Ahí fungió la cercanía como clave, al tú estar en ese momento en Monterrey. Creo que nunca estuvimos más cerca que ese día, sin embargo, las cosas no se dieron, o debo decirlo, no se han dado

todavía, jeje. Por cierto, siempre lo recuerdo cuando no estoy en el teclado escribiéndote, sino cuando ando en otros momentos pensando en ti, pero te quería comentar que en cuanto tengas oportunidad deberías retirar tu fotografía de rostro del Grindr. Bueno creo que es más saludable que no conozcan tu rostro en un primer contacto, porque si tú, igual que yo, somos de closet, así que no conviene estarnos exhibiéndonos así, como en un aparador en los vitrales de personas que generalmente buscan sexo. Yo por ejemplo tengo en mi perfil una fotografía de una la luna llena al fondo, y la mayoría de quienes se publican, lo hacen con el rostro velado. De hecho, el mismo logotipo de la aplicación del Grindr es un antifaz. Este sitio pudiera visitarlo cualquier familiar o amigo que pudiese descubrir tus preferencias antes de tiempo. Digo, es una recomendación que te he querido hacer pero se me ha olvidado mencionarlo. Sé que no tienes la tablet disponible por el momento, pero en cuanto tengas oportunidad sería bueno que retiraras tu rostro de la entrada, sólo para guardar un poco tu integridad y privacidad, además, en esa foto luces muy pequeño y pudieras ser víctima de un lobo hambriento. No necesitas exhibirte de buenas a primeras para contactar gente, a mí me ha resultado efectivo sin necesidad de hacerlo, y con mayor razón debo cuidarme al ser yo casado. Por cierto, luces hermoso en esa fotografía, jejeje. Recuerdo que el primer comentario que te puse era que si eras el de la foto, lucías muy atractivo. Al ponerme gracias y una segunda foto descubrí que sí eras tú y que tenías unos ojos melancólicos y hermosos Kevin. Bueno, te dejo momentáneamente esperando que me cuentes qué novedades tienes, que eso me tiene perturbado pensando en tí. Recuerda que no estás solo cachorro!!! Te quiero Kevin.

Hola Kevin. Ya estamos a domingo y no tener noticias tuyas me da ligeros indicios de que seguramente ya no estarás en Turín, sino en España. Creo. Sé que un viaje trastoca todas las actividades, hacer y deshacer maletas, documentos, pasaportes, vuelos, y creo que lo último que harías en medio de ese caos, sería sentarte tras una Laptop para revisar o responder correos. Por eso imagino que has viajado ya. Ojalá que hayas llegado con bien y que no encuentres malas noticias, como esa de que se mudarían a Centroamérica. Igual y si estás en Turín aún, posiblemente habrías ido a la fiesta que te invitaron en fin de año y quisiera, de ser así, que me platicaras como te fue. Yo aquí en sábado hice mil cosas. Recogí el coche del taller en donde le pusieron escape nuevo, envolví unos regalos de Navidad de unos vecinitos que estaban de viaje e imprimí la carta de Papá Noel (Santa Clós) que te platiqué ayer para un pequeño, y hasta cociné un rico pollo en mole. ¿Conoces el mole? un platillo poblano muy rico. He pensado que cuando vivas en Monterrey podemos ser grandes amigos. Amigos de a de veras. De esos que pudieras venir a casa, conocer a mi esposa e hijas. Podría yo enseñarte a tocar piano o guitarra, incluso a cantar, y presentarte en mi casa como un alumno adolescente que no sólo es aprendiz de músico sino que se ha convertido en un excelente amigo mío. Podría ir contigo al cine a ver una peli, enseñarte a conducir mi coche, conversar en cualquier parque o pasear en una plaza comercial. Me gustaría que no te sintieras solo y poder compartir contigo lo que quieras que hagamos. TODO jejeje. Incluido sexo secreto. Me entusiasma la idea de que te sientes confortable conmigo porque yo sí lo estaría. Ojalá que pronto restablezcas tu cuenta de Facebook o que abras otra, si es que esta se te sigue negando. Quizás ya te enviaron el correo los administradores de FACEBOOK, y este haya llegado a tu bandeja de “jukes” y por eso no lo hayas visto. Me parece que han pasado demasiados días como para que no te hayan regresado tu cuenta jaqueada, te recomiendo que revises tu bandeja de Jukes, antes de que desaparezca el correo por caducidad de número de días. Anoche estuve conversando con Javier por whtsapp, ya llegó a Monterrey con su familia. Me envió unas fotos divinas de sus vacaciones. Tiene talento con a cámara del celular. Estaba apenado porque no había respondido mi mensaje de año nuevo. Dice que el mensaje no lo alcanzó a leer completo porque tenía gente alrededor al momento de recibirlo, pero luego se le olvidó

revisarlo. Hasta anoche lo leyó y me escribió explicándome ello. Le dije que estar ser vacaciones entendía que no usara mucho el texteo, pero en verdad yo pensaba en otra cosa, sospechaba que ya no quería conversar más. Anoche me dijo que me quería, y yo también, y a ti también te quiero, y a mi esposa también, jejeje, por lo visto, tengo corazón de hotel. No le he comentado de ti y quizá no lo haga. No lo sé. Lo único que sé es que quisiera verte pronto, saber más de ti. Me emociona pensar que un día nos quedemos horas y horas conversando, creo que será un momento bello. No sé si tengas acento español mexicano, o madrileño. No sé qué otros idiomas hables, yo Italiano y obvio, el inglés. Entiendo algo de portugués pero no lo hablo nada. Ojalá que pronto sepa de ti, y me mandes más fotos, que me encanta verte… (Iba a decirte, verte el rostro, pero me frené porque también me gusta verte el cuerpo, por eso terminé la frase sólo con la palabra “me encanta verte”.) Por cierto, hablando de fotografías, dime, ¿Viste mis fotos triple X? ¿Te gusté? Te mando un beso…(Iba a decir en el rostro también, pero no me quiero limitar tampoco, jeje) Te quiero. Buen domingo.

Hola Kevin, hoy es siete de enero todavía aquí. Me dieron ganas de no estar solo, por esto te escribo. Son las 5 de la tarde pasadas, o sea, después de media noche en donde estás. Me encuentro aún en la oficina y me asaltaron unos deseos tremendos de escribirte porque pensé que quizás en este momento pudieras estar yéndote a la cama y tal vez, hasta estés pensando en mí. Es mucha presunción pensar en eso, pero es bello al menos imaginarlo, y hacerme una vaga ilusión. Escuchaba con mis audífonos una bella canción de Alejandro Sánz) y al ponerle atención a la letra te me viniste a la mente de inmediato, por lo que dice. Se llama “A la primera persona”, ojalá la puedas escuchar. Habla un poco de cómo se siente mi corazón, que quedó atrapado contigo cachorro, y no me preguntes por qué, que ni yo mismo lo sé. Dice así: “A la primera persona que me ayude a comprender, pienso entregarle mi tiempo, pienso entregarle mi fe. Yo no pido que las cosas me salgan siempre bien, pero ya estoy harto de perderte, sin querer…” “A la primera persona que me ayude a salir, de este infierno en el que yo mismo decidí vivir, le regalo cualquier tarde pa los dos. Lo que digo es que ahora mismo ya no tengo ni siquiera dónde estar…” Está bella esta rola Kevin y al escucharla hace un momento, zaz, se me vino a la mente ese hermoso chaval de ojos color acero, mitad mexicano y mitad italiano. Búscala en youtube o cualquier sitio. Bueno, vete a la cama y descansa, que esta noche dormiré arropado de tus pensamientos, pero antes de dormir me ducharé y ahí, en la ducha, me masturbaré pensando en tí y en lo que haríamos al estar juntos. Hasta mañana. : )

Anoche no me podía dormir Kevin. Bueno, sí leí un rato un libro de Julia Navarro hasta que el sueño me venció momentáneamente, a eso de las 11 de la noche, pero estando súpito, a la una y media de la madrugada me desperté como resorte. Fui al baño, cuando hace frío voy varias veces en la madrugada y aproveché para revisar en el móvil la bandeja de entrada de mi correo para ver si tenía correspondencia tuya. Eran las 8 de la mañana tuyas, así que abrigué ciertas esperanzas de encontrar respuesta tuya, pero nada. Sé que no es fácil Kevin, tanto que ni te quisiera platicar esta angustia que me abraza. Me fui a la cama de nuevo y pensé en tí durante largo rato, lo hice recordando tu foto con el dorso desnudo. Me invadieron deseos tremendos de besarlo. Imaginé que abría mi boca para acercarme a tus tetillas y succionarlas de una manera seductora mientras te abrazaba suavemente. Sentí que te estremecías al contacto de mi saliva caliente y lengua juguetona. Tu tetilla se ponía dura así como mi falo, pero el mío estaba endureciendo de manera real. Anoche me erecté mientras te recordaba Kevin. Me tomé el pene para acariciarlo rascándome los testículos. Me encanta hacerlo. Con esto, más se engarrotó. Por suerte mi esposa estaba dormida profundamente. Luego imaginé cambiar de tetilla para succionarte la otra, para entonces estabas bastante excitado en mi imaginación y me abrazabas la cabeza despeinándola y revoloteando mis pensamientos. Mientras te acariciaba el pequeño pezón con la lengua

trepidante, con mi mano te acariciaba los testículos que ya presumían un pene erecto. Lo comenzaba a empuñar con movimientos primero discretos y luego violentos. Imaginaba que jadeabas mientras aprisionabas mi cabeza a tu pecho, como si fueras un náufrago y yo, tu tablita de salvación. Todo lo imaginaba a esas horas de la madrugada Kevin y quizá no podía dormir por ello. ¿Quizás? Jajaja, no, quizás no. Estaba seguro de ello, porque mi corazón latía a un millón de pulsaciones por minuto debajo de mis cobijas. Me preguntaba a qué sabría tu pene. Luego me sumergía debajo de tu cadera con una boca audaz que buscaba satisfacer mi hambre de verga. De verga tuya, una tierna y lubricada que conocería la caricia de mi lengua. Tú te estremecías aún más al sentir el calor húmedo de mi boca que se atragantaba con el palo, que estaba derecho como una regla. Ya para entonces lucía bien erecto. Hubiera querido jalármela pensando en ti, pero sentí que mi esposa despertaría al sentir el movimiento. Mientras pensaba que te chupaba el pito te acariciaba los testículos con una caricia que empezaba desde la parte de atrás de los genitales, y seguía por la comisura que hay debajo hasta encontrar tu ano rosado que latía a la velocidad de mi corazón. Tus caderas temblaban para acercarte y alejarte de mi boca haciendo de mis labios una función vaginal. Me estabas penetrando en mis labios con contracciones involuntarias que hacían que el placer se desparramara de mi boca a tu pene. Te masturbabas con el interior de mi garganta mientras yo jadeaba. Los dos gozábamos. El movimiento de tu pelvis permitía también la introducción de mi dedo índice por tu orificio hasta encontrar en tu cuerpo una perfecta armonía entre una masturbación y un inocente juego anal, que todo en su conjunto se convertía en un regalo para los sentidos. Luego de un rato, imaginaba unas poderosas eyaculaciones de tu leche pura que yo capeaba con mi boca, entrando directamente a mi garganta disfrutando los dos de un placer extremo. Gozaba de escuchar tus jadeos que llegaron al clímax del orgasmo. Limpiaba tu palo desde la base hasta la cabeza con la lengua, como si yo fuera un gatito que se acabara la leche de su platito. Te dejaba el pene limpio y reluciente, y a mí satisfecho por conocer el sabor de tus entrañas. Tanto pensaba en todo eso anoche, que no podía conciliar el sueño. Ya te imaginas cuánto, de hecho, ahora que lo describo, he tenido de nuevo una erección, pero lo malo es que ahora estoy en mi oficina, lo bueno es que al menos me encuentro encerrado. Me volvieron anoche a entrar ganas de ir al baño, y me di cuenta que eran ya las dos de la madrugada, y finalmente no supe a qué hora me quedé dormido, pero al despertar me sentí con deseos de escribirte en detalle. No fue sino hasta que llegué a la oficina cuando me puse frente al teclado y al recapitular todo, una pequeña gota de mi miel sentí que salió de la punta de mi cabeza, ahorita, justamente. Disculpa que me asincere tanto contigo pero creo que aunque no fue un sueño erótico, sino sólo pensamientos, sí fue muy lindo Kevin. Tan lindo como tú lo eres. 🙂

Hola Kevin. Mándame una sonrisa, un punto, una coma. Algo que me indique que estás ahí y que me lees y que me avise que quieres dar una señal de vida. Han pasado diez días de tu último comunicado del día primero y me tiene angustiado no saber si estás bien, si las cosas en tu casa están estables, si estás feliz, si te encuentras en España o Italia. Entro al Facebook de diario a buscar Kevin para saber si ya te restablecieron tu cuenta, pero no he tenido suerte. Cuando aparece la banderita roja en la parte superior que indica que alguien me pide amistad en estas Redes Sociales, pienso de inmediato que pudieras ser tú, pero lamentablemente descubro que son otras personas que ni conozco. Me parece mucho el tiempo que ha pasado sin que tuvieras acceso a un ordenador y eso me hace pensar mil cosas, hasta la posibilidad de que no quisieras tener más contacto conmigo. Lo he pensado sólo como posibilidad remota, pero lo desecho al ver que no tienes ni Facebook, ya sea tu cuenta tradicional y hackeada, ni una nueva cuenta paralela y alterna. He pensado incluso

que has alcanzado a leer algunas cartas mías, pero no todas, y sólo el leerlas te llevaría varias horas y que tal vez prefieras primero leerlas antes de responder, y eso me hace lamentarme hacer textos tan largamente kilométricos. Pero por otro lado, sé también que estos te agradan, así como a mí me agrada escribirlos. Tengo una vocación para escribir, y eso me hace ser un terrible redactor de correos electrónicos que en teoría deberían ser breves y concisos, pero por otro lado, yo utilizo esta herramienta para conversar contigo ya que la palabra hablada y la interacción personal no se nos da de una manera sencilla, debido a la distancia. Anoche, como todos los viernes, llegaron nuestros compadres y vecinos a casa, jugamos a un nuevo juego de mesa y nos divertimos mucho. Pensé en tí, para variar, y antes de ir a la cama, eran las 2:30 de la mañana, 9:30 tuyas, entré a la bandeja de mi correo para revisar si estabas. No vi nada y me tumbé en la cama, me cubrí hasta la cabeza con el edredón. No quería que ni el techo ni las paredes de mi alcoba fueran testigos de mis sollozos. 😦 Te quiero chaval.

Me has de creer que esta madrugada me volví a despertar a las 4 de la mañana. No sé si sea la vejiga o el chico de los ojos color acero. Te me viniste a la mente nomás salté de la cama, así que era indudablemente el chico de la mirada encantadora. De nuevo, me llevé el móvil rezando por haber tenido señales tuyas. Nada, y pensé pocas cosas, ya todas las había pensado el día anterior. Solo cerré los ojos emulando una plegaria esperando que te encuentres bien. Ayer busqué en el google tu nombre pero no apareció nada que hiciera referencia a ti, y me quedé solo abrigando esperanzas en el aire fumándome un encuentro imaginario. Fruncí el ceño y me puse los audífonos para escuchar a Alejandro Sánz y para acabarla, una canción me hizo recordarte de manera muy tremenda. Pareciera que la compuso pensando en el momento que estoy pasando contigo. Se llama “Mi Soledad y yo”. En ella habla de mil cosas que me identifican contigo, hasta de la diferencia de horarios entre ambos. Ponle atención, dice así: “¿Cómo estás? ¿Qué tal te va?, ¿Allá es de día o es de noche? ¿Es bonita esa ciudad para ir de vacaciones? En Madrid está lloviendo y todo sigue como siempre, solamente que no estás, y el tiempo pasa lentamente. Estoy loco porque vuelvas, hace tanto que te fuiste, ¿No te irás a enamorar allí? Lo prometiste. Por favor, cuando puedas llámame, que mi soledad y yo, sin ti no nos llevamos bien. Y paso el día planeando, nuestro encuentro imaginario. Te besaré, como nadie en este mundo te besó, te amaré, con el cuerpo y con la mente, con la piel y el corazón, vuelve pronto, te esperamos, mi soledad y yo.” Está hermosa esa canción, ojalá la puedas escucharla en youtube. ¿Te has fijado que ya no te he hablado mucho de Javier? Ya regresó de Querétaro, y ayer conversé con él por el whatsapp. Llevo varios días sin verlo, muchos, diría yo, y me dice que en esta semana también sería imposible ya que no tiene muchos pretextos para salir de casa. Sería sino hasta la próxima semana, cuando ya haya entrado a la escuela. Dice que al ir a las clases sería más fácil que en la salida nos veamos y yo lo recoja. Así lo hicimos algunas veces durante el año pasado. Sé que es difícil. No lo quisiera poner en riesgo de que lo pillen, por eso le he dicho que él es quien debe marcar la pauta, aunque a veces me desespere, pero te soy franco, a Javier lo tengo a menos un kilómetro de mi casa, y en el Whatsapp, que está siempre junto a mí, ahora me encuentro más desesperado por tí por tanta distancia y tanto desconocimiento. Hoy se cumplen dos semanas de tu última carta y cuento no sólo los días que han pasado, sino las horas que nos han distanciado. Te repito, que no te angusties por ello ni te sientas presionado, sólo quería comentarlo para que sepas lo que pasa por mi cabeza en este momento que escribo estas líneas, que resultaron también ser kilométricas Kevin, disculpa de nuevo por ello. Hoy veré tus escasas fotografías que tengo tuyas, y lo haré con la devoción de un monje

franciscano, imaginando lo que has de haber crecido en estas últimas semanas, compensando con mi imaginación los cambios fisícos que tal vez hubieses experimentado en estos días. Por cierto, me gusta tu nombre, ¿No te lo había dicho? “Kevin” es contundente y especial. No requieres apellidos para tener un sello distintivo. Es increíble que hasta el nombre tengas perfecto, chico hermoso. Te quiero.

Miré tus fotografías embelesado Kevin. Son cuatro las que tengo. Realmente habían sido tres las que me enviaste, en la conversación de la aplicación Grindr y el correo, pero la cuarta fotografía que tengo tuya la capturé yo mismo de la carátula tuya del Grindr, la que tienes en tu perfil. La que luces más pequeño que en el resto. Miré cada una y en todas tienes algo lindo que decirme, o más bien, que decirle a la gente que pudiera observarlas. Esa, la primera, la de la carátula del Grindr, en la que apareces muy pequeño, casi con rostro de niño, sacas la lengua juguetonamente, haciéndote pasar por un chaval travieso. Sin embargo, luces muy guapo. Las cejas arqueadas y cabello castaño claro, te hizo parecer un verdadero príncipe, portando una pequeña arracada en tu oído derecho, aunque si fue esta tomada frente a un espejo, debía ser tu oído opuesto. En esa fotografía tus mejillas suaves y labios encantadores armonizan con los ojos azul intenso que los abres con una expresión de sorpresa. Esa fotografía la amo, porque es la primera imagen que vi de ti. La segunda foto, la que me enviaste dentro de nuestra conversación por el Grindr, es distinta, luces una mirada melancólica. Te ves más serio, y por lo mismo, un poco mayor que en la anterior. Recuerdo que con ella me quisiste comprobar de botepronto que tu primera imagen era real, y no el rostro de un chico extraído de algún sitio web. Esa segunda imagen me entusiasmó mucho porque descubrí que realmente Kevin era de carne y hueso. Un joven apuesto que se mostraba en sus distintas facetas, variaciones leves en sus estados de ánimo. El cabello un poco más obscuro, por la iluminación reducida, pero los mismos ojos color acero, aunque un poco apagados por un dejo de nostalgia en tu mirada. En la ceja se te aprecia una minúscula cicatriz, tan discreta que pareciera que más bien tienes un poco despeinada la línea de cabellitos hermosos sobre los ojos. El arete también te acompaña en esta segunda imagen. La más cándida de las fotografías fue la tercera, en donde lucías una camiseta color amarillo canario. En ella con el cabello más largo y alborotado luces simplemente hermoso. Con una sonrisa guardada, a punto de florecer, miras con semblante pensativo, mostrando que una de las dos cejas se arquea más que la otra, y que tus cabellos alborotados y suaves tienen el mismo tono que las hermosas cejas que forman parte de tu personalidad. Castaño claro, es la definición académica que describe a tu cabello, aunque con esos ojos color cielo, yo diría, rubio obscuro. Tus labios rosados son un verdadero regalo. Pareciera que tomaron su color de manera artificial con algún cosmético, pero son hermosamente naturales, como los cálidos colores de una bella flor silvestre. Rosados como los de un príncipe europeo o princesa. Lucen gruesos y deseosos no sólo de sonreír, sino de besar. Al contemplarlos, abrigué fantasías de poder estar yo cerca para el momento en que quisieran abrir y probar. Labios mordibles y besables. Labios que compiten con una delicada fruta a la cual se pueda lamer antes de morder dulcemente. Tu mentón afilado y bien delineado complementa tu atractivo, el de un joven con rostro hermoso a quien no debería negársele nada en esta vida, por el simple privilegio de ser bello. Quizás tu no te sientas tan hermoso, como lo describo en este correo, y tal vez sea por el continuo contacto que tienes con tu imagen proyectada al espejo, pero la pureza de espíritu que tienes y la configuración de un rostro divino me hacen verte como el hombre de los sueños de cualquier mortal, sea mujer o sea varón. Créeme. Eres el sueño erótico de cualquiera, y me incluyo. Y la última fotografía, la del dorso desnudo como Tarzán, frente al espejo junto a tu amiga Paula, me ametralló las sensaciones. La foto de mis erecciones. Es la imagen de un abdomen plano y bien torneado con la promesa de ser un fornido galán que queriendo podría cargar en el futuro, lo que se le atravesara enfrente.

Ese pechito lindo y entallado, relleno de fibra, es una invitación para morderlo y hacerlo estremecer a base de caricias. Las lindas costillas aspiro que se conviertan en las cuerdas de un harpa que yo quisiera tocar, y la parte más erótica es la zona cercana a tu ombligo, incluyendo lo que tus calzoncillos de “American Eagle” cubren con celo. Esa zona que no veo y que me imagino con rizados hermosos con olor a genitales me perturba. Esa zona que se convierte en la más viva y autónoma del cuerpo, porque es capaz de emprender el vuelo, del “Eagle”, llevando al mismo cuerpo completo a los desfiladeros del erotismo. La zona más tierna y al mismo tiempo la más candente. La zona que me encantaría humedecer con saliva para que esta se mezclara con tus propios fluidos. La foto más erótica que he visto en donde no necesité verte desnudo para fantasear con un idilio cálido y pleno. La foto que me anexaste diciéndome que me la enviabas para que no me olvidara de tí. Kevin, no te olvidaré jamás. Te me metiste en la piel, y no por lo que me escribas, sino por lo que eres. Te quiero proteger, y acompañar, y sé que estas líneas que tecleo sirven en algo para ello, por eso las escribo con la dedicación de un concertista de piano. Porque sé que las leerás algún día y te harán sentir la compañía de alguien que te quiere. Gracias por esas cuatro fotografías divinas que me nutren los ojos y el pensamiento. :*

Justo cumplimos un mes de conocernos, fue el 17 de diciembre cuando te escribí y me respondiste en Grindr la primera vez. No sé si para tí las fechas sean simbólicas Kevin, para mí sí. Generalmente festejo cosas porque así como las páginas de los libros se saltan por capítulos, la vida también se salta por días, y si estas se revisten de cierto simbolismo, y pues por ello hay que considerarlas, eso creo yo. Para mí, cualquier día, no tendría importancia, pero al saber que un diecisiete de diciembre, y estábamos más cerca que nunca, se reviste ese momento de una importancia mayúscula, más cuando te he conocido más y te has marchado y ha pasado el tiempo, logrando que crezca y fermente una linda amistad. En ese momento te irías a bañar porque saldrías con unos tíos, y yo estaba en mi despacho ignorando que cometía el error más grande de mi vida al seguir ahí sin hacer nada. No imaginaba lo mucho que significarías para mí, porque si lo hubiéramos sabido, lo más inteligente era haber tomado las llaves de mi coche en ese momento para desplazarme para pararme frente a la casa en donde estabas, para esperar verte salir, sólo por el privilegio de cruzarnos unas miradas lejanas aunque sea por dos segundos. ¿Por qué la vida es tan injusta y no nos da sus instrucciones en el empaque, como los productos? Ahora con todo lo que nos conocemos hubiera llegado aquel día hasta donde me lo indicaras, escalado montañas o el fondo de los mares. No sabía que me llegarías tan profundamente Kevin. Yo ignoraba por lo que estabas viviendo, y tampoco sabía que yo necesitaría tan profundamente de tu compañía Kevin. Te me has atorado en la garganta y más aún, al no saber nada de ti. Eso me hace imaginar todo y nada. Hoy entré al Grindr para revisar la cuenta de días de tu perfil desde que no te conectas, hace días eran 27, pero ahora aparece la leyenda “Offline”. Supongo que a quienes cumplen 30 días de no conectarse les pongan esa leyenda, no lo sé. Te escribí ahí un pequeño mensaje para que tu rostro bello escalara hacia arriba en las conversaciones de los contactos. Me doy cuenta que de estos 30 días de conocerte, han sido más los días de ausencia tuya que los de presencia, sin embargo los primeros textos tuyos han valido la pena. Me siento como la viuda joven que suspira con los recuerdos de su marido durante el resto de su vida, pero, mejor no, ese ejemplo no me gustó. Aunque sé que lo entiendes, no quiero mencionarlo, porque cualquier cosa asociada con la muerte me da tristeza. La muerte representa despedida y esa parte no me gusta. Ayer fui a Saltillo a entregar mi manuscrito del Libro de mi nuevo libro. Cuando venía de regreso por la carretera me dieron deseos de que lo leyeras. Quisiera que lo tuvieras

también en tus manos, pero luego me aplaqué diciéndome para mis adentros: “Gonzalo, confórmate con que Kevin te lea los correos electrónicos, no pretendas atiborrarlo con tus novelas.” El maestro me dijo que lo leerá con dedicación y prometió reunirnos en un mes para pasarme sus comentarios, y con ellos mejorar la historia.

Que tengas un lindo domingo Kevin.

Hola Kevin. Confío en que te encuentras bien. Y ya no quiero decir la palabra “espero” u “ojalá”, porque estas palabras conllevan un dejo de intranquilidad, de angustia, y he decidido esta mañana no proyectarte mi angustia, sino ser más positivo, aunque hayan pasado más e cuarenta días e no saber de ti. Por eso ahora escribí “confío”. Esta nueva postura positiva la adopté del perro que vi en una película el fin de semana. Ahora tengo la “confianza” como la que vi en el perro en la película de Richard Gere llamada “Siempre a tu lado”, película inspirada en una historia de la vida real. No sé si la viste Kevin, es bella. Te la recomiendo, vela. Trata de la relación que un hombre de familia tiene con su perro, un hermoso Akita color café claro, quien cotidianamente lo esperaba al pié de la estación del tren. Este perro lo aguardaba hasta que su amo, quien llegaba del trabajo, bajaba del ferrocarril y juntos se iban caminando a casa jugando y divirtiéndose. El perro lo hacía pacientemente cada tarde, y si el amo se demoraba, a este no le importaba, se quedaba ahí, fielmente esperando que este llegara. Lo trágico de la historia fue cuando el hombre muere, el perro no lo supo. No se enteró de servicios funerarios ni de despedidas. Siguió yendo a la estación a esperar fielmente a su amo, y aunque este no llegaba, el hermoso animal no perdía la confianza de que algún día regresaría. Pasaron primero los días, luego los meses, y así pasaron varios años hasta que el perro se hizo viejo, pero no dejaba de esperar tarde tras tarde a su cita aguardando que llegara el hombre al que tanto amaba. Los vecinos de la estación y vendedores de revistas y hot dogs al ver la insistencia del perro se conmovían a tal nivel que llegó un periodista de una revista internacional a conocer de cerca el caso de lealtad inquebrantable de la mascota. Finalmente, una noche de invierno el amo llegó sin que nadie lo advirtiera. Fue justo el momento en que el perro, anciano ya y con achaques, cerraba sus ojos para espirar. Mientras sellaba sus ojos para siempre, un destello blanco se encendió iluminando su mirada, haciendo aparecer de nuevo el rostro sonriente de Richard Gere, quien lo abrazaba, entrando ambos a la misma dimensión. Después de todo el perro tenía razón, sabía que algún día su amo llegaría por él. Pasaron nueve años de ello. Hermosa la película. Bueno, me siento un poco como el perro de este film. Como el personaje que tiene confianza en que un día llegarás, sonriente y contento del encuentro. Vi la película y entendí que yo tengo algo de perro, no sé si los genes, o las pulgas, jejeje. A parte de que como sabes, me encantan los perros. La nobleza y lealtad de estos animales es una enseñanza que nos debe dar formación a los humanos. No sé si tendrás 17, 18 ó 20 años cuando te vea. No me importa, bueno, sí me importa. Claro que me importa, pero a lo que me refiero es que esta amistad pretendo que trascienda los límites del tiempo, así como creo que está comenzando a trascender los límites de la distancia. Creo que esto es lindo, y más sublime que un contacto físico y carnal. Me inspiras a seguir escribiendo porque sé que lo necesitamos ambos. Yo a tu compañía callada y tú, con tu lectura muda. Bueno Kevin, te dejo porque creo que el día será un poco como el de ayer, complejo y lleno de pasajes. “Confío” que te irá bien en la escuela, y “confío” que pronto nos contactaremos, y que me envíes una foto de tu lindo rostro. Post data. Anoche cuando estaba en cama me dieron deseos candentes de besarte. La almohada tuvo que recibir la metralla de suspiros y besos mientras decía entre sollozos una linda palabra: Kevin. : )

Hola Kevin, hoy veré a Javier. Lo extraño y no sé si pueda soportar verlo sin tocarlo. Bueno, no me refiero a sólo saludarlo o darle una palmada, sino a sin tocarlo. Lo recogeré a unas

cuadras de la Universidad y nos estacionaremos en algún parque, sólo para conversar, y aunque la plática representa el mejor regalo, la verdad es que ver a alguien a quien has querido tanto sin sucumbir en la tentación de abrazarlo, es duro. No sé que sea peor, si estar tan cerca de Javier y no entregarme, o si estar tan cerca de ti, con estos textos que te escribo, y no saber si quiera si los lees. Es un infierno en el que yo mismo decidí entrar. Me mantiene en un vilo de expectación, pero al mismo tiempo me hace sentirme vivo. Escribo esto y me salen enormes suspiros que no puedo controlar. Javier tal vez me platicará de sus nuevos amigos del semestre escolar, igual que tú con este fin de tu formación preparatoria. Quizás me cuente que conoció a alguien de su edad, y que las amigas, y que la neurótica de su madre, y que su hermana la viajadora. No sé, pero estaré concentrado en sus manos, en sus labios y su sonrisa. Yo no le platicaré de ti aún, porque no quiero resultar patético diciéndole que han pasado días sin saber nada de ti, y que a pesar de ello, no he dejado de escribirte ni un sólo día. Sé que le daría gusto que yo conociera a alguien más, porque con ello liberaría en algo el cargo en su conciencia por no amarme como yo lo he amado, y créeme, he querido hacerlo, platicar de ti Kevin, pero no me atrevo. Decirle que me siento orgulloso de saber que alguien, aunque esté realmente muy lejos, me tiene confianza, que busca mis palabras a cada día, que se siente confortado con mi compañía, pero no me atrevo Kevin, ni si quiera a pensar que esto que digo sea cierto. Se me hace un pequeño nudo en la garganta porque me siento solo, y más que mi soledad, pienso en la tuya, en tu sentimiento solitario que me torpedea el corazón, amplificando mi desolación Kevin. Por eso, no te dejaré de escribir, aunque me encuentre hospitalizado o recluido en un convento. No te dejaré de escribir aunque no tenga nada que contar, ni dejaré de pensar en ti, aunque esté esta tarde sentado en mi coche mirando las manos de Javier moverse con la gracia de las mariposas. Hoy estaré con él, y no sé si lo haré tres minutos, treinta o una hora. Yo no mando. Es él quien tiene el control del tiempo y del sitio. Lo único que quiero es que se sienta confortable, aunque yo amarre en mi corazón mis deseos de platicarle del chico solitario de ojos color acero a quien he aprendido a querer con sólo palabras escritas. Estaré con él en cuerpo y mente, pero en realidad en espíritu, estaré contigo Kevin. Serán quizá las seis de la tarde, y la una de la mañana tuyas. A esas horas estarás dormido o desvelado pensando en mí, y en el momento amargo que tal vez esté yo pasando al ver sin tocar, al recordarte sin tener un soplo de tu sonrisa. Luego pasará la tarde, y cuando sea la hora, lo llevaré a casa, bueno, a unas cuadras antes de su casa. Se bajará del coche y enganchará la mochila en su espalda para alejarse dejándome atrás con un nudo en la garganta. Yo seguramente tomaré mi teléfono móvil y revisaré si tengo un correo tuyo, y si no llega, entonces sí me sentiré el ser más solitario del mundo.

Aunque de los dientes hacia afuera te puedo decir que tengo confianza en que pronto me escribirás, en el fondo me empañico sólo de saber que sobrepasamos el mes de tu última carta. Fue el día primero de enero, el arranque del año. No atino a comprender qué pudiera haber pasado que no recibo tus correos. Me quiebro la cabeza tratando de encontrar entre las nubes algún indicio, una respuesta, alguna señal de la razón por la cual materialmente has desaparecido de la corteza terrestre. Pareciera como si nunca hubieras existido, o no existieras más. (Eso me aterra, no quiero ni pensarlo Kevin pero me invade como una posibilidad y es horrendo) Es realmente terrible vivir en este infierno. A media noche que soñaba a pierna tirante, me viniste a la mente. Soñé que me había aventurado a viajar a Europa, y aunque no tenía un sitio claro en mi sueño, recuerdo que dejé la tarjeta de crédito para que el administrador del hotel la registrara para la reserva de mi habitación. Cuando me preguntó el número de días que me hospedaría, le respondí: Sólo uno. Quizás tenía la

confianza de encontrarte de inmediato con sólo proponérmelo. En el sueño no apareciste nunca, quizá me desvié, o el sueño de mis recuerdos se extinguió dando por concluido el asunto. No hubiera querido hacer otra cosa que verte, conocerte. Saber que esas cuatro fotos que tengo tuyas tienen cadencia, movimiento, vida. Entender que esas fueron las imágenes promocionales de una película real, de carne y hueso, y que aunque viera en mis sueños, me darían inspiración para seguir pensando en ese cachorro hermoso que he aprendido a querer en tan poco tiempo. No me gusta ser escritor porque me empuja a vomitar todo lo que pienso, sin quedarme con nada por escribir, y quizá eso te agobie. No quisiera marearte, sólo hacer que te sientas bien, confortable, acompañado. La verdad es que hasta quisiera saber que si no me escribes sea por voluntad tuya, y no por una cosa más fea. Que seas tú mismo el que decida no hacerlo, y no en cambio, que haya sido por qué no puedas por alguna cosa fea. Me dejaste un montón de dudas en tu último correo que hacen que mi imaginación se disemine para todas partes al mismo tiempo, como si estuviera parado en una encrucijada con mil flechas dispersas. Una que quizá viajen a un país de sud América, otra que hablaste con tu padre, y te pidió que consultaras con tu madre sobre tu posible prolongación de estudios a Monterrey, otra que te han acechado al grado de robarte un beso, reclamado a punta de puñetazos, otra que te sientes solo y harto de no estabilizarte en un sólo sitio, otra que sólo has podido enlazarte con la computadora de tu madre, y otra más, y la más hermosa de todas es que has pensado en mí, y que mis textos te hechizan. Todo esto como una madeja indescifrable da mil vueltas en mi cabeza y me hacen que piense puras porquerías. Sé que si no quisieras que te escribiera más, me lo dirías (ya lo dije antes) por lo que tu silencio marchito me dice, “Escríbeme, que aunque no puedo responder, me gusta leer tus líneas”, así lo quiero leer. Kevin, mucho lo he dicho, tanto que no te quiero agobiar, pero para mí, una de las cosas más importantes que hago en cada día es plantarme frente al teclado para escribirte, y entérate que muchos momentos en el día pienso en tí y me hago constantes conjeturas sin llegar a ninguna parte. 😦

La farsa

He pensado mucho en estos tres días en que no te escribí, Kevin. Dejé pasar tres días para poner mis pensamientos en claro Kevin. ¿O debo decir Juan, Pedro o Antonio? He pensado mucho en que me dejé llevar por un espejismo. Por una ilusión de una compañía virtual. Alguien que no se fuera a escandalizar de mis historias y miserias que no son otra cosa que deseos reprimidos en la mente de un decrépito escritor. En estos tres días he sacado como colación, que no eres el chico que imaginé y que me ayudaba haciéndome una compañía virtual durante mis mañanas de soledad. Ho sé que no existes, y lo malo es que nunca has existido. Tus textos en busca de ayuda han sido producto de alguien que se ha dedicado a ser espectador los sentimientos de un obscuro ser que no se atreve a afrontar sus realidades. No creo que exista alguien que se llame como tú, y las fotos del chico de los ojos color acero son de alguien de los miles de millones que hay en el mundo y que nada tiene que ver con una realidad que conozcamos. Esto es una novela más prefabricada que las que yo mismo escribo en mis libros. He recordado en estos tres grises días tus argumentos que fuiste diseminando como ocurrencias y hasta ahora deduzco que son una fantasía que sólo yo, un hombre con poca vista, pudo haber creído y abrazado. Primero un posible encuentro en un parque, luego la pelea de tus padres en Navidad, luego la muerte inesperada de un ser querido, y más tarde la historia del suspenso, la ausencia de ordenadores, de tablets y de teléfonos móvil, el jaqueo de una cuenta de Facebook, el beso robado en una borrachera, la inesperada salida a otra nación. La que estuvo genial es la del

sueño erótico pensando en alguien mayor que tú y que no conoces. No me agradó haber abierto mi corazón a alguien que conocí en un chat de adultos, y que me buscó mintiendo desde la primera vez siendo supuestamente mayor edad, que fue esa la primera farsa, si es que lo era. Luego como tratando de protegerte, caí en simpatía y despunté mis fantasías, pero las desenvolvía como margarita que se deshoja, hacia un maniquí, uno lindo que me fui forjando en la imaginación. Un ser que ni me escribía y que si alguna vez lo hizo, seguramente lo confeccionó y enviando todas esas inconsistencias, tan marcadas a una realidad paralela, que mi maestro de literatura hubiera vomitado de habérselas mostrado. Pero así son las cosas con la revolución en las comunicaciones. Los espejismos no sólo existen en el desierto. Y te confieso que me agradó sacar a flote tantas cosas tan encostradas en mi alma, si es que algo bueno pudiera sacar de toda esta relación de papel. Sólo te escribo para decirte que después de todo no me engañaste porque hoy sé al menos, que no eres alguien, o al menos alguien a quien imaginaría, y que deseo que si un ser que exista en este mundo que tuviese la mitad de los problemas que detallaste, encuentre confort pronto, aunque yo sé que no exististe nunca en la persona de Kevin. Adiós, Te juro que este será mi último correo Kevin. (Fin de textos)

Al oprimir el botón de “Enviar” sentí una calma profunda. Tantos esfuerzos por lograr mantener una conversación con un joven que no era malo, se fueron al retrete en un segundo. Los videos grabados, las fotografías anexas, y sobre todo los pensamientos ocultos, volaron como las palomas del parque. Me sentía como el maestro rural de la cinta la cinta mexicana “Simitrio”, película de los años cincuentas en donde el profesor de escuela, carente casi de su vista fue engañado durante semanas por los traviesos de sus alumnos que gritaban que era “Simitrio” el causante de las tropelías que se presentaban en el aula. Un niño inventado por ellos, cuando alguno de ellos mismos hacia alguna diablura. “Fue Simitrio profesor”, decían al unísono- Y el maestro lo reprendía mirando hacia el horizonte, pero realmente reprendía sólo al aire. Nadie de los alumnos asumía la responsabilidad del regaño, debido a la habilidad de torear al maestro con la falsa creencia de la existencia de un niño travieso, sin embargo, el profesor, conforme detectaba que el pequeño tenía problemas de comportamiento, se encariñó más de él, porque consideraba que era quien lo mantenía atento. En el final de la película los niños, realmente arrepentidos por partirle el corazón a su maestro, decidieron informarle que Simitrio había fallecido durante el fin de semana, desbarrancado. Querían terminar con el engaño. El maestro al enterarse, se impactó de sobremanera y salió al campo a limpiarse las lágrimas acumuladas por el cariño que en él había cautivado. Pues mi Simitrio murió, o lo diré con precisión, nunca existió. Me sentía liberado de los recuerdos eróticos que había aflojado desde mi más tierna juventud, pero triste de que mi lector no haya sido alguien. El vapor de mi café llenaba la oficina con una atmósfera nostálgica, y no debería de tener razón, porque técnicamente no debe existir tristeza de algo que no existe. Al menos esa es la lógica de la física cuántica, pero en cambio, las cosas del corazón no valen en estos escenarios. Es por eso me sentía como el maestro rural con la vista perdida en el horizonte mexicano. No terminaba de reponerme del duelo de tres días que terminaba hacía unos momentos con la sepultura de Kevin, cuando el contraste llegó de súbito. Sonó el teléfono de mi oficina y alcancé a advertir que algo estaba mal. El timbre era diferente, lo noté más sombrío. Gris. Y no tenía por qué, aunque quizá mi presión alta por la emoción, hacía que mis oídos se agudizaran un poco más, en esa mañana de lunes. Descolgué y una voz soez me gritaba exaltando mi nombre completito. Pregunté repetidas veces quién habla, y su exalto me ametralló los pensamientos. Mi cabeza quería estallar cuando escuchaba una advertencia

que me paralizó el cuerpo. La voz no la distinguía pero sí el acento, era costeño, como del estado de Veracruz, y a pesar de exigirle que me dijera quién hablaba, me contuvo con frases escupidas que me paralizaron el alma. El corazón se me quería salir por el cerebro y los ojos. Me trepidaban pensamientos y millones de imágenes mentales giraron alrededor de mis ojos desorbitados a una revolución de un millón de giros por segundo. Por lo visto, Kevin salió y no de España, ni de Italia sino de un sitio más cercano. El tipo tenía toda la secuencia de correos que había escrito yo mismo y me los barajaba con frases cortas para tratar de abofetearme con ellos. Lo hizo con la elocuencia con la que un bombero sofoca un fuego, porque era el fuego de mis palabras el que estaba extinguiendo. La palabra inmoral me martilló el cerebro y me hizo sentir como un estúpido que había caído en mi propia trampa. Lo que era el tejido de mi propia terapia de desintoxicación a través del teclado cotidiano, ahora se convertía en un arma para chantajearme. Respiré profundo, tratando de tomar valor y dije con una contundencia que todavía hoy en día no podría explicarla. Solo grité: -¿Quién chingados eres?- MI secretaria miró al interior de la oficina. No me había percatado que la puerta estuviera abierta. Me puse de pié y dije: -Permíteme- Coloqué el auricular sobre el escritorio y di cinco pasos largos para soltar un portazo con el que que casi descolgaba un cuadro de la pared. Regresé al sitio y tomé de nuevo el teléfono y antes de hablar cualquier cosa, guardé silencio y escuché un poco para tratar de dilucidar quién era el que me jugaba esta broma. No distinguía nada, y de pronto recordé la cantidad de llamadas que centenares de tipos generaron durante los años pasados a ciudadanos comunes e incautos para chantajearlos inventando secuestros virtuales de sus familiares.

-Quien eres.- Repetía apretando los dientes. Su voz más tranquila pero firme, sabiéndose dueño de la situación dijo: -Jamás sabrás quien soy Gonzalo García, pero sí lo que quiero.-

Mis castillos armados con alfileres se precipitaron cuando finalmente dije la palabra mágica dando respuesta lógica a tan intensa llamada. -¿Dinero?-

Una potente risa estrelló mis tímpanos. El tipo se burlaba de mi deducción. Todo mi prestigio estaba en riesgo absoluto por un insolente que ponía en la cuerda floja toda mi vida. Mi pecado que me seguía desde la infancia y que desbordé armado historias fantasiosas de deseos reprimidos y que pensaba que canalizaba con un amigo virtual ahora me reventaban como pastelazo sobre el rostro. En mi mente como piezas de ajedrez se acomodaron las jugadas magistrales en mi tablero imaginario que ahora me asestaba un jaque mate en las meras narices. Ahora, con movimientos cantados y claros caigo en relación que el chantajista entra a la aplicación de los contactos gay, como el Grindr, abriendo una cuenta prefabricada a modo, en ella coloca fotografías falsas buscando a un hombre casado. Es obvio que alguien que no haya salido del closet representa en un valor importante, que se convierte a la mercancía en una pieza de motivación para su plan. Un hombre de familia que cuya reputación estuviera en riesgo con una indiscreción pudiera resultar interesante para lograr una suma deseada. Este puede ser un jugoso botín. Trataba de pensar lo que escribí en estos días, y todo me ametrallaba. Las historias con Javier, las historias sobre mis motivaciones, sueños nocturnos, todo me juzgaba y crucificaba. Recordé que esa aplicación tipo chat tiene una máscara amarilla, como la careta de un demonio, en su logotipo, pero siempre la vi inofensiva. Jamás pensaba que alguien pudiera aprovecharse de ella, y de mi debilidad para ir soltando datos personales reales, fotos reales y mezclarlas con el morbo contenido y las más escandalosas historias en donde la mezcla de la fantasía y la realidad se convierten en mi peor verdugo. El hombre con la voz más sonora y nítida parecía que me daría algunas instrucciones que intenté garrapatear en un pedazo de papel, pero sólo dijo:

-Adivinaste, es dinero, pero espera mis señales.- Me sobrevino una angustia al tratar de rebatirlo, diciendo mil cosas. Quería saber de una vez por todas de cuánto estaríamos hablando. Apenas iba a preguntarlo, pero ni la mitad de la palabra había escuchado. Me cortó la llamada. El sonido agudo de la línea me supo a hiel. Mi secretaria tocó la puerta, y preguntó: -¿Pasa algo?- Le dije que no, que se retirara. Ella siempre ha tenido la habilidad de detectar cambios de mis comportamientos, más que mi propia esposa, y no era para menos, en ese escándalo en el que me estaba ahogando. Era una situación muy evidente como para poderla ocultar. Me puse de pié para asomarme por la ventana. Me decía en voz baja para mis adentros -Pendejo, pendejo, pendejo.- Era increíble que un adulto de estas carnes haya cometido la novatada que no hacían ni los jóvenes en esos sitios de contactos. El nombre real, la foto real, y la apertura de muchas verdades, y el tejido de mis fantasías más profundas, y lo más deplorable, el sentimiento de simpatía hacia… hacia nadie, hacia mi propia pendejez. Algo que yo mismo había fabricado con una imaginación que siempre me ha traicionado. Estaba ahogándome preguntándome quién era. Haberme colgado el teléfono sin darme si quiera la oportunidad negociar, era la misma estrategia que los secuestradores utilizan para meter tiempo de angustia en sus negociaciones y lograr que los dividendos sean mayúsculos, que cobrarlos durante el primer día. Yo conocí varios casos de secuestros que se presentaron a amigos y conocidos míos, en que sus captores actuaron de esa manera y que incluso me llevaron a escribir detalles en una de mis novelas “Crónica de un Plagio”, pero ahora estaba inmerso en mi propia pesadilla. En esta ocasión el rehén no era una persona ajena, sino yo mismo, una especie de rehén en libertad, algo que impediría no sentirme esclavo, sin embargo que tenía un valor importante en mí, una pesadilla de acabar con mi reputación ante mi familia y la sociedad. Era absurdo que sin querer haya caído en una trampa que me convertía en víctima de una red de tráfico de prestigios, quizás una nueva modalidad que tenía valor comercial en la transacción de dividendos. Secuestrar un cuerpo es delito, pero… ¿Secuestrar un prestigio? Encendí mi tablet y abrí de inmediato la aplicación. Decenas de contactos me miraban tras sus máscaras de carne y lujuria. Miraba la manera en que todos y nadie eran reales al mismo tiempo, y reflexionaba que el único que jugó a la terapia de abrirse fui yo, el más estúpido y el más viejo. Me dieron deseos de reventar el iPad contra el piso, pero hice algo que me pareció más prudente, eliminar mi cuenta y desinstalar la aplicación para siempre. El daño reputacional ya estaba hecho. Dejé caer el dispositivo sobre el escritorio y no sabía qué hacer, entró una llamada ahora a mi celular. Como yunque recordé que le había pasado mi número de Whatsapp al supuesto Kevin. Fui un estúpido hasta por ello. El número era de un extraño. Era local y lo contesté con determinación. La misma voz me desgarraba. Antes de yo decir nada, me sentenció con su acento costeño: -Para que sepas que cuando te llame de este número me deberás de contestar, siempre, y a la hora que sea. ¿Estamos?- La sangre se me cayó a los talones, él sólo remató: -Y no se te ocurra llamarme tú a mí, ¿Escuchaste?- Antes de decir yo anda, colgó de nuevo. Ahora me tenía en sus manos y a control remoto. El número lo guardé bajo el nombre de “mafioso”, y al terminar de teclear la última letra, el sonido característico del Whatsapp estrelló mis tímpanos. –“Tampoco me escribas más que cuando yo te lo diga”.- decía un mensaje de él. Estaba profundamente afectado con el cuerpo avispado y la barbilla trepidante. El café se había enfriado quedando intacto, me puse el saco tomándolo del perchero y salí como locomotora. Mi secretaria atendiendo el noble oficio que le daba su trabajo, secretamente me miró a los ojos para tratar de deducir lo que yo no le decía con palabras. -Ahorita vengo.- Le dije cortante, y esperaba que no preguntara a dónde iba, porque ni yo mismo lo sabía. Sólo habló para recordarme una junta que tenía pactada a las once de la mañana. Miré el reloj y me di cuenta que el día había transcurrido muy lentamente. Había envejecido cincuenta años en los últimos minutos. Las calles del centro estaban vacías de gente y repletas de coches. Había olvidado que hacía frío, el calor de la conversación, o mejor diría, del monólogo, me

derritió los pensamientos. Me estaba asfixiando, por eso salí a caminar. Avanzaba apresuradamente sin saltar los charcos mientras mi cabeza me recriminaba. Estaba inmerso en un “thriller psicológico” del que jamás podría yo mismo haber escrito. Mi imaginación de escritor siempre me ha ayudado a tejer acciones, personajes, acomodar las piezas, y desacomodarlas. para dar el final inesperado, lo que en los talleres literarios nos han dicho, las “vueltas de tuerca”, las historias lineales, y las historias paralelas, las historias engarzadas con realidad y fantasía. Pero esto jamás se me hubiera ocurrido. No tenía claro hacia dónde caminaba, me encontraba aturdido. Las calles del centro de la ciudad son tan similares todas, y tan diferentes a la vez. Tan insignificantes para mí, como los mismos transeúntes que escasos avanzaban bajo sus paragüas. Me encontraba con una resistencia tremenda por creer lo que yo mismo había generado. Mil rostros se me vinieron a la mente entre ellos los de mi esposa y mis hijas que me ajusticiaban con una mirada inquisidora. Los vecinos, los amigos, los compadres, mi familia, a tantas personas quienes había ocultado mi condición sexual y que ahora se enterarían, y por otra parte el rostro sin escrúpulos de una careta amarilla, que como un demonio suelto, en cada una de las calles me amenazaba con el celular enganchado en mi cintura. Una ráfaga de pensamientos me impedía atender al semáforo y en ocasiones me saltaba las calles instintivamente encontrando sólo huecos entre los coches que circulaban. Ttal vez, lo que hacía era buscar la oportunidad de que un automóvil acabara de una vez con esta historia de la cual no sabía cómo salir. Mis piernas estaban entumidas por el frío y los dedos de los pies engarrotados por el agua congelada que salpicaba, pero no me importó. Ni eso, ni que la llovizna pertinaz mojara mis hombros y rostro, yo seguía caminando en la soledad de una ciudad plomiza. Miraba alrededor y cada vehículo que pasaba junto a mí me parecía potencialmente sospechoso. De pronto el teléfono sonó activando más mi torrente sanguíneo haciendo que las venas de las sienes saltarán como anacondas en un pantano. Lo descolgué de mi cinturón y me di cuenta que era mi esposa. No sabía cómo actuar ni qué decir. Ignoraba si lograría la naturalidad requerida o si esta tensión me iba a aflorar finalmente. Su voz era cálida y contrastaba con el estado de mi conciencia. El objetivo de su llamada no era más que saludarme informarme de algunas vueltas que ella tenía planeadas por la tarde. Traté de ser telegráfico y no dar elementos que pudieran advertirle lo que pasaba por mi mente, sólo me despedí con un beso y colgué. El agua que corría sobre mis mejillas se confundía con mis lágrimas que ya habían brotado, al sentirme en el patíbulo. Eran lágrimas de rabia y de impotencia. Tras detener mi apresurado paso di un respiro profundo, mire al frente para descubrir que había caminado más de doce cuadras en línea recta. Me di media vuelta y regresé como sonámbulo, lo hice rumbo a mi oficina. Esperaba en este trecho de regreso lograra acomodar mis pensamientos, sin embargo durante aquella tarde completa, nada de lo que pudiera haber pensado me daba una solución que no fuera el sucumbir ante a este tipo pagando el rescate por la libertad de mi propia conciencia. Ni la junta de trabajo de las once de la mañana que se prolongó más de veinte minutos, ni la revisión de nuevos materiales fotográficos, ni la corrección de dos memorándums me arrancaron la pestilente voz del tipo, que se replicó constantemente durante el resto de la tarde. Estaba siguiendo el tipo al pie de la letra el manual del buen secuestrador. Mis nervios estaban desechos, tazas café entraban y salían a mi cuerpo con la elocuencia de una estación de trenes. La tarde terminó y tomé las llaves del coche para desplazarme a casa. Eran más los deseos de no llegar qué otra cosa, pero obscurecía. El tráfico estaba cargado ya al menos arropado entre la muchedumbre me sentía un poco más relajado, sin embargo el dedo acusador de mi condición sexual me indicaba no solamente a mi persona, sino justo a mí misma frente. Por un momento me sentí como las imágenes religiosas de San Judas Tadeo que proyectan un fuego brotando desde la punta de la cabeza y que lo hacen inconfundible. Así me sentía yo, igual de inconfundible entre una comunidad etiquetada como normal. Llegué a la colonia y al estacionarme en casa noté la presencia un auto obscuro con dos tipos adentro, y que se

había estacionado a media cuadra de distancia. No quise caer en una paranoia y me metí a casa sin querer darle importancia. Las niñas al escucharme corrieron a mi encuentro y saltaron a mis brazos y las besé cariñosamente. Sent{i que sus abrazos me quemaban el alma, y aunque logré sobreponerme, cuando llegó mi esposa a recibirme con un beso, mi sonrisa se convirtió en una un poco acartonada. Recordé las poses de cliché que utilizan los políticos en las campañas electorales. El famoso cómo te fue, lo trataba de responder con naturalidad, sin embargo el rostro se me quiso quebrar cuando se escuchó el campanazo de un mensaje de whatsapp en mi móvil. Mi esposa que tiene antenas para detectar cuando algo no está bien cambió su semblante al ver mi reacción. Tratando de disimular sonreí de una forma más abierta y dije a todos que a pesar de que el día había sido denso, tenía deseos de salir para cenar una pizza, ya que nos la merecíamos. Mi esposa le pareció extraña pero buena la idea ya que por las vueltas, no había alcanzado a preparar nada para la cena, y aunque entre semana no acostumbramos a salir a ningún restaurante, se dio media vuelta para ir a la habitación para alistarse a la pequeña velada. Las niñas corrieron hacia su recámara y yo aproveché mi soledad momentánea para sacar el móvil y leer el mensaje recién llegado. Se me aflojaron las piernas al entender la advertencia: -¿Te imaginabas que no sabíamos dónde vives?- De inmediato me sobrevino la posibilidad de entablar un diálogo frente a frente con la persona que me martillaba la conciencia, y quise salir de nuevo a la calle, pero lo pensé dos veces, y me contuve. No podía llegar muy lejos con correr al auto estacionado, si mi esposa estaba a punto de salir a la acera con las niñas. Yo no pudiera montar un numerito en donde el escenario posible era discutir con un par de tipos aparcados a poca distancia. Reflexionaba en eso cuando mi soledad se acabó. Mi mujer como nunca, salió de su tocador velozmente acomodándose el último broche sobre el cabello, y las niñas que no requirieron de más preparativos, corrieron para tomarme de las manos y salir al coche. Al caminar por la acera subirnos al auto y mire hacia donde estaban los tipos que no se habían movido. No pude identificar más que siluetas, ni si quiera estaba seguro si el coche era negro u otro color obscuro. Mi esposa entraba con las niñas al coche y yo al momento de girar para entrar por mi portezuela, miré con desprecio hacia el auto misterioso. Los tipos no tenían intención de dame una señal con las farolas. Yo aún pensaba inocentemente que no necesariamente eran mis persecutores, sin embargo ya estando a punto de subir a mi coche vi que a través de su parabrisas que destellaba la luz de la pantalla de dos teléfonos móviles dándome una señal directamente a mí, señal que no podía haber visto a mi esposa quien buscaba algo en su bolso. Me subí al coche y me tembló todo el cuerpo como si el interior estuviera a punto de congelación. Mi mujer platicaba sobre las peripecias que hizo durante el día y era solamente interrumpida por mis hijas quienes le ganaban la palabra para detallarme sus actos heroicos de la escuela. Yo trataba de sonreír y me encomendaba a Dios porque estos tipos no se les fuera a ocurrir a dejar algún papel, o una copia de un documento en el interior de mi casa. La cena transcurrió sin sobresaltos y yo me mantuve ecuánime, y al regresar a casa ya no estaba el coche fantasma, sin embargo no estuve tranquilo hasta haber atravesado el umbral de la puerta y certificar que no había ni un solo documento ni adentro de casa ni en el buzón. A pesar de que la calefacción estaba encendida, a mí no me calentaba el ánimo lo suficiente, las niñas ya se habían dormido y mi esposa se preparaba para alcanzarme en la cama. Yo desde hacía rato me había enfundado las pijamas de franela. Me esmeré por sonreír siempre teniendo cuidado de no sobreactuar en mis expresiones. El sexo llegó casi por exigencia, y yo lo tomé como parte de una terapia de explosión de sentimientos en los que se confundieron los orígenes sexuales del erotismo con las presiones incontroladas de una mente que comenzaba a tener los rasgos de una persecución anunciada. Tras largo rato de relajación, la respiración profunda de mi esposa me indicaba que ya se había dormido y que ahora comenzaba mi agonía de una noche en vela, llena de millones de fantasmas que me rodeaban y que aparecían y desaparecían como los pensamientos de un

demente. No culpé a la posición de mi cuerpo el hecho de que no pudiera conciliar el sueño. Giraba de un lado al otro provocando pequeños resuellos en mi mujer quien no estaba acostumbrada a descansar junto a un bulto en movimiento. Finalmente el cansancio me llegó a las cuatro de la mañana y fue que dormí tratando de desenmarañar entre mis sueños el origen de los tipos. Me imaginaba yo devolviéndoles un chantaje similar, exponiendo sus miserias de ambición ante sus familias amigos y vecinos, sin embargo el sistema de corrupción que impera en mi país me hacía pensar que ésta es una condición de vida, que no había tenido yo acceso a la justicia en este caso, y que el submundo de la ilegalidad y de la creatividad para sacar dinero ilícito era lo que predominaba. Pensaba y pensaba, y siempre me tropezaba en tratar de entender por qué fue que de la forma más absurda y más estúpida caí en este juego del gato y el ratón. El reloj me despertó a las seis de la mañana, y como resorte tomé el móvil para revisar que no hubiera mensajes. A pesar de que tenía los ojos cargados de sueño por las pocas horas, me senté en la orilla de la cama para leer la carátula del móvil con mayor claridad. Suspiré al darme cuenta que no hubo actividad, y por un momento pensé optimistamente que todo lo de ayer se trataba de un mal sueño, sin embargo como hojas de árboles cayendo en otoño, poco a poco las distintas vivencias que había tenido en el día previo fueron invadiendo el césped completo de mi realidad Tenía pensamientos encontrados en donde yo deseaba por una parte que no me contactarán, sin embargo por otra parte, deseaba recibir este mensaje o llamada de una vez, y que no me molestaran nunca más. Ni siquiera tenía idea de dónde iba a sacar la cantidad de dinero que ellos pudieran ambicionar. Un crédito bancario sería la única opción. Todos esos pensamientos como ingredientes entraban en una licuadora y me revolvían la mente y el estómago. El segundo día pasó sorpresivamente sin llamadas ni mensajes, y así transcurrió un tercer día, situación que me hacía pensar por un momento, o que finalmente habían claudicado, o que alguna autoridad le habría echado el guante por alguna maniobra mal hecha en otro de sus casos, sin embargo recordaba que de acuerdo al protocolo del secuestrador, entre más días pasaran, más se convertiría esta, en una bola de nieve de angustia qué les daría mayores dividendos. Aquí la terapia funcionaba igual que en cualquier plagio, aunque el rehén no estuviera en cautiverio físico sino sólo psicológico. El tercer día estaba a punto de transcurrir, llegué a casa y ya estando en la cocina fue cuando el teléfono finalmente sonó, y al responderlo leí antes la palabra “Mafioso”. Estaba yo en ese momento en frente del rostro de mi esposa pues estábamos cenando y no podía disimular mi incomodidad al leer en el display la palabra “Mafioso”. No sabía si ponerme de pie para contestar e ir al patio o inventar que me llamaba algún editor de prensa. Sin embargo decidí atender y tratar de actuar de la mejor manera. El mafioso riéndose satisfecho de que me tenía en sus manos dijo primero, “¿Esta rica la cena Gonzalo?”. Yo enmudecí e intuitivamente miré hacia todas partes, no dije nada, luego solamente me pidió que yo repitiera en voz alta la frase “Está equivocado señor”. Al decir esto de mi boca, atendiendo al pie de la letra, el tipo sencillamente colgó y cerré los ojos mirando a mi plato. Mi mujer me miraba y yo seguí cenando entendiendo que lo único que quería era transgredir mi tranquilidad tras tres días de ayuno. Mi esposa mirándome recordó y dijo, que a ella le había pasado lo mismo pero cinco veces en el día. Lo extraño es que las cinco veces provenían del mismo número telefónico y antes de que esbozada palabra alguna, el interlocutor solamente decía, “equivocado” y después colgaba. El caldo que estaba yo por comer se me atoró en la garganta al escuchar la revelación que me decía. Estaba entre la espada y la pared y no solamente tenía los hilos necesarios para tener de mí el control de mis acciones, sino que me estaba manipulando a tal grado que provocaba la posibilidad de la conversación con mi esposa, con un tema tan forzado como el que estaba vivenciando. No había dado ni dos sorbos al plato cuando ahora el que sonó fue el teléfono móvil de ella. Mi expresión fue de pánico y contrastaba con la suya que buscaba ratificar con una sonrisa

lo que me acaba de comentar. A punto estuve de decirle que no contestara pero su naturalidad con el aparato y rapidez me impidió ganarle la palabra. Una carcajada suya me devolvió la sangre al cuerpo. Era una de sus amigas. Se puso de pie con el móvil en la mano para irse a la recámara y revisar unos recibos que le había pedido cotejar, todo por una diferencia de precios de algunos productos que habían comprado en la misma tienda pero en distintos días. No sabía si aprovechar el momento para tomar el teléfono y marcarle de nuevo pero tenía tres razones para no hacerlo, una era que no sabía en que momento regresaría mi mujer de su llamada y la segunda, de que tenía una instrucción clara de no marcarle, y ahora menos que nunca, pues no convenía contravenir a sus instrucciones, con certeza él pudiera enojarse haciendo la llamada ahora no a mi teléfono móvil. La tercera razón eran mis hijas que terminaban de cenar con nosotros. La cabeza me quería estallar, y las niñas de un salto se bajaron de la silla, se fueron a su recámara para empezar su ritual de irse a dormir. Después de darles un beso y la bendición, apoyé mi cabeza en ambas manos recargadas sobre la mesa. Daba la impresión de que me encontraba en una actitud de hacer una plegaria. Mi esposa llegó de improviso y al verme en esa postura me preguntó de forma directa: -¿Te pasa algo? Te he notado últimamente con un comportamiento muy extraño.- Me incorporé con una postura soñolienta y lo negué con la cabeza y emitiendo una sonrisa falsa, sólo le indiqué que el día había sido muy pesado. Ella con una mirada desconfiada me fustigó con preguntas. -¿Ha estado muy intransigente tu jefe últimamente?- Le dije que no, que era solamente una tensión pasajera por una serie de crisis que surgieron durante los últimos días en el despacho, pero que pronto saldríamos de ellas. Mi esposa entendiendo que ese tipo de situaciones pasaba frecuentemente en aspectos periodísticos, ya que era en el medio en donde yo me desempeñaba, se puso de pie y recogió los utensilios para poner la cocina en orden e irnos a la cama. La última noche transcurrió más densa que la primera y que todas las noches juntas, porque estaba claro que el control lo había perdido yo totalmente, hasta el control de mis acciones y sentimientos dentro de mi propia casa. Lo único que había hecho durante el día fue acudir a algunos bancos a solicitar información relacionada con créditos monetarios buscando obtener los suficientes recursos que pudieran exigirme estos tipos. No había un solo banco que no solicitara la en su documentación libre de gravamen de las escrituras de un bien inmueble, en este caso, de mi casa, que me sentía avergonzado por tener que atravesar. Era inaudito que el patrimonio de mi familia se pusiera en riesgo por un desliz que ni siquiera había cometido, sin embargo que me sentía tan culpable y que me exigía enmendarlo a través de una hipoteca, premio que coronaba mi estupidez. Me atendían con extraordinaria simpatía, debido a que los intereses bancarios por créditos inmobiliarios representaban jugosos dividendos hacia las instituciones bancarias. Hasta los propios guardias de seguridad apostados en las puertas de cristal y cargados de pistolas, esposas y gases lacrimógenos, se esmeraban por abrirle la puerta a tan distinguido caballero. En ocasiones me daban deseos de arrancar la pistola de su cintura y vaciar la galería frente a mi pecho. Era así el grado de mi desesperación. Aunque el problema lo tenía todavía sin resolver, confiaba en que al menos que no había una sola institución bancaria que me negará el crédito, ya que los años de trabajo, la propiedad referida y el prestigio de un escritor regular, me abrían las puertas en cualquier institución crediticia. Hasta un ex compañero de la secundaria me encontré de gerente en uno de estos bancos. Sin embargo, aunque los bancos me definían topes monetarios en mi mente no atinaba a definir ni la cantidad, ni la manera, en qué pudieran estos mercenarios hacer efectiva su cobranza. Por un momento pensé en montar una cámara en mi oficina y pagarles ahí, quizás utilizando la misma cámara pequeña en la que grabé videos míos personales, videos en los que morboseaba con una fantasía, que brincó a una realidad y que hoy me asesina. Ese cuarto día fue el definitivo y mi corazón se aceleró de una manera violenta al saber que el momento de la verdad se aproximaba. Al ir a comer esta tarde en casa decidí sustraer del

archivo de las escrituras sin que mi esposa lo notara. Me sentí ruin por ello. Por la tarde acudí al banco a firmar los papeles necesarios para el préstamo, del que requería se me depositara en una cuenta llamada puente. El papeleo estaba listo y se tardaría veinticuatro horas en hacer efectiva la transacción, el monto era de un millón de pesos. Como vaticinio de semana santa, las campanadas de las 3 de la tarde llegaron en el timbre de mi celular. Estalló mi corazón cuándo identifique el nombre en la pantalla. Respiré profundamente dejando que sonara un par de veces más, con el riesgo de que pudiera enojarse el tipo si no respondía rápido. Traté de darle u poco de suspenso a él, del que me había recetado durante todos estos días. Contesté con la mayor naturalidad y el tipo desconcertado me dijo que ya tenía la cifra que requería para dejarme en paz. La cara se me quiso caer cuando dijo de sopetón tres millones de pesos. Le dije que no tenía ni uno sólo. Entendía que el estira y afloja en las negociaciones de un secuestro, era también muy socorrido el vil regateo, por lo que abrir de buenas a primeras el millón de pesos que yo ya tenía autorizado por parte del banco, me llevaría sin duda a una cifra superior a ella que yo no podría recolectar en tan poco tiempo. Las negociaciones cambiaron de color y de nuevo surgieron los gritos y maldiciones que hacían que mi turbación me petrificara. El sabía de mí, pero no lo suficiente, por lo que ignoraba hasta donde estaría yo dispuesto a ofrecer o en cambio de qué. Existía aún la posibilidad de tirar todo por la borda y hacer que él perdiera una negociación de cualquier cantidad, así fue que reté a su inteligencia y amarré a mis sentidos. Hice algo inaudito. Colgué la llamada. Respiré profundamente esperando de nuevo la metralla pero en cambio, el teléfono no sonó. Mi corazón se estrellaba a cada latido. De pronto imaginé que había utilizado su aparato para llamar a mi esposa, pero no lo creí tan impulsivo como para echar en tierra cuatro días completos de trabajo, si es que a eso se le pudiera llamar trabajo. Finalmente el teléfono sonó y el hombre con un tono más mesurado y suprimiendo las maldiciones me preguntó, cuánto podría reunir. Yo le dije qué tenía un crédito autorizado y esperando recogerse al día siguiente en el banco, que este era de un millón de pesos, que se lo podría dar personalmente al recibirlo directamente de la cajera. Sólo que tenía que hacer antes una llamada telefónica al gerente del banco y pedirle que me lo preparara en efectivo y en billetes grandes para que no generaran mucho bulto. El tipo celebrando mi astucia en facilitarle el trabajo se rió sonoramente y dijo, ¿A qué banco hay que ir? Tratando de lograr un paso más en el tema de la negociación le dije. Calma, creo que primero debemos conocernos ¿No?. El hombre emitió una carcajada que desfiguraba mi rostro. Le dije que después de todo tenía que saber a quién le debía a entregar una maleta cargada con un millón de pesos, si no es que quisiera que se la entregara a la persona equivocada. Entendiendo la lógica de mi petición, el mafioso no estuvo dispuesto a dar un paso atrás y me dijo que la mejor forma de asegurarnos de que yo se la entregue a la persona correcta, era sencilla: Si no lo hacía, la información llegaría a mi esposa y amigos de una manera inmediata. Me heló la sangre solamente con la posibilidad de que si lo herraba en la entrega, estaba seguro que lo haría. Era obvio enojarse por un error de esas dimensiones. Yo estaría en peor condición aún, porque no sólo no habría logrado mi objetivo de contener el colapso y en cambio, como quiera habría perdido un millón de pesos. Siempre he sabido que las negociaciones con los secuestradores conllevan a momentos agrios y de profunda reflexión, muy intensas, sin embargo nunca me había tocado analizarlo con detalle desde la óptica de el mismo rehén. Le pregunté, qué garantía tendría yo de que una vez pagado el millón de pesos nos olvidaríamos del asunto. Entendiendo que tenía la sartén por el mango con el dinero en la mano, solamente me dijo con un cinismo que me dejó sordo, ninguna. Como yo tenía el dinero de mi parte aún y sabiendo que sin mi visita al banco no habría trato intenté impulsar la negociación con el poco recurso de actuación que me quedaba, pensando que quizá luego me arrepentiría y le dije: -Siendo así, no existe ninguna diferencia en que te pague o no. – Hice una pausa histriónica para inspirar un poco de

respeto y lógica hacia mi postura, y proseguí: -De ser así, estás perdiendo la oportunidad de salir invicto con un estúpido primerizo que se dejó embaucar en una página, supongo que esta, la mía, sería una extraordinaria enseñanza para replicar mi caso en otros incautos que pudieran utilizar esta herramienta como válvula de expresión, pero lo que es un hecho y que debes de tener en la cabeza es que en el banco hay un millón de pesos que te están esperando por lo que no deberías desperdiciar la oportunidad de convertir en ésta, en tu industria, una especie de empresa que al menos debería de cumplir con lo que promete. Sólo así que no despertarás rencores innecesarios que pudieran afectar a tu propio modus operandi.- Un supe de dónde saqué tanta elocuencia. La respiración del tipo se escuchaba en la bocina profunda, dándome la información de que al menos se encontraba reflexionando en lo que le dije y sin dar tiempo a que rebatiera añadí. Si quieres, tú decides en dónde vernos esta noche y yo llegaré con el simple afán de de facilitarles a ustedes su trabajo. Sólo así prometo no cometer un solo error cuando estemos en el banco. El tipo resopló y me dejó con el alma en un vilo al colgar.

Faltaba muy poco para que llegara la hora de ir a casa y sabía que una vez entrando a ella ya no podría salir tan fácilmente. No tendría en mente qué pretexto poner para ir a conocer a un par de secuestradores de almas. Buscaba en mi móvil algún indicio que me revelara algo pero me sentía como náufrago. Ya era tarde, y no tenía más alternativa, que tomar las llaves de mi coche y desplazarme rumbo a casa. Fue entonces que llame a mi esposa para decirle que ya me encontraría en camino. Afortunadamente estaba ocupada su línea y me subí al coche para tomar camino. Todavía no salía del primer cuadro de la ciudad cuando en un mensaje de whatsapp de me mando un mapa con una georeferencia satelital. Era de estos tipos. Casi chocó con el auto frenado de adelante al revisar el mensaje, sin embargo no había más texto qué es un dibujo del mapa y una viñeta de cliché con una mano con el dedo en alto. No entendía si había que desplazarme en este momento, o sólo indicaba el sitio. Dudaba si tal vez sería en otro horario. Mi mente se aceleró a la velocidad de la luz y asumí que debía ser en ese momento, que había que acudir a la cita ya, después de todo no perdía nada si iba, que si los dejara plantados. Eso sí sería terrible. Metí la direccional y cambie mi ruta para desplazarme a al parque de una colonia que parecía de vándalos. Miraba la pantalla del móvil y manejaba con el riesgo de que un oficial de Tránsito me detuviera pensando que estaba chateando, en eso, el teléfono sonó exaltándome hasta las muelas. Era mi esposa que se estaba reportando a mi llamada perdida. Me preguntaba si ya iba en camino a casa. Al escucharse el sonido del tráfico tenía que inventar que ya iba en camino, pero hacia una mentira que aún no cavilaba. Tuve que decirle que precisamente por eso le llamaba, para decirle que necesitaba ir a cenar con un periodista con el que le andaba postergando una reunión desde la semana pasada. Entendiendo que la llamada había provenido de mí se lo creyó todo cortapisas. Olvidaba que no había hablado al gerente de la sucursal bancaria a quien conocía desde hace algunos años, había que darle las instrucciones precisas sobre la entrega. A este gerente le dio un especial gusto verme aquella mañana porque fue buen compañero mío en la escuela y lo vi platicamos ampliamente de temas que teníamos postergados desde que nos dejamos de ver. Su sonrisa y mirada era lo único que conservaba, ya que el rostro regordete le había modificado mucho de su expresión, pero no todo. Tras haber colgado llegué a un parque lúgubre. Me estacioné debajo de un árbol muy espinoso, parecía un mezquite. Estaba muy cerca de donde me indicaba el globo del google maps. Me bajé del coche y busqué una banca para esperar sentado. Las piernas no me sostenían de pié. Me quedé con el móvil en la mano esperando que alguien se aproximara. Pasaron pocos minutos y varias camionetas en cámara lenta, cuándo de la distancia se acercó un par de tipos mal encarados que solamente por la forma de andar supe que eran ellos. Al intentar ponerme de pié me indicaron que me sentara de nuevo, se me heló la sangre pensar que ellos querían tener

todos los detalles del control en la situación, hasta mantenerme sometido sobre la banca, sin embargo yo en mi expresión mostraba mesura. Respiré fuerte, aunque no lo exaltaba. El tipo de la voz con un aliento ácido que apestaba a dos metros, me cuestionó si no viene acompañado, refiriéndose a algún policía o a nadie. No se me había ocurrido, le dije con una risa nerviosa, sin embargo pensaba que el tiempo tan limitado en que me mandaron el mapa me impedía pensar en la posibilidad de cualquier escaramuza planeada, como quiera le dije: -No hubiera deseado arruinar una operación que ya estaba casi resuelta y acreditada en el banco. Tengo toda la semana de mal dormir, lo que quiero es terminar ya esto, y sin raspones.- El tipo satisfecho continuó con su interrogatorio. -¿Dime qué banco es y a qué hora estará el dinero disponible?. Le dije que el banco Central que se encuentra cerca de la zona del Obispado, y antes de que me cuestionará nada más, traté de adquirir el papel de víctima tratando de inspirar un poco de piedad, diciéndole que había tenido que hipotecar la casa arriesgado el patrimonio de mi familia. Al decir esto, el otro tipo que parecía mudo me calló gritando: -¡Eso me pasa por ser un maricón caliente!-

El despertador sonó a la mañana siguiente activándome el sistema circulatorio como si se tratara de un motor viejo y cada uno de sus engranajes. Abrí los grifos de la regadera y salté corriendo a la cocina para prepararme el café mientras se calentaba el agua, ya que el día iba ser violento y decisivo. No quería perder ni un minuto de lucidez. Durante la noche anterior mientras me retumbaba la frase del chantajista en la cabeza, había elegido la más vieja de mis maletas para llevarla al banco en dónde el gerente me pondría el dinero solicitado para esta mañana. Si iba a perder un millón de pesos, al menos que no se fueran en una maleta de las nuevas, pensaba. Recuerdo que en un viaje a Cozumel de recién casado, esta valija me hizo pasar una vergüenza al abrirse y desplegar por los suelos del aeropuerto toda ropa interior de colores coquetos que llevaba atesorada mi esposa. Nunca le mandé arreglar el broche saltarín y ahora se iría el defecto, pero con una valiosa carga que espero que me haga recuperar mi libertad. La maleta la había guardado en la cajuela del coche durante la noche anterior aprovechando el momento en que mi esposa se daba su ducha. Esta mañana al salir yo de la regadera elegir vestir un traje negro que es lo que acostumbro vestir en los días importantes. No sé de qué color vista cada día del resto de mi vida, pero lo que sí sabía era que en mi funeral iría ataviado con un traje negro y una camisa blanca. Esperaba que las cosas resultaran bien con la operación bancaria, no tenía la menor intención de hacer enfurecer al par de maleantes que en todo momento mostraron un nulo sentidos de humanidad, al menos así lo demostraron anoche al intentar conversar con ellos. Mi intención era sensibilizarlos pero salí apedreado. Fue evidente para mí la tensión que llevaba acumulada en mis manos al tomar el tarro de café con en el líquido tembloroso de su interior. El pulso me traicionaba. Comí cualquier cosa y conversé casi nada con mi esposa quién de por sí llevaba el tiempo limitado para llevar a las niñas al colegio. Me quería despedir de ella y de las niñas de manera normal aunque en mi mente me sentía como si fuera realizar un largo viaje. Les di un beso profundo cerrando los ojos y pensando que las cosas que sucederían en el banco, quizás no serían tan fáciles como la simple realización de una transacción bancaria. Llegar a la oficina para ver algunos pendientes era mi plan, y así consumir un poco de tiempo y llegar a la cita pactada a las diez en punto, así que me dispuse a liberar algunos pendientes relacionados con el despacho. Atender cada aspecto durante esa mañana me ayudó a tranquilizarme un poco pero al sonar las nueve con treinta, en mi agenda electrónica, se activó mi estrés. Ya era hora de tomar el coche y salir a la sucursal bancaria. Respiré hondo y tomé las llaves. Mi secretaria notó mi rareza al decirme, -Que te vaya bien.- Hab{ia olvidado algo tan simple como despedirme, sólo le dije que en un momento regresaba, que realizaría algunas vueltas bancarias. Al menos me sentí bien de no mentirle. A estas horas ya no había tráfico por lo que llegué un poco más temprano que a la hora de

la cita, pero decidí no bajarme del coche sino hasta que faltaran sólo cinco minutos. Entre los coches aparcados en el estacionamiento no distinguía el que estos mafiosos habían estacionado días antes cerca de mi casa, miré a mi celular para revisar que no hubiera llamadas o mensajes sin leer.

No había nada más que la ausencia de estos hombres, y la presencia de un pánico terrible en mi alma. Mi corazón trepidaba con el ímpetu de una locomotora. Pensaba en mil cosas, hasta en la posibilidad de que no fueran a acudir a la cita y hasta asaltarme en la calle, inventando que no recibieron su paga arruniándome la vida. En el fondo sabía que no había quien quisiera despreciar una cantidad de dinero así. Si no estaban conmigo, entonces no sacaría ni un clavo del crédito. Era lo más inteligente que haría. No llegaban y ya eran las nueve con cincuenta y cinco minutos, y pensé que quizás ya estuvieran adentro de la sucursal bancaria, entonces decidí bajarme del coche. Me desplacé a la cajuela posterior a sacar la maleta. Cuando cerré el guarda maletas me di cuenta que a ambos lados míos estaba estos tipos de pie. Realmente nunca supe de dónde salieron exactamente. Miré alrededor y no vi coches que me resultaran conocidos. No quería pensar en la posibilidad de un tercer cómplice en un coche para facilitar su huída, no quería pensar en nada. Sólo en terminar de una vez por todas con todo esto que me taladraba. El hombre con acento costeño me dijo que ya estaban listos y que no quería ninguna jugarreta de mi parte. Yo le repetí lo que le dije anoche, que llegaría con el gerente saldría de con él y con la maleta en la mano y se la entregaría en el interior del banco. En todo momento me dirigí al líder, el ayudante no existió para mí. No hay nada de complicado en ello, le dije. La confianza que proyecté les pareció muy convincente. Entonces, entremos, dijeron. Respiré profundamente y dí el primer paso. Los tres entramos con paso natural y ya adentro del banco le pedí al hombre del aliento penetrante que se quitara los anteojos oscuros, si no quería despertar sospechas. El tipo se los arrancó de mala gana para mostrarme sus lagañas y un ojo turnio que no le había yo detectado la noche previa. Yo con el alma en un hilo avancé hasta el escritorio del gerente a quien salude con un gusto prefabricado. El hombre levantó la mirada y me reconoció, se peinó el único mechón de copete que le quedaba y se puso de pie mientras me saludaba mirando instintivamente alrededor de la sucursal. Me pidió que lo acompañara interior de una oficina. A mí me heló la sangre, e hice el ademán de desligarme entregándole sólo la maleta, pero él con una mueca natural me decía qué yo debería de contar los fajos de dinero personalmente, o él contarlos enfrente de mí. Volteé hacia mis acompañantes quienes lanzaban miradas del fuego, y les dije con una expresión casi imperceptible qué debía de acompañar al ejecutivo bancario. Después de cinco minutos que me parecieron eternos, en el interior de la oficina en donde los fajos sumaban la cantidad pactada salí de nuevo escoltado por el regordete rumbo al escritorio en dónde firmaría unos documentos finales. Los hombres se mordían las entrañas de desesperación. Me despedí del gerente tomando la maleta con mi mano izquierda. El gerente no dejaba de mirar la escena y me acerqué a los maleantes con pasos tímidos y con el corazón dando golpes cómo tambores africanos. Faltando tres pasos para entregarles la maleta, me detuve de pronto. Una gota de sudor corrió por mis mejillas y la barbilla temblaba como las castañuelas españolas. Los hombres miraban levantando las manos un poco, esperando su botín, sin embargo yo estaba paralizado, no me movía de mi sitio. Finalmente avancé otro paso, peso sólo uno, y fue cuando ellos iban hacia mí, al encuentro de su botín divino, pero volví a frenar y solté de inmediato la maleta que se estrelló al piso, botando el broche, infalible para hacer estas partidas, diseminando el dinero por los suelos. Los fajos de denominaciones de mil pesos llamaron la atención de los clientes sorprendidos. Los hombres con una expresión de coraje se abalanzaron al dinero con el enojo propio de ser los nuevos propietarios y cómo acto ensayado, del interior de la misma oficina del gerente salieron cinco policías apertrechados con cascos y con las armas en alto que ya estaban

aleccionados de la operación de robo bancario que estos dos tiempos me iban a aplicar. A los gritos de los oficiales se les sumaron otros tres que venían del exterior, mientras tres patrullas llegaban a la sucursal reventando la tranquilidad con sus sirenas abiertas. A estos tipos no los podía vencer contra el sutil delito de un secuestro del prestigio personal, pero sí por el de un robo a mi dinero en plena sucursal bancaria frente a decenas de testigos. Ellos querían sustraer un dinero mío y eso era lo único que quería saber. Los tipos fueron desarmados ante las exclamaciones de los clientes. El haber tenido un contacto con el gerente del banco que fuera amigo mío de los tiempos de la juventud, y con quien conversé durante dos largas horas el día anterior, nos permitió fraguar un plan brillante en el que se pudiera detener a estos dos tipos no por su chantaje, sino por el de un asalto a todas luces. Los uniformados, tras controlar la situación, permitieron que la gente del banco saliera, y aunque recomendaban orden, esta salió empañicada. Los tipos acostados sobre el piso fueron fácilmente sometidos y el gerente gustoso volvió a custodiar el dinero que a la postre ya no necesitaría más. Me dieron unos deseos inmensos de patear a estos tipos ya estando sometidos, pero al lomo que debía de patear era al mío mismo por haber sido tan estúpido. El terrible suceso que ensombreció mi vida me ha llevado a reflexionar profundamente sobre las repercusiones de un acto inmoral, un acto que saltaba de sueños y juegos eróticos, a una pesadilla de la cual hubiese perdido mucho más que un patrimonio económico. Mi vida pasada de la infancia comenzó a ser encerrada a partir de ese momento y calladamente sometí mis mañanas sabatinas a tratamientos psicológicos a fin de borrar de esta mente marchita, los lunares de una vida taladrada y turbia. Las erosiones que me había causado la lectura temprana de revistas pornográficas, que me torcieron los tiernos pensamientos, fueron desapareciendo lentamente como polvo de hojas secas. Las fantasías que me habían hecho pensar que mi vida orbitaba alrededor del mundo del erotismo, se evaporaban finalmente, y los pensamientos obscuros se fueron borrando lentamente al abrazar otras mieles que ofrece la vida. Nuevas motivaciones que siempre estuvieron ahí, esperándome. Fue cuando realmente descubrí, y debo aceptarlo aunque muy tarde, que los sitios siniestros, las relaciones anormales, y los contactos superficiales, en donde abundan antifaces y valores amordazados, tienen el rostro de los demonios, a los cuales en principio, no les tememos por la falsa creencia de que los demonios no existen. Mi hermano siempre me hizo creer que “El demonio” era sólo mercadotecnia del Vaticano, pero nunca olvidaré que la clave del éxito del demonio, es esa precisamente, que la gente ignore de su real existencia.

FIN

Para la realización de esta novela literaria, el investigador y novelista acudió a sitios virtuales para encuentros entre adultos gay y entabló conversaciones con diversa gente, obteniendo importantes detalles para la confección y rasgos de los personajes.

Esta Novela se comenzó a escribir el Otoño del 2014.

“Bajo la misma estrella”: conmovedora.

420267_10151526499742813_300657999_nApuntes Literarios El Horizonte

Aprovechando los días de descanso que nos brindaron los periodos navideños y de fin de año, decidí pasar por algunas librerías, y adquirí entre otros materiales un libro cuyo contenido me había causado cierta curiosidad: “Bajo la misma estrella” del escritor norteamericano John Green, texto exitoso que se convirtió a la postre en el guión para el rodaje de una película, dirigida al público adolescente. Mi intención de haber leído este libro era analizar las causas de su éxito comercial, y definitivamente la narración que hace John Green, se convirtió en un valor interesante en la novela. La narrativa es muy descriptiva sobre todo en los aspectos físicos de los dos personajes principales, detallando a los adolescentes con una profundidad tan notable que seguramente a sus lectores hizo suspirar en más de una ocasión. Se resaltaron sus formas de pensar y de sentir en el desarrollo de esta historia que fue completamente extraída de la imaginación del escritor norteamericano. La trama está narrada por Hazel Grace Lancaster una chica de 17 años quien charla con lenguaje coloquial la forma en que ha ido sobrellevando el cáncer en la tiroides que le aqueja. Ella describe el momento en que conoce a Gus (Augustus Waters), un atractivo joven y su pareja en esta conmovedora aventura, y la forma en que se van compenetrando hasta convertirse, sin pretenderlo en novios, confidentes y apoyos mutuos. En la novela se profundizan a detalle las reuniones de los grupos de apoyo en donde ambos chicos acudían, y las interacciones con otros personajes, entre ellos los padres de estos jóvenes, sus maestros y amigos, e incluso, con un escritor malhumorado y deprimido. El hilo temático versa sobre un deseo que abrazan ambos de viajar a Amsterdan, Holanda, para conocer personalmente al autor de un libro (“Dolor Imperial”) que ambos leyeron y que para su gusto, no tuvo una conclusión satisfactoria en su último capítulo, por lo que querían conocer el final real de esta novela, aunque fuera de la boca del propio autor, Peter Van Houten. Ambos deseaban iniciar esta travesía a pesar de sus limitaciones físicas provocadas por sus enfermedades, ya que Hazel requería un tanque de oxigenación constante, y Gus, quien antes era jugador de baloncesto, ahora necesitaba apoyos especiales para caminar y conducir un auto, al haber sufrido la amputación de una pierna debido a su padecimiento de oseosarcoma. Esta novela que habla de perseverancia entre dos chicos tiene un corte melodramático y altibajos en los estados de ánimo llevando al lector por los distintos caminos en los que se desenvuelve la trama, desde el sótano de un templo, los jardines escolares, hasta la casa de Ana Frank en Holanda. “Bajo la misma Estrella” (“The Foult in Our Stars”) es una novela ligera, recomendable y de fácil lectura para público joven. No es apta para menores debido que tiene una descripción de una relación sexual entre ambos en uno de sus capítulos. Son 300 páginas las de este título, si usted lee 25 diarias, seguramente en dos semanas lo terminará. Yo lo deboré en siete horas. Se recomienda en algunos pasajes el uso del pañuelo.
Espero sus comentarios en http://www.marioclio.com, o en el twitter @mario_clio o por aquí mismo, en facebook.
Hasta pronto y recuerde, Lea.